Política

[custom_breadcrumbs]

César Acuña vuelve a escena, esta vez desde Piura, rodeado de seguidores, banderas y cámaras que difunden —sin mayor disimulo— los primeros pasos de su nueva campaña presidencial. Pero lo que resulta más preocupante que predecible es que todo esto ocurre mientras aún ocupa el cargo de gobernador regional de La Libertad. Un detalle que, lejos de ser menor, evidencia una conducta oportunista y contraria al marco normativo electoral vigente en el Perú.

La ley no es un detalle

La Ley Orgánica de Elecciones (Ley N.º 26859) es clara: las autoridades regionales que deseen postular a la Presidencia deben renunciar irrevocablemente a su cargo seis meses antes del día de la elección, es decir, a más tardar en octubre de 2025, si los comicios se realizan en abril de 2026. A la fecha, Acuña no solo no ha renunciado, sino que utiliza su posición como vitrina política, realizando actividades proselitistas camufladas como gestiones públicas.

Pero eso no es todo. El artículo 190 de la misma ley prohíbe expresamente que los funcionarios públicos hagan uso de recursos del Estado para favorecer intereses políticos o personales. A estas alturas, resulta difícil distinguir entre las actividades institucionales del gobernador y la promoción personal del líder de APP. ¿Se están usando recursos públicos para su campaña? ¿Está desplazándose por el país como funcionario o como candidato?

Campaña disfrazada, intenciones desnudas

La aparición de Acuña en mítines, acompañado de “portátiles” y pancartas con mensajes de tinte claramente electoral, evidencia una campaña anticipada disfrazada de gestión. Se trata de una estrategia vieja, pero peligrosa: usar el poder y la exposición institucional para cimentar una candidatura. En tiempos de desconfianza ciudadana, esta clase de prácticas no solo erosiona la legalidad, sino también la legitimidad del proceso democrático.

Este retorno al ruedo electoral revela también una urgencia: la desesperación por mantenerse vigente, por no perder el capital político, y por alcanzar, al fin, una Presidencia que le ha sido esquiva en elecciones anteriores. No es casual que la campaña comience en regiones como Piura, donde APP ha intentado construir una base clientelar y presencia simbólica. La lógica es clara: asegurar el respaldo de los gobiernos locales antes del año electoral.

¿Fiscalización o complicidad?

Ante estas señales, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y la Contraloría General de la República tienen el deber de actuar. No basta con dejar pasar estos actos bajo el pretexto de que aún no se ha formalizado una candidatura. La campaña electoral no se inicia únicamente cuando se inscribe una lista: empieza desde el momento en que se utilizan medios, actos o símbolos para posicionar una imagen con fines electorales.

Tampoco podemos normalizar la idea de que gobernadores o alcaldes hagan campaña desde el cargo. La equidad electoral se funda en que todos los candidatos compitan en igualdad de condiciones, y no con los recursos y la visibilidad que ofrece el poder.

Un viejo reflejo político

Lo que hace César Acuña no es nuevo, pero sigue siendo inaceptable. Revela un patrón arraigado en nuestra política: el de figuras que no saben gobernar sin hacer campaña, y que no conciben el poder como un servicio temporal, sino como un botín que no se puede soltar.

Más allá de su legalidad, esta conducta exhibe un tipo de liderazgo incapaz de separarse del espectáculo político. Y peor aún, muestra a un dirigente que parece más ocupado en volver a ser candidato que en gobernar con seriedad una región que aún enfrenta serios problemas de infraestructura, educación y seguridad.

La campaña de 2026 ya comenzó, al menos para Acuña. Pero si lo hace vulnerando normas, confundiendo gestión con propaganda, y sin asumir su responsabilidad como autoridad actual, difícilmente podrá ofrecer algo distinto al país que un déjà vu político cada vez más desgastado.

Conclusión:

Lo de César Acuña no es solo una muestra de oportunismo político: es el reflejo de una clase dirigente que ha normalizado el uso del poder como trampolín electoral, sin respeto por la legalidad ni el mínimo pudor institucional. Gobernar mientras se hace campaña es una forma burda de distorsionar la democracia y burlarse del ciudadano que exige resultados, no slogans. Si seguimos tolerando que las reglas sean pisoteadas con impunidad —y que quienes deberían fiscalizar miren para otro lado—, el mensaje es claro: en el Perú, el poder no se gana para servir, sino para perpetuarse. Y eso, como viene ocurriendo hace décadas, seguirá saliéndonos carísimo.

El conductor del vehículo oficial huyó del lugar dejando al herido atrapado entre los fierros. Mientras tanto las autoridades regionales guardan un silencio cómplice sobre el uso indebido de una camioneta estatal involucrada en el accidente.1

Un grave accidente de tránsito ocurrido en la vía regional Cusco – Urubamba, a la altura del sector Nuevo Triunfo, ha dejado a un ciudadano gravemente herido y hospitalizado, mientras que uno de los vehículos involucrados —una camioneta de uso oficial del Gobierno Regional del Cusco— fue hallado abandonado en el lugar del siniestro, sin conductor ni responsable visible.

Según consta en el acta de intervención levantada por el S1 PNP Jaime Huamán Atapaucar de la Comisaría PNP Chinchero, el choque frontal involucró a un automóvil particular, de placa Y1X-635, conducido por el ciudadano Alberto Salluca Mayta, de 45 años, quien quedó atrapado entre los fierros retorcidos y fue rescatado con lesiones graves por personal del SAMU. Salluca fue trasladado de urgencia al centro de salud local y luego evacuado a una clínica en Cusco, donde permanece hospitalizado.

El otro vehículo, una camioneta Toyota Hilux de placa EGA-443, pertenece a la Dirección Regional de Agricultura del Gobierno Regional del Cusco. La unidad fue encontrada fuera de la vía, abandonada, con la llave de contacto aún puesta, y sin rastro de su conductor. En el interior se hallaron documentos oficiales, como el memorándum N.° 103-2025 y una hoja de autorización de circulación a nombre de Jhon Sutta Escalante, funcionario que figura como responsable del vehículo.

¿Uso indebido de bienes públicos?

Este hecho pone en entredicho el control sobre el uso de los vehículos estatales. La ley prohíbe estrictamente el uso no autorizado o fuera del horario oficial de bienes públicos. Más aún, el abandono del lugar del accidente, sumado a la omisión de auxilio, podría configurar delitos previstos en el Código Penal, tales como el abandono de persona en peligro (Art. 126) o incluso el delito de exposición al peligro y fuga del lugar del accidente, regulado en el Reglamento Nacional de Tránsito.

A pesar de la gravedad del caso, ningún representante del Gobierno Regional del Cusco ha asumido responsabilidad ni ha emitido pronunciamiento alguno. El silencio institucional genera indignación entre la población y plantea serias preguntas sobre la transparencia y el control interno en el manejo de los recursos públicos.

Fiscalía en alerta, pero sin resultados visibles

El hecho fue comunicado al fiscal de turno, Dr. Rubén Calsina Peralta, quien dispuso realizar las diligencias correspondientes. Sin embargo, hasta el momento no se ha anunciado la apertura de una investigación preliminar ni se ha identificado formalmente al conductor que huyó de la escena.

Indiferencia institucional: una falta de respeto para el pueblo de Chinchero

El accidente no solo ha dejado a un ciudadano herido y a una familia afectada, sino que ha desnudado una vez más la indiferencia de nuestras autoridades ante el uso irresponsable de los bienes del Estado. La camioneta oficial fue trasladada a la comisaría sin que ningún funcionario se presentara a verificar su estado ni a colaborar con las diligencias policiales.

El silencio de la Gerencia Regional de Agricultura y del propio Gobierno Regional del Cusco refleja una preocupante falta de compromiso con la rendición de cuentas, mientras un ciudadano sigue luchando por su salud en una cama de hospital.

Conclusión

La ciudadanía exige respuestas claras y acciones firmes. ¿Quién conducía el vehículo oficial? ¿Por qué lo abandonó? ¿Qué sanciones recibirán los responsables? Y, lo más importante, ¿qué medidas tomará el Gobierno Regional para garantizar que sus unidades no vuelvan a ser utilizadas con tanta impunidad?

Este accidente no puede quedar como uno más en las estadísticas. La justicia y la transparencia deben prevalecer, por respeto a la víctima y a todos los ciudadanos que esperan algo más que silencio y evasivas de sus autoridades.

Las cosas por su nombre y Sin Mordaza

  1. ↩︎

Mientras el Parlamento recibe un presupuesto millonario, instituciones clave como el INEN, Foncodes o Cuna Más operan con montos tres o hasta cuatro veces menores. La brecha entre el gasto político y el gasto social no solo persiste: se amplía.

En un país donde miles de niños sufren de anemia, donde las postas médicas carecen de medicamentos esenciales y las escuelas públicas siguen sin materiales básicos, el Congreso de la República cuenta en este 2025 con recursos desproporcionados que llega a S/1.413 millones . Esta asignación no es solo escandalosa; es una declaración clara y preocupante de prioridades por parte del Estado.

El mensaje es directo y doloroso: la política se atiende primero; el pueblo, después.

Un Parlamento más costoso que útil

Comparado con otros sectores del Estado, el gasto legislativo es sencillamente obsceno:

  • El INEN, que combate el cáncer en todo el país, recibe menos de un tercio de lo que se destina al Parlamento.
  • El FONCODES, programa fundamental para reducir la pobreza extrema, tiene cuatro veces menos recursos.
  • Cuna Más, que atiende a la primera infancia, opera con un presupuesto ínfimo en comparación al del Congreso.
  • Incluso programas como Qali Warma o la Dotación de Materiales Educativos, que llegan a millones de escolares, quedan por debajo del gasto político.

Este no es un tema de eficiencia administrativa. Es, lisa y llanamente, una decisión política de gasto desigual e inmoral.


⚖️ ¿Qué justifica tanto dinero?

El Congreso no tiene resultados que sustenten semejante presupuesto. Según cifras del propio portal de transparencia y análisis independientes:

  • Más del 40% de leyes aprobadas son declarativas, sin impacto normativo real.
  • Cientos de proyectos son plagiados, improvisados o duplicados.
  • En los últimos tres años, más de 100 leyes han sido observadas por el Ejecutivo o declaradas inconstitucionales.
  • La desaprobación ciudadana del Congreso supera el 85%, según Datum (mayo 2025).

Aún así, el Parlamento continúa aumentando su gasto. Sueldos, asesores, viáticos, viajes, alquileres, contratos sin concurso, publicidad institucional… todo se multiplica sin control ni auditoría real. Lo único que crece en el Congreso es su presupuesto.


🏛️ Bicameralidad: duplicar el problema

Como si esto no fuera suficiente, el retorno a la bicameralidad —aprobado recientemente— significará más legisladores, más personal, más gasto logístico, más oficinas, más vehículos, más asesores.

Un análisis del MEF estima que esto podría representar un aumento del 25% al 30% en el gasto legislativo. Es decir, el presupuesto del Congreso podría superar fácilmente los S/1.800 millones anuales.

¿Y para qué? Para que los mismos partidos de siempre se repartan más puestos, con más inmunidad, sin ninguna reforma seria al sistema electoral o de representación.


❗ El Congreso como símbolo de una república desigual

Este no es solo un problema contable. Es una crisis moral del Estado. Que el poder legislativo —uno de los más desprestigiados, improductivos y confrontacionales— sea también el que más dinero consume, dice mucho sobre el tipo de democracia que estamos construyendo.

¿Qué dice de un país que invierte más en proteger privilegios políticos que en proteger la vida, la salud o el futuro de sus ciudadanos?


📌 Conclusión: hay dinero, pero no para el pueblo

La vieja excusa de que “no hay recursos” para mejorar los hospitales, aumentar los sueldos de los docentes o ampliar programas sociales queda desmentida por esta realidad: el dinero está. Lo que no hay es voluntad política para destinarlo a donde realmente importa.

El Congreso de la República no solo legisla. También simboliza. Y hoy, simboliza el derroche, la desconexión y el cinismo de una clase política que se sirve del Estado en lugar de servirlo.

Las cosas por su niombre y sin Mordaza.

En un país golpeado por la pobreza, la corrupción, la inseguridad y la desconfianza total en sus instituciones, el gobierno de Dina Boluarte ha tomado una decisión que no solo es inaceptable: es obscena. Mediante un decreto supremo aprobado por el Consejo de Ministros, la presidenta pasará de ganar S/ 16.000 a S/ 35.568 mensuales, en uno de los aumentos más controversiales en la historia reciente del Ejecutivo.

El mensaje es brutal: mientras millones luchan por sobrevivir, la presidenta se premia. Mientras se recorta el presupuesto para regiones y servicios esenciales, ella se garantiza una vida de privilegios blindados por decreto. El sueldo de Boluarte es ahora uno de los más altos de la región —más que el de muchos mandatarios con legitimidad democrática y mejores resultados de gestión—, en un país que no ha dejado de marchar ni enterrar muertos desde diciembre de 2022.

📉 Legitimidad cero, sueldo doble

Boluarte no solo carece de un mandato popular; ostenta una desaprobación que supera el 80%. Su gobierno ha sido marcado por la represión de protestas, escándalos de corrupción, improvisación constante y pactos oscuros con un Congreso igual de impopular. Y ahora, además, suma el escándalo de un aumento salarial que transgrede los límites legales establecidos por la Ley 28212.

Este no es un simple ajuste administrativo. Es un gesto profundamente político. Es el acto de una presidenta que, pese a estar bajo investigación por presunto enriquecimiento ilícito, decide duplicarse el sueldo en plena crisis. El caso Rolex, los viajes inexplicables y las joyas no declaradas ya habían minado su credibilidad. Este aumento solo confirma su desconexión total con el país que pretende gobernar.

🛑 Un Estado capturado por los privilegios

El Consejo de Ministros —lejos de frenar esta decisión— la avaló sin mayor oposición. Servir justificó el alza como parte de un “ordenamiento remunerativo”, mientras el MEF apeló a comparaciones con sueldos regionales. Pero lo que está en juego aquí no es la técnica, sino la decencia. Porque lo que el Perú necesita en estos momentos no son mandatarios con sueldos de reyes, sino líderes con vocación de servicio y sensibilidad frente al sufrimiento popular.

Lo más alarmante es que no existe un contrapeso real. El Congreso, dividido y comprometido con sus propios intereses, no muestra voluntad de frenar esta afrenta. La ciudadanía, harta y desgastada por años de crisis política, observa con resignación. Y Boluarte lo sabe. Por eso se atreve.

⚖️ La política del desprecio

La decisión de aumentar el sueldo presidencial a S/ 35.568 no es solo económica. Es un acto de poder. Un símbolo del desprecio por la austeridad, la legalidad y el sentido común. Es la confirmación de que la clase política —blindada, bien pagada y desconectada— no gobierna para la gente, sino para sí misma.

Aumentarse el sueldo en plena crisis no es un error. Es una declaración. Y su mensaje es claro: el Perú puede esperar; el privilegio, no.

La sorpresiva y violenta muerte de José Miguel Castro, exgerente municipal de Lima y aspirante a colaborador eficaz en el caso Lava Jato que involucra a Susana Villarán, abre una grieta profunda no solo en la investigación judicial, sino en la confianza pública respecto al sistema de protección de testigos en el Perú. La principal interrogante que emerge —y que debe ser resuelta con rigor y transparencia— es si Castro fue víctima de un homicidio premeditado o si se trató de un suicidio en un contexto de presión legal y mediática.

En un escenario de criminalidad compleja como el peruano, donde los procesos por corrupción de alto nivel se entrecruzan con intereses económicos y políticos muy arraigados, no puede descartarse ninguna hipótesis. La forma de su muerte —una herida cortante profunda en el cuello con un arma blanca— resulta inusual para un suicidio, tanto por la violencia del acto como por el lugar donde fue hallado el cuerpo. Esto ha llevado a especialistas en criminalística y juristas a insistir en que debe investigarse con prioridad la posibilidad de un asesinato.

Castro no era un personaje menor en el expediente Villarán. Era el nexo operativo entre la exalcaldesa y los aportes ilícitos de las constructoras Odebrecht y OAS, y su testimonio estaba en proceso de ser formalizado como colaboración eficaz, lo que podía inclinar el peso de la acusación fiscal. Su eventual declaración tenía potencial de implicar a otros actores políticos y económicos. Desde ese punto de vista, la posibilidad de un crimen silenciador no es descartable.

Por otro lado, la hipótesis del suicidio también tiene fundamentos. Según el fiscal José Domingo Pérez, Castro no había expresado temor por su seguridad en recientes reuniones, pero es conocido que enfrentaba un proceso judicial largo y de alto perfil, con implicancias familiares, sociales y personales. La presión psicológica, sumada al desgaste emocional, puede haber generado un cuadro de desesperación, aunque la violencia de la escena —según reportes preliminares— no se alinea del todo con los patrones habituales de suicidio.

La responsabilidad ahora recae en el Ministerio del Interior y el Ministerio Público. La escena del crimen debe ser analizada sin margen de error y con absoluta independencia. Si se llegara a confirmar un homicidio, el mensaje sería devastador: ni siquiera los aspirantes a colaboradores eficaces están seguros en Perú. Y si se trató de un suicidio, habría que preguntarse hasta qué punto el sistema de justicia está preparado para acompañar y proteger psicológicamente a quienes optan por colaborar.

Sea cual sea la verdad, lo que está en juego no es solo el futuro del caso Villarán. Está en juego la credibilidad de todo el aparato judicial anticorrupción. Y eso exige que esta muerte no quede atrapada entre la sospecha y el silencio.

En un país donde las instituciones deberían garantizar justicia, hoy se enfrentan dos nombres que exponen con brutal claridad el colapso del Estado de Derecho: Patricia Benavides y Delia Espinoza. La primera, una fiscal suprema suspendida por favorecer a su hermana implicada en narcotráfico y por usar el Ministerio Público como arma política. La segunda, fiscal interina, que resiste presiones mientras el aparato judicial se fractura bajo la sombra de intereses oscuros.

La reciente suspensión temporal de Benavides —dictada por el Poder Judicial— revela el nivel de podredumbre institucional. No es una victoria de la justicia, sino una pausa en el intento de un sector del Estado de imponer su retorno a cualquier costo. La Junta Nacional de Justicia ya la había destituido por faltas graves, pero sectores aliados a ella dentro del Congreso y del Poder Judicial maniobran para devolverle el poder.

Mientras tanto, Delia Espinoza —quien asumió de forma interina— representa lo poco que queda de institucionalidad. Pero su permanencia también está amenazada. No por ineficiencia, sino por atreverse a resistir la politización del Ministerio Público. Su gestión ha sido constantemente deslegitimada por los mismos sectores que hoy impulsan el regreso de Benavides.

Este enfrentamiento no es entre dos fiscales, sino entre dos modelos de país: uno que busca recuperar algo de decencia institucional, y otro que normaliza el uso del poder judicial como escudo de la corrupción.

El mensaje es claro: si tienes aliados en el Congreso y operadores dentro del sistema judicial, puedes retornar aunque hayas sido destituido por violar la Constitución. La justicia peruana, lejos de ser un poder autónomo, se ha convertido en una herramienta al servicio de mafias políticas que controlan la narrativa, los cargos y hasta las sanciones.

Perú no solo sufre una crisis política. Vive una guerra silenciosa por el control de la Fiscalía. Y mientras Patricia Benavides intenta volver por la puerta falsa, y Delia Espinoza es asediada desde dentro, la ciudadanía queda atrapada en un sistema diseñado no para protegerla, sino para proteger a los corruptos.

La corrupción en el Perú ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un componente estructural del sistema político. En un contexto de democracia simulada o de imitación, donde las formas se mantienen pero el fondo está profundamente degradado, los actores políticos —muchos de ellos aliados o cómplices de la corrupción— reproducen prácticas clientelistas y populistas que profundizan la descomposición institucional. Uno de los ejemplos más cínicos y representativos es el uso de dádivas como chocolatadas navideñas, entrega de víveres o regalos en fechas especiales, que enmascaran el interés electoral bajo una supuesta preocupación social. Tema aun mas arraigado en ciudades del interior del Perú Como Cusco , Apurímac y Arequipa


1. Democracia de imitación: el cascarón sin contenido

Aunque el Perú cuenta formalmente con elecciones periódicas, poderes del Estado y un marco legal, en la práctica muchas de estas instituciones:

  • Funcionan como instrumentos de control político, no como espacios de representación ciudadana.
  • Son capturadas por intereses privados o mafias organizadas, debilitando su legitimidad.
  • Se alejan del ideal democrático, pues la participación ciudadana es instrumentalizada, no promovida.

Este modelo, funcional a la corrupción, perpetúa un sistema donde el poder se reproduce a través de redes de complicidad, impunidad y manipulación del discurso democrático.


2. Corrupción sistemática: cuando el robo se institucionaliza

En lugar de ser un desvío del sistema, la corrupción se ha vuelto un mecanismo central de acceso, ejercicio y reproducción del poder:

  • Presidentes y funcionarios investigados por coimas y sobornos (Odebrecht, obras públicas, financiamiento ilegal).
  • Gobiernos regionales y municipales como focos de corrupción: alcaldes y gobernadores enriquecidos ilícitamente, muchas veces reelegidos por la manipulación de la pobreza.
  • El Estado como botín, donde la gestión pública se convierte en oportunidad de lucro para políticos y empresarios.

Esto ha consolidado una percepción perversa en muchos sectores: “que robe, pero que haga algo”.


3. El cinismo de los candidatos y las dádivas disfrazadas de ayuda social

Uno de los elementos más hipócritas y recurrentes del clientelismo político en el Perú es el uso de dádivas y actos asistencialistas como estrategia de campaña. Chocolatadas navideñas, entrega de canastas, víveres o útiles escolares en fechas señaladas son prácticas normalizadas que:

  • Aprovechan la precariedad y necesidad de las poblaciones vulnerables para conseguir votos con regalos temporales.
  • Reforzan una cultura de dependencia y sumisión política, donde el ciudadano vota por quien «le dio algo», no por propuestas o principios.
  • Se disfrazan de “solidaridad” o “responsabilidad social”, cuando en realidad constituyen compra de votos encubierta y una falta ética grave y encima con fotografías en mercados de abastos.

Estos actos son más escandalosos cuando los protagonizan ex candidatos o figuras recicladas, muchas veces involucrados en escándalos de corrupción, que vuelven a escena con discursos redentores, apelando al olvido o al perdón colectivo, mientras reparten chocolatadas, flores por el día de la madre y demás regalos como si eso compensara años de desfalco al erario público.


4. El perfil del “amigo de la corrupción”

Muchos de los candidatos que participan en estas prácticas tienen en común:

  • Antecedentes judiciales o investigaciones pendientes.
  • Vínculos con redes criminales o economías ilegales, como minería informal, narcotráfico o contrabando.
  • Financiamiento irregular de campañas, muchas veces encubierto mediante fundaciones o aportes “anónimos”.
  • Populismo extremo o discurso religioso-moralizante, que oculta su verdadero objetivo: el poder por el poder.
  • Algunos funcionario y exfuncionarios fracasados que no pudieron cumplir sus funciones de manera eficiente y descaradamente ahora quieren llegar a ser alcaldes

5. Consecuencias de esta cultura política

  • Desprestigio generalizado de la democracia, vista como un sistema corrupto e inútil.
  • Ciudadanía desmovilizada y frustrada, que opta por el voto nulo, ausentismo o el respaldo a opciones autoritarias.
  • Reproducción de la desigualdad, porque los fondos públicos no se usan para políticas sociales estructurales, sino para enriquecer a las élites corruptas.

6. ¿Qué hacer frente a este panorama?

  • Desenmascarar el clientelismo: visibilizar que las dádivas no son ayuda, sino manipulación.
  • Exigir transparencia y rendición de cuentas a todos los candidatos, sin excepciones.
  • Apoyar medios independientes y periodismo de investigación que denuncien estas prácticas y decirle no a un sector de la prensa vendida y corrupta.
  • Formar una ciudadanía crítica y activa, que no se deje seducir por “regalos” sino que evalúe programas, trayectorias y coherencia ética.

Conclusión:
El Perú enfrenta una crisis profunda donde la representación política ha perdido legitimidad y el oportunismo electoral sustituye al compromiso real con el país. La persistencia de prácticas cínicas, como el uso de la necesidad social para obtener apoyo, revela una clase dirigente desconectada de los valores democráticos. Urge una renovación ética y política que devuelva al ciudadano el poder de decidir con conciencia, no por conveniencia. Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

Trujillo | Regalos como cancha en campaña electoral | EDICION | CORREO

En una maniobra que evidencia el control autoritario del Congreso sobre las instituciones democráticas, la mayoría liderada por el fujimorismo y sus aliados aprobó una ley de amnistía que pretende borrar décadas de lucha por la justicia en el Perú. La norma apunta directamente a revertir 156 sentencias judiciales firmes —muchas vinculadas a violaciones graves de derechos humanos y corrupción— y paralizar más de 600 procesos judiciales en curso.

Esta ley no busca reconciliación, busca impunidad. No está orientada al futuro, sino a reescribir el pasado judicial del fujimorismo y de los sectores vinculados al poder armado y económico que sostuvieron el régimen de Alberto Fujimori. Los crímenes por los que hoy se busca perdón legislativo incluyen desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, tortura, malversación de fondos públicos y redes de corrupción sistemática dentro del aparato estatal.

Amnistía como estrategia de blindaje

Lejos de una política de justicia transicional o pacificación, la norma responde a un pacto político de blindaje mutuo: garantizar la libertad y el retorno político de condenados por delitos graves a cambio de mantener el control congresal y desactivar investigaciones incómodas. El mensaje es claro: en el Perú, el poder político puede comprar inmunidad por mayoría simple.

Con esta ley, el fujimorismo no solo busca liberar a los suyos: quiere consolidar un precedente peligroso en el que cualquier mayoría parlamentaria podrá intervenir en el sistema judicial para torcer sentencias, neutralizar fiscales y controlar jueces. Es un golpe a la separación de poderes y un atentado directo contra la independencia judicial.

Violación del derecho internacional

La ley es además flagrantemente inconstitucional e ilegal desde el punto de vista del derecho internacional. Organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Human Rights Watch y Amnistía Internacional han advertido que los crímenes de lesa humanidad no prescriben ni pueden ser amnistiados, y que el Estado peruano está obligado a investigar, sancionar y reparar.

La aprobación de esta norma podría colocar al Estado peruano en desacato frente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y abrir la puerta a sanciones internacionales, restricciones de cooperación y una nueva crisis de legitimidad democrática.

¿Qué está en juego?

No se trata solo de liberar a militares o políticos presos. Se trata de legitimar la impunidad como política de Estado, de cerrar la puerta a la memoria, de garantizar que quienes abusan del poder nunca enfrenten consecuencias. Se trata de una claudicación del Estado frente al autoritarismo con disfraz legal.

La ciudadanía, los colectivos de derechos humanos y los sectores democráticos tienen ante sí un desafío histórico: defender la justicia frente al poder impune, y evitar que el Perú retroceda definitivamente hacia un modelo de democracia formal sin contenido ético ni judicial.

Las cosas por su npmbre y Sin Mordaza.

Fernando Rospigliosi: la vez que habló sobre Keiko Fujimori, y el  fujimorismo: Estaba metida hasta el cuello en la corrupción, Alberto  Fujimori, video | El Popular

El informe final revela que la presidenta ocultó una incapacidad temporal tras cirugías estéticas, sin informar ni delegar poder, marcando un punto irreversible que amenaza con poner fin a su mandato, este miércoles se define todo.

La Comisión de Fiscalización del Congreso ha dado un paso audaz y potencialmente histórico al aprobar un informe final que sostiene que la presidenta Dina Boluarte estuvo temporalmente incapacitada para ejercer el cargo debido a una serie de cirugías estéticas realizadas en julio de 2023. La omisión de comunicar esta situación al Congreso y la falta de designación de un encargado presidencial durante su convalecencia son señaladas como graves infracciones constitucionales. El documento será votado este miércoles por el Pleno del Congreso, y abre la puerta a una posible vacancia presidencial por incapacidad moral.

Un vacío de poder maquillado

El informe detalla que Boluarte se sometió a una rinoplastia, blefaroplastia, injertos de grasa y colocación de hilos tensores. Aunque la presidenta argumenta que estas intervenciones fueron médicas y que continuó ejerciendo sus funciones de forma remota, testimonios médicos y del propio cirujano contradicen esta versión, describiendo los procedimientos como puramente estéticos y confirmando que la mandataria permaneció varios días sin actividad oficial.

La gravedad del asunto no reside en la naturaleza de las cirugías —que pertenecen a la esfera privada—, sino en el hecho de que la jefa de Estado dejó de gobernar sin cumplir con el mínimo protocolo institucional para garantizar la continuidad del poder.

¿Incapacidad moral o negligencia política?

La omisión no es menor. Cualquier funcionario público, y más aún un presidente, debe actuar con transparencia ante situaciones que limiten su capacidad de cumplir funciones. No se trata de juzgar su derecho a someterse a una cirugía, sino de cuestionar la negligencia de no comunicarlo a la nación ni al Parlamento, algo que la Constitución exige.

El Congreso, en su informe, no solo propone evaluar la infracción constitucional, sino que sugiere también remitir el caso a la Fiscalía de la Nación por una posible comisión del delito de omisión de funciones.

Un gobierno en cuidados intensivos

La imagen del Ejecutivo se debilita aún más con este escándalo, que se suma a otros cuestionamientos éticos y políticos en la corta pero turbulenta presidencia de Boluarte. La defensa de la mandataria, centrada en que “seguía trabajando virtualmente”, choca con la evidencia presentada por su propio equipo médico. Y la aparente falta de pago por los servicios recibidos abre incluso sospechas de corrupción o favores indebidos.

Este nuevo capítulo no solo pone en entredicho el compromiso de Boluarte con los deberes constitucionales, sino que también lanza una pregunta incómoda al país: ¿está el Perú gobernado por una presidenta que antepone su imagen a su responsabilidad institucional?

Conclusión: el miércoles se vota algo más que un informe

La votación en el Congreso será decisiva. Lo que está en juego no es solo el destino político de Dina Boluarte, sino la defensa del principio republicano de rendición de cuentas y continuidad del poder. Si se deja pasar este episodio como un simple error administrativo, se estaría avalando la posibilidad de que un presidente desaparezca del mapa político sin consecuencias legales ni institucionales.

La ciudadanía merece un gobierno presente, honesto y responsable. Todo lo demás es maquillaje.

Las Cosas por su nombre y Sin Mordaza.

Congreso: Rechazan admitir a trámite moción de vacancia contra Dina  Boluarte - ATV

Mientras cientos de personas sobreviven —y mueren— en las calles bajo el abandono del Estado, la Beneficencia Pública del Cusco, llamada a ser un pilar en la atención a los más vulnerables, se refugia en justificaciones técnicas para eludir su responsabilidad. Lo más alarmante: mientras la atención social se paraliza, las dietas y sueldos de sus funcionarios continúan en aumento.

El gerente general de la institución, Fernando Romero, afirmó recientemente que el recojo de personas en situación de calle «es competencia de las municipalidades». “Solo brindamos asistencia”, declaró, desmarcándose de una responsabilidad humanitaria urgente. La frase, que refleja una actitud tecnocrática y distante, ha causado indignación entre organizaciones sociales y ciudadanos que viven de cerca el drama del abandono.

Por su parte, el presidente del Directorio, David Mormontoy, evitó presentar planes concretos o compromisos de acción. En su lugar, mostró un video en el que un anciano rechaza ayuda institucional, usándolo como justificación para la inacción generalizada. Esta estrategia, basada en un caso aislado, ha sido criticada por especialistas como un acto de irresponsabilidad y deshumanización. “¿Desde cuándo el rechazo de uno justifica el olvido de todos?”, cuestionan desde sectores sociales.

Mientras crece la pobreza, también crecen los beneficios internos

Los números no mienten. En un contexto donde la pobreza extrema afecta al 2.5% de la población cusqueña y el 21.5% vive en situación de pobreza, la Beneficencia ha optado por priorizar su estructura administrativa. En marzo de 2024, la institución publicó convocatorias laborales con sueldos de hasta S/ 3,800, mientras que personas en situación de calle siguen esperando atención básica, abrigo o comida.

En paralelo, el presupuesto público del Cusco se redujo en 2024 en un 1.38%, pasando de S/ 12,674 millones a S/ 12,499 millones. Sin embargo, el gasto en planillas aumentó un 12%, alcanzando los S/ 3,677 millones (29% del total). Este desbalance cobra un sentido dramático si se considera que el 90% de los establecimientos de salud de primer nivel operan con infraestructura deficiente y que el 20% de las escuelas está al borde del colapso.

Excusas en lugar de acción

Lo que más indigna a la ciudadanía no es solo la falta de respuesta, sino la aparente indiferencia. No se trata de una carencia de recursos, ni de un desconocimiento de las necesidades: se trata de una falta de voluntad política y sensibilidad humana.

La Beneficencia tiene facultades y presupuesto para intervenir en casos de emergencia social. No obstante, sus autoridades se limitan a conferencias de prensa, tecnicismos legales y desvío de responsabilidades. Mientras tanto, en las calles, la pobreza se agrava y la indiferencia institucional se convierte en cómplice del sufrimiento.

BENEFICENCIA DEL CUSCO - YouTube

Síguenos

Facebook

Ultimas Noticias