Política

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Mientras la maravilla se desmorona por desidia estatal y codicia empresarial, el gobierno calla, los turistas huyen y los peruanos perdemos lo único que el mundo aún nos envidiaba.

Hasta Machupicchu esta en ruinas en un país como el Perú que no necesita enemigos. Se basta solo para destruir lo poco que le queda.
Y esta vez no es una metáfora: Machu Picchu está en riesgo real de perder su título como una de las Siete Maravillas del Mundo.
No por terremotos, ni por el cambio climático, ni por invasiones bárbaras.
Por estupidez institucional. Por desidia estatal. Por codicia regional. Por un país que ha decidido escupir sobre su historia.

La organización New7Wonders, que en 2007 nos dio el reconocimiento global que no supimos qué hacer con él, ha levantado una alerta seria.
Y no es para menos. El principal ícono turístico del Perú, ese que mueve el 70% del turismo internacional que llega al país, ese que alimenta a más de 80 mil personas en la región Cusco, ese que le recuerda al mundo que aquí hubo una civilización capaz de tallar piedras como si fueran versos, está secuestrado por el desgobierno, la informalidad y el caos.

Sí: podríamos perder el título de “Maravilla del Mundo”.
Y no, no se trata de un capricho suizo ni de un chantaje globalista. Se trata de una evaluación seria sobre el colapso de la experiencia turística y el maltrato al visitante, el manejo clientelar de los accesos, los boletos digitalizados que excluyen a medio país, las paralizaciones que bloquean la entrada al santuario, las denuncias de corrupción en la venta de entradas, la ausencia de un modelo de gestión coherente, y la indiferencia del Gobierno, que apenas atina a balbucear algo desde Lima mientras Aguas Calientes arde.

El turismo convertido en botín

He visitado Machu Picchu desde inicios del milenio. Lo he visto evolucionar, sí. Pero no hacia la excelencia, sino hacia la mercantilización grotesca. Todo es más caro, todo es más caótico, todo es más improvisado.
Turistas que planifican durante años su viaje terminan hacinados en buses sobrevendidos, en hoteles que no presentas calidad ni seguridad estructural, guiados por improvisados con carnet, comiendo comida recalentada a precios escandinavos, y soportando un sistema de acceso que parece diseñado por Kafka y operado por Odebrecht.

La cadena de valor del turismo en el Perú empieza y termina en Machu Picchu. Lo saben los operadores, lo saben los comerciantes, lo saben los alcaldes. Lo que no saben (o fingen no saber) es cómo administrar algo que no debería ser tratado como chacra regional ni como caja chica del centralismo limeño.

¿Dónde está el Estado?

Ausente. Como siempre.
En vez de crear una autoridad autónoma que gestione Machu Picchu con visión técnica, financiera y sostenible, han dejado la responsabilidad en manos de la inoperante Unidad de Gestión de Machu Picchu (UGM), un Frankenstein institucional sin dientes ni cabeza.

Mientras tanto, los operadores turísticos paralizan el servicio, las protestas cierran accesos, y los turistas cancelan reservas por cientos.

LAS CIFRAS QUE DUELEN

  • En 2024, el Santuario Histórico de Machu Picchu recibió 1,508,121 visitantes entre nacionales y extranjeros. turiweb.pe
    • De ellos, 76 % extranjeros y 24 % nacionales. turiweb.pe
    • A pesar del crecimiento respecto a 2023, esta cifra aún queda 4,9 % por debajo del nivel prepandemia de 2019, cuando hubo 1,585,262 visitas. turiweb.pe
  • En los primeros dos meses de 2025, Machu Picchu recibió 191,351 visitantes, un incremento del 16,7 % respecto al mismo periodo de 2024. Radio Nacional+2TreXperience+2
    • De estos visitantes, 63 % fueron extranjeros y 37 % nacionales. TreXperience+1

Estas cifras muestran una recuperación del turismo internacional, pero evidencian que el turismo interno aún no se reactiva con la fuerza necesaria. Eso tiene consecuencias: pérdida de identidad, pérdida de ingresos locales, desigualdad entre quienes viven del turismo.
Según datos del Mincetur, Machu Picchu recibió 1.3 millones de visitantes en 2023. Cada uno de ellos deja, en promedio, entre US$250 y US$350 al país. ¿Queremos seguir jugando con eso?

El turismo representa el 3.9% del PBI nacional y genera más de 1.4 millones de empleos. Pero claro, eso no le importa a un Ejecutivo que gobierna por reflejo, a un Congreso que legisla por encargo y a unas autoridades locales que prefieren el bloqueo como herramienta antes que el diálogo como solución.

Declarar a Machu Picchu como “Activo Crítico Nacional” no es una opción. Es una urgencia.

Pero aquí seguimos: debatiendo si el sistema digital de venta de entradas debe seguir beneficiando solo a Lima, como si el patrimonio mundial se repartiera por cuotas políticas, es cierto que el centralismo debe tener cuentas claras para que la ciudad madre de la maravilla también tenga ingresos pero eso no parece interesar al gobierno, sin embargo y no menos importante es ¿Quién se preocupa por la visita del turista?. Nadie sí, Nadie habla de calidad. Nadie habla de conservación. Nadie habla de experiencia del visitante.
Solo hablan de quién cobra.

LO QUE EL GOBIERNO NO HA HECHO

  • No ha declarado a Machu Picchu como Activo Crítico Nacional, lo cual permitiría una protección especial, dotada de recursos técnicos, normativos y de gestión específica.
  • No ha creado una autoridad autónoma, con capacidad real, técnica y financiera, que gestione integralmente Machu Picchu, incluyendo servicios, conservación, infraestructura, control de aforo, calidad y transparencia.
  • No ha regulado con suficiente rigor los monopolios locales en servicios fundamentales, ni ha abierto vías para la competencia, ni ha protegido los intereses de las comunidades locales que dependen directamente del turismo.

Consecuencias inmediatas

Si seguimos así:

  • Perderemos no solo el título de maravilla, sino los millones de dólares (o soles) que genera Machu Picchu cada año en turismo receptivo, cadena hotelera, transporte, artesanía, gastronomía.
  • Perdemos credibilidad internacional, factor clave para atraer turistas, inversión, cooperación técnica.
  • Se erosiona el orgullo nacional, se diluye el sentido de identidad

Machu Picchu no se está cayendo por el tiempo. Se está cayendo por nosotros.

Y si el mundo nos quita el título, si New7Wonders nos retira el estatus, si la Unesco emite un nuevo informe lapidario, será apenas el principio del costo real que tendrá esta dejadez monumental.

Nos estamos saboteando solos.
Como siempre.
Como nunca.

Machu Picchu no se cae por el clima; se cae por la codicia, la incapacidad y la falta de visión.

El Perú necesita decidir: ¿vamos a defender lo que somos, o vamos a dejar que otros facturen y nosotros perdamos?

Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

El Congreso blinda a Boluarte y condena al olvido a decenas de peruanos asesinados en las protestas.

En el Perú del bicentenario, las muertes ya no se investigan. Se archivan. Se empujan a un cajón, se sellan con 12 votos y se olvidan con el desparpajo de quien se sabe impune.

La Comisión Permanente del Congreso —ese cartel legislativo con pretensiones de poder constituyente— ha decidido, sin sonrojarse, que Dina Boluarte no debe responder políticamente por más de 50 peruanos muertos durante las protestas que ella misma mandó a reprimir. La Fiscalía dice que hubo responsabilidad por omisión. El Congreso dice que no, que no hay pruebas. Que aquí no pasó nada. Que los muertos se mataron solos. Que la represión fue una ilusión colectiva.

No importa que Ayacucho llorara cadáveres en las calles. No importa que en Juliaca los ataúdes marcharan por justicia. No importa que los fusiles dispararan a la cabeza, al tórax, a matar. No importa que los policías y militares hayan actuado como si estuvieran en una guerra. Para el Congreso, eso fue un malentendido logístico. Un error de cálculo. Un episodio que conviene olvidar.

Pero lo más cínico no es eso. Lo más cínico es argumentar que no hay pruebas cuando ni siquiera se ha querido investigar. La lógica es perversa: si no busco, no encuentro; y si no encuentro, entonces archivo. Y todo eso lo firman 12 congresistas que se atreven a llamarse «padres de la patria» mientras se aferran a sus curules como garrapatas del poder.

Porque eso es lo que ha hecho el Congreso: blindar a su aliada. Boluarte es hoy la garantía de que nada cambie, de que se gobierne por decreto, de que el Ejecutivo siga siendo un apéndice del fujimorato y sus derivados. Mientras la presidenta sobreviva, el pacto de impunidad se mantiene. Y ese pacto es más fuerte que cualquier cadáver en la Morgue Central.

Seamos claros: el Congreso no ha exculpado a Boluarte, ha anulado el juicio antes de que empiece. Ha tirado la llave sin abrir la puerta. Ha destruido el expediente antes de leerlo. Y lo ha hecho porque sabe que, si se investiga de verdad, alguien va a tener que pagar. Y ese alguien podría estar en Palacio. O en la PCM. O en el Ministerio del Interior. O en el Hemiciclo.

Lo cierto es que en este país, matar desde el Estado es un negocio sin riesgos. Envían tropas, disparan a mansalva, y luego se lavan las manos citando el Código Penal como si fueran Suiza. Y si alguien se atreve a cuestionar, lo tildan de caviar, de terrorista, de desestabilizador. Así se gobierna en esta democracia de papel higiénico.

Pero las muertes no se archivan. O no deberían. Porque aunque el Congreso cierre el caso, la memoria no se deja cerrar tan fácil. Porque en las plazas donde cayeron los cuerpos aún hay madres que lloran. Porque la historia —esa que no depende de comisiones ni de informes infames— se encargará de recordar que este Congreso prefirió la impunidad antes que la justicia.

Y porque un país que archiva a sus muertos está condenado a repetir su desgracia.

Obras con conflicto, trenes chatarra y lo único real: el interés de conseguir votos.

Por más que se maquille con anuncios rimbombantes, lo que ocurre hoy en Lima con los trenes oxidados de Rafael López Aliaga no es una política de transporte. Es una campaña electoral disfrazada de gestión. Es populismo de hojalata.

Los trenes en cuestión que en su país de origen, Estados Unidos, ya estaban listos para el cementerio llegaron a Perú con el mismo objetivo que los paneles publicitarios: ser mostrados, no usados. Porque no hay vías, no hay señalización, no hay compatibilidad técnica. Solo hay cámaras y discursos.

Y mientras tanto, desde el Ministerio de Transportes, el ministro responde con otra promesa reciclada: el eterno tren de cercanías Lima–Chosica, ese mismo que ha pasado de gobierno en gobierno como una especie de fetiche electoral. No tiene ni estudios definitivos ni financiamiento asegurado, pero qué importa. Total, en año preelectoral, mentir sale gratis.

Pero este no es un caso aislado ni un delirio limeño. En Cusco, la política se cuece igual de turbia. El alcalde provincial y el de Wanchaq se han trenzado en una disputa absurda por una obra ejecutada en tierra de nadie. ¿La razón? Cada uno quiere quedarse con la foto de la entrega, el corte de cinta y, por supuesto, los aplausos.
No les importa de quién es la obra, sino de quién es el voto que se puede sacar de ella.

Y así va el Perú: con alcaldes que se pelean por ver quién «sirve al pueblo», pero que en realidad solo se sirven del cargo, de la obra ajena, del presupuesto compartido y del olvido generalizado.

Lo más preocupante es que estas disputas no ocurren en medio de una bonanza nacional, sino en un país con transporte colapsado, servicios precarios y ciudadanía harta de ser estafada una y otra vez. Sin embargo, los políticos parecen haber perdido toda noción de vergüenza. Compran chatarra, inauguran obras sin dueños claros, ofrecen trenes invisibles y convierten cualquier conflicto en show preelectoral.

En lugar de modernizar el país, modernizan su estrategia de manipulación. Todo vale mientras haya una urna al final del túnel.

Y entonces uno se pregunta:
¿Hasta dónde puede llegar el descaro de nuestros políticos?
La respuesta, lamentablemente, es simple:
Hasta donde el cinismo dé votos.

A Richard Concepción Carhuancho lo quieren fuera. No por corrupto, no por negligente, no por vendido. Lo quieren fuera porque se atrevió a hacer algo que en este país suele costar caro: cumplir la Constitución y respetar los derechos humanos.

El Congreso, ese circo cada vez más cómodo para los delincuentes de saco y corbata, ha puesto en la mira al juez que osó decir que los crímenes de lesa humanidad no prescriben. Lo denunció Fernando Rospigliosi, un exministro que ahora juega a ser inquisidor desde la vicepresidencia del Legislativo. Su argumento es simple y brutal: Carhuancho desobedeció una ley. ¿Qué ley? La ley 32107, esa norma hecha a medida para sepultar las causas pendientes de los años del plomo. La ley que pretende enterrar los cadáveres que todavía gritan desde las fosas comunes.

Pero lo que Rospigliosi omite (porque le conviene o porque lo ignora, da igual) es que los tratados internacionales están por encima de las leyes ordinarias. Y que el Estatuto de Roma, firmado y ratificado por el Perú, dice con todas sus letras que los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles, sin excepciones, sin plazos, sin amnistías disfrazadas de legalidad.

Lo que hizo Carhuancho no fue un acto de rebeldía, fue un acto de decencia jurídica. Aplicó el control difuso, esa herramienta que tienen los jueces para no acatar leyes inconstitucionales o contrarias a los derechos humanos. En un país serio, lo habrían aplaudido. En el Perú de hoy, lo quieren crucificar.

¿Cuál es el verdadero crimen?

El verdadero crimen de Carhuancho fue tocar los intocables. Reabrir heridas que el Congreso prefiere fingir que no existen. Atreverse a recordar que en Ayacucho, en 1984, el Estado también mató, desapareció, torturó. Y que esos crímenes no son errores administrativos ni excesos aislados. Son delitos imprescriptibles. Son crímenes que el tiempo no borra, aunque el Congreso quiera legislar en su contra.

Porque lo que está en juego aquí no es un tecnicismo. Es la memoria del país. Es el derecho de las víctimas a que sus muertos no sean enterrados dos veces: una por los militares, otra por los políticos de turno.

El mensaje es claro: no te metas con el pasado

La denuncia contra Carhuancho busca algo más profundo que su destitución: infundir miedo. Que ningún juez se atreva a incomodar a los uniformados de ayer, a los intocables de siempre. Que quede claro que el Congreso no quiere magistrados que piensen, ni que lean la Constitución. Los quiere obedientes. Sumisos. Ciegos.

Y si no lo son, los barren.

El país que olvida está condenado

El Congreso puede aprobar las leyes que quiera. Puede jugar al olvido, disfrazarlo de legalidad, pintar la impunidad con brocha de soberanía nacional. Pero hay una cosa que no puede hacer: borrar la historia.

Los muertos siguen allí. Las madres siguen llorando. Las fosas siguen abiertas. Y mientras haya un juez que se atreva a decir que la justicia no caduca, este país todavía tiene una mínima esperanza.

Pero esa esperanza, como todo lo que vale en este país, corre peligro. Está sitiada por un Congreso que legisla al servicio de los verdugos, por un Ejecutivo que calla, por una prensa que titubea, por una sociedad que empieza a resignarse.

Y así, paso a paso, vamos aprendiendo a vivir sin justicia. O peor: a vivir bajo su simulacro.

Gobierno cierra filas en defensa de Nicanor Boluarte y expone el poder paralelo de la familia presidencial

La defensa cerrada del Consejo de Ministros a Nicanor Boluarte, hermano de la presidenta, revela una estructura de poder informal dentro del Ejecutivo. El caso “Ícaro 2025” destapa una presunta red criminal que habría infiltrado al Estado para beneficio político y económico.


Una defensa institucional a un civil no electo

La reacción del Gobierno tras el allanamiento al domicilio de Nicanor Boluarte hermano de la presidenta Dina Boluarte ha generado más preguntas que respuestas. El Consejo de Ministros no solo criticó abiertamente al Ministerio Público, sino que lo hizo como si el investigado fuera un alto funcionario del Estado.

Desde el titular de Economía, Raúl Pérez Reyes, hasta el de Justicia, Juan José Santiváñez, las voces del gabinete han coincidido en calificar la intervención fiscal como un “show”, un “abuso” o una “exageración”. El tono institucional de la defensa ha sido tal que la figura de Nicanor ha sido tratada públicamente como si fuese el verdadero centro del poder político.


¿A quién responden los ministros: a la presidenta o a su hermano?

Las críticas apuntan a una peligrosa confusión de roles dentro del Ejecutivo. En un sistema democrático, los ministros son nombrados por la presidenta y responden exclusivamente a ella y a la Constitución, no a sus familiares.

Sin embargo, el alineamiento automático de todo el gabinete frente a una diligencia judicial contra un ciudadano sin cargo público muestra la profundidad de la influencia de Nicanor Boluarte dentro del régimen. Más que protegerlo, esta defensa lo delata: nadie defiende con ese fervor a un civil cualquiera, a menos que tenga poder real.


Operación Ícaro 2025: la investigación que acorrala al hermano presidencial

El caso, denominado “Ícaro 2025”, es una de las investigaciones más serias que ha enfrentado un entorno presidencial en los últimos años. Conducida por el Equipo Especial de Fiscales contra la Corrupción del Poder (Eficcop), al mando de Marita Barreto, la operación tiene como objetivo desarticular una red criminal que habría capturado cargos públicos para beneficio político y económico.

Cuatro hechos delictivos clave identificados por la Fiscalía:

  1. Nombramiento irregular de prefectos y subprefectos, a cambio de firmas y apoyo político para inscribir el partido Ciudadanos por el Perú.
  2. Infiltración institucional, mediante el control de cargos regionales y locales como parte de una estrategia de poder.
  3. Cobros de hasta 100 mil dólares por operaciones policiales ilegales, especialmente en Ayacucho.
  4. Participación directa del exministro del Interior, Juan José Santiváñez, señalado como uno de los principales operadores de esta red, durante su paso por el gabinete.

Este último punto conecta directamente al Ejecutivo con la red criminal. Santiváñez, quien hasta hace poco era ministro, es ahora investigado por utilizar su cargo para facilitar intervenciones irregulares bajo pedido y por encargo político.


Poder paralelo: entre la familia y el gobierno

El caso Ícaro y la reacción del gobierno han revelado más de lo que se pretendía ocultar. El mensaje implícito detrás de la defensa a Nicanor Boluarte es claro: dentro del Estado peruano opera una estructura informal de poder donde los familiares de la presidenta ejercen influencia real, sin rendir cuentas ni ocupar cargos oficiales.

Expertos como el exprocurador Luis Vargas Valdivia han advertido que estas reacciones podrían constituir interferencia política directa en una investigación fiscal. Pero además, abren un debate urgente: ¿Cuánta autoridad real tiene la presidenta si sus ministros actúan como voceros de su hermano?


Reflexión final: el vuelo de Ícaro en Palacio

El nombre de la operación no es casual. Ícaro, en la mitología griega, voló demasiado cerca del sol, embriagado por su ambición, hasta que sus alas se derritieron y cayó al mar. ¿Es Nicanor Boluarte el Ícaro de esta historia política? ¿Y caerá solo, o arrastrará con él a quienes lo protegieron desde el poder?

Lo cierto es que, por ahora, la Fiscalía sigue su curso. Y el país observa, expectante, cómo la separación de poderes se tensa al límite y cómo la figura presidencial se desdibuja bajo la sombra de los lazos familiares.

Cuidado la pista esta sumamente resbalosa para la familia presidencial.

Cuando se denunció que Juan José Santiváñez lideraba una presunta organización criminal desde el mismísimo Ministerio del Interior, lo verdaderamente sorprendente no fue la acusación, sino lo poco que sorprendió.

En el Perú de hoy, que el ministro que estuvo encargado de velar por el orden interno y la lucha contra el crimen organizado esté acusado de encabezar una red delictiva ya no escandaliza; apenas se suma a la larga lista de funcionarios que han hecho del Estado su botín personal.

Pero no podemos ni debemos normalizar esto. Lo que ha revelado la Fiscalía del Eficcop es de una gravedad institucional que debería sacudir al país: Santiváñez habría convertido el aparato policial en un instrumento de extorsión, favores y blindajes, al servicio de empresarios, oficiales corruptos y —clave en todo esto— del círculo íntimo de Palacio de Gobierno.


¿Quiénes están implicados?

La presunta red no era improvisada. Tenía jerarquía, roles definidos y operadores estratégicamente colocados:

  • Juan José Santiváñez, hoy ministro de Justicia (entonces ministro del Interior), abogado penalista con historial de defender a oficiales implicados en represión mortal durante protestas. Según la Fiscalía, fue el cabecilla operativo de una estructura criminal dentro del Estado, usando su ministerio como plataforma de cobros ilegales, contratos direccionados y favores políticos.
  • Percy Tenorio Gamonal, coronel PNP en retiro, exjefe de la Dirección de Operaciones Especiales. Recibió más de S/1 millón en contratos por defensa de generales policiales, según pruebas del Ministerio Público. También habría coordinado operativos para beneficiar a la minera El Dorado, a cambio de sobornos por US$160 000.
  • Gregorio Villalón Trillo, general PNP y exjefe de la Dirección de Medio Ambiente. Se le acusa de haber pagado US$20 000 a Santiváñez para conservar su puesto. Fue el ejecutor del operativo en Ayacucho a favor de una empresa minera privada.
  • Máximo Ramírez de la Cruz, general PNP en retiro, y Yber Torres Pariona, funcionario de la Defensoría del Policía: ambos fueron piezas operativas en la red, encargados de blindar a policías afines y facilitar los contratos ilegales.
  • Yessenia De La Cruz y Marco Palacios Meza, administradora y abogado del estudio jurídico de Santiváñez: encargados de canalizar favores legales para los empresarios mineros involucrados.
  • Y por supuesto, el hombre que está en todas las historias de poder de este gobierno: Nicanor Boluarte, hermano de la presidenta. El Ministerio Público lo menciona como “tercero vinculado” a la red criminal. Su rol: obtener arraigo laboral ficticio en la mina El Dorado (como “trabajador” fantasma), coordinar con operadores policiales y participar en decisiones que afectaban a altos mandos del Interior.

Cuando el poder protege al crimen

Lo más grave no es la existencia de esta red. Es que todo ocurrió bajo conocimiento (y quizás protección) de Palacio. Nicanor Boluarte no es un ciudadano cualquiera. Es el operador político del régimen. Y su cercanía con Santiváñez, Tenorio y demás implicados no es incidental: es estructural.

La presidenta Dina Boluarte, hasta ahora, no ha deslindado de manera clara. ¿Ignoraba lo que hacía su hermano y su ministro? ¿O lo permitió mientras le era útil? ¿Cuántos de estos favores apuntaban a blindar su propia gestión, asegurar apoyos dentro de la Policía y, de paso, financiar su eventual maquinaria electoral?

Recordemos que Nicanor Boluarte ya es investigado por otra presunta red criminal: “Los Waykis en la Sombra”, acusada de copar el Ministerio del Interior con cargos comprados, usar prefectos como operadores políticos y recaudar fondos para crear un partido: Ciudadanos por el Perú. En ese caso también se mencionan pagos, influencias y un patrón de comportamiento criminal reiterado.


Esto no es corrupción. Es captura del Estado.

Estamos ante algo más profundo que un caso de «funcionarios corruptos». Esto sería una estructura mafiosa operando desde el Estado, con un ministro a la cabeza, una policía subordinada a intereses económicos, y un presidente de facto Nicanor operando desde la sombra.

¿Dónde queda la democracia en todo esto? ¿Qué legitimidad tiene un gobierno que sostiene, protege o tolera estas redes?

La respuesta no está solo en una eventual destitución, ni en una renuncia forzada. Está en reconstruir el Estado desde sus cimientos. Porque hoy, el crimen no es lo que el Estado combate —es lo que lo dirige.

Y si no reaccionamos, lo que viene después ya no será una crisis. Será el colapso definitivo de la institucionalidad. Y no habrá nadie más a quien culpar que a nosotros por haberlo permitido.

El mensaje es brutal: el que denuncia es enemigo; el que paga, asciende; el que encubre, gobierna.

hay mucho que reflexionar en base a lo que esta ocurriendo en nuestro amado Perú, cuidado la pista esta sumamente resbalosa, las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

La presidenta que no sabe leer, pero se atreve a dictar cátedra: Boluarte se perdió en su propio monólogo, en un mensaje narcisista de mas de cuatro horas donde el vacío fue el único contenido.

En un país agotado por la inestabilidad, el mensaje a la Nación de la presidenta Dina Boluarte del 28 de julio fue, una vez más, un ejercicio de forma sin fondo, una performance prolongada que sólo sirvió para confirmar lo que ya sabíamos: el poder puede ser sordo, ciego y, en este caso, también torpe al leer.

Boluarte se dirigió a un Congreso semivacío con un discurso de 97 páginas que, paradójicamente, terminó reduciendo aún más su ya deteriorada legitimidad. No por su extensión —aunque leer durante más de cuatro horas sin decir nada esencial es un logro en sí mismo—, sino por lo que ese acto reveló: una presidenta que no logra articular una visión coherente, que omite partes clave de su propio libreto y que insiste en una narrativa de autosalvación que raya en el narcisismo.

Narcisismo de Estado

Dina Boluarte no sólo leyó mal, omitió páginas enteras de su mensaje —incluyendo la promesa explícita de dejar el poder el 28 de julio de 2026—, sino que se dedicó a exaltar sus supuestos logros sin la más mínima capacidad de autocrítica. Presentó cifras económicas infladas, proclamó avances sin sustento y pintó una imagen del Perú que sólo existe en su cabeza o en los informes decorados de sus asesores.

Lo más grave no fue lo que dijo, sino lo que no dijo. Ni una palabra sobre los muertos en las protestas. Ni un gesto de empatía con las víctimas. Ninguna reflexión sobre su rol directo en la crisis política e institucional del país. Boluarte no habló como una líder de la República, sino como una gerente obsesionada con limpiar su imagen ante la historia.

La desconexión total

Quedó claro que el objetivo del discurso no era rendir cuentas, sino blindarse. En vez de abrir canales de diálogo, prefirió el tono desafiante, el gesto de la que cree que su única tarea es resistir, no gobernar. Parecía no dirigirse a los ciudadanos, sino a un espejo.

Este desdén por la escucha y por el mínimo sentido republicano del cargo es especialmente insultante cuando recordamos que su gobierno enfrenta investigaciones por enriquecimiento ilícito y por ocultamiento de bienes de lujo. Que su figura esté envuelta en escándalos como el del Rolexgate y aun así se presente como “la garante de la democracia” no es sólo una ironía: es una provocación.

¿A quién le habla la presidenta?

Con una aprobación que bordea el 3 %, Boluarte habla a una ciudadanía que ya no la escucha, mientras se aferra a un relato de heroísmo personal que nadie le ha comprado. Su discurso fue un símbolo: un documento desordenado, omitido, mal leído y larguísimo, que refleja exactamente cómo ha sido su presidencia.

Ni siquiera la forma le salva. Una lectura monótona, plagada de errores de entonación y sin hilo narrativo, solo acentúa la percepción de que está en un rol que la supera, en un cargo para el que no estaba preparada, y del que, sin embargo, no piensa salir sin arrastrar al país por completo.

El vacío como estrategia

El mensaje de Boluarte no es vacío por error, sino por diseño. Es un discurso concebido para no comprometerse, para no responder, para esquivar toda rendición de cuentas. En ese sentido, fue coherente: una arquitectura del silencio disfrazada de palabra.

Y ahí reside el peligro. Un gobierno sin narrativa ni autocrítica, pero con poder fáctico y una red de protección política, es un gobierno que no gobierna, pero que puede durar. Que no dice nada, pero que actúa por omisión. Que no responde al país, pero se blinda desde el Estado.

Boluarte no gobernará con la verdad, ni con legitimidad. Pero, si algo dejó claro su mensaje, es que piensa resistir con lo único que le queda: su propio ego.

Que no nos callen

Cómo dueles, Perú. Duele la indiferencia del poder, la impunidad, el olvido. Hoy no hay nada que celebrar, pero sí demasiado que reflexionar.
No podemos seguir normalizando el cinismo ni aceptar que la mentira se imponga como discurso oficial.

Hagamos las cosas bien: con memoria, con coraje, sin callar. Y, sobre todo, diciendo siempre la verdad, aunque incomode, aunque duela, aunque moleste a quienes gobiernan.

Desde estas líneas, nos comprometemos a seguir hablando claro, sin tapujos ni ambages. Porque el periodismo no está para aplaudir gobiernos a cambio de dádivas, sino para decir la verdad, incluso cuando esa verdad incomoda.

Debe ser libre, frontal y sin miedo.

Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

  • Mientras la inseguridad azota las calles y muchas comisarías carecen de vehículos para patrullar, la Policía, el Ejército y la FAP destinan millonarios recursos a la compra de autos de lujo para sus oficiales de alto rango.

En un país donde el crimen organizado se infiltra en barrios, mercados y hasta en instituciones, el rol de las fuerzas del orden debería enfocarse en recuperar la confianza ciudadana y en garantizar una respuesta rápida y efectiva ante la violencia. Sin embargo, las prioridades parecen estar claramente mal ubicadas.

Según cifras del Observatorio Nacional de Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior, más de 8,000 vehículos policiales se encuentran inoperativos en todo el país. La consecuencia de esta alarmante cifra es evidente: comisarías sin patrulleros, rondas policiales suspendidas o reducidas y una población cada vez más expuesta a la delincuencia sin un Estado que la proteja adecuadamente.

Pese a esta crítica situación, la Policía Nacional del Perú ha decidido desembolsar una millonaria suma para la adquisición de ocho vehículos de alta gama destinados exclusivamente al uso de sus altos mandos. Se trata de modernos Audi Q5, Honda Pilot y Volkswagen Jetta, todos vehículos considerados de lujo, más comunes en zonas exclusivas que en misiones de seguridad pública. El Ejército del Perú y la Fuerza Aérea han seguido el mismo camino.

Privilegios que hieren

Resulta indignante que, mientras muchas comisarías del país deben operar con motos viejas, autos sin mantenimiento o, simplemente, sin vehículos, quienes ocupan los cargos más altos dentro de las instituciones armadas y policiales disfruten de autos último modelo con aire acondicionado, tapizado de cuero y sistemas digitales de navegación.

La pregunta es inevitable: ¿qué combate contra el crimen se libra desde el asiento trasero de un Audi Q5?

Estas compras millonarias reflejan una realidad preocupante: los privilegios de las altas esferas están por encima de las necesidades urgentes del país. No se trata de desconocer la importancia de dotar de recursos a las instituciones de seguridad, sino de señalar que esos recursos deberían destinarse, primero, a quienes están en las calles enfrentando a diario la violencia y el crimen organizado.

El Estado de espaldas al ciudadano

Mientras los delincuentes se reorganizan, los ciudadanos viven con miedo y los policías de base carecen del equipamiento mínimo, las decisiones de los altos mandos parecen responder más al confort personal que a un verdadero compromiso con la seguridad pública. Esta desconexión entre la cúpula institucional y la realidad en las calles solo mina aún más la credibilidad de nuestras fuerzas del orden.

Resulta urgente que la Contraloría General de la República y el Congreso investiguen a fondo estas adquisiciones y que se exija una rendición de cuentas real. En tiempos donde cada sol del Estado debería ser cuidadosamente invertido, gastar millones en autos de lujo no solo es un error, es una afrenta a la población que exige y merece seguridad.

En el Perú, pocas figuras han concentrado tanto rechazo popular como Dina Boluarte. Con una desaprobación que roza el 96 % según CPI (mayo 2025), la presidenta no solo ha superado los niveles históricos de impopularidad de Keiko Fujimori, sino que se ha consolidado como un símbolo del colapso ético y político de la representación femenina en el poder.

La trayectoria de Boluarte expone una paradoja brutal: llegó al gobierno prometiendo dignidad, inclusión y justicia social… y terminó encabezando una administración marcada por la represión, el cinismo y el lujo ostentoso. Su caso no es aislado. Se suma a una larga lista de mujeres que, lejos de renovar la política, repitieron o incluso perfeccionaron sus peores vicios:

  • Keiko Fujimori, tres veces candidata, aún enfrenta cargos por lavado de activos.
  • Nadine Heredia y Eliane Karp, protagonistas de la corrupción institucional desde la sombra.
  • Susana Villarán, de símbolo progresista a confesión directa de financiamiento ilegal.
  • Verónika Mendoza, que prometió cambio y terminó apoyando gobiernos que traicionaron al mismo pueblo que decían representar.

No se trata de juzgar por género, sino de señalar que la traición política duele más cuando proviene de quienes juraron representar a los olvidados. Y en esa traición, Dina Boluarte se ha ganado, con creces, el título de la figura más repudiada del Perú contemporáneo.

En el Perú, insultar y desprestigiar al crítico se ha convertido en táctica sistemática. Cuando no hay gestión ni argumentos, el poder y los candidatos cobardes con rabo de paja, atacan al emisario para silenciar la verdad y victimizarse frente a una ciudadanía desinformada.

En el Perú actual, insultar ya no es un error: es método. No se trata de reacciones airadas, sino de una estrategia de comunicación política diseñada, financiada y ejecutada desde el poder. Gobernadores, alcaldes, congresistas, e incluso candidatos sin mayor arraigo político, recurren al agravio, la calumnia y la desinformación como mecanismo para simular oposición, ocultar pactos y distraer a la opinión pública.

Los principales analistas políticos del país coinciden en que hemos llegado a una etapa donde la agresión verbal ha reemplazado al contenido, y el escándalo a la propuesta. Este fenómeno, lejos de estar concentrado en Lima, se ha extendido a nivel nacional, desde gobiernos regionales hasta alcaldías distritales, donde se ha institucionalizado una forma de hacer política basada en el ataque personal y la polarización permanente.

El guion se repite: cuando se carece de gestión, se fabrica un enemigo. Cuando se teme a la fiscalización, se deslegitima a la prensa. Cuando se denuncia corrupción, se ataca al denunciante. El recurso no es nuevo, pero se ha perfeccionado. Hoy no se confronta el mensaje, se mata al emisario para que el mensaje no llegue. Es decir, no se rebate con argumentos, sino que se destruye la credibilidad de quien los emite.

Esto se ejecuta con una maquinaria coordinada: granjas de troles, redes de cuentas falsas, campañas de difamación, todo financiado desde recursos públicos o intereses privados enquistados en el Estado. Los periodistas independientes, los órganos de control, e incluso algunos actores del propio aparato público, se convierten en blancos sistemáticos de ataques no por mentir, sino por decir lo que incomoda.

Paradójicamente, muchos de estos agresores forman parte del poder que dicen combatir. Alcaldes y gobernadores que votaron con el Congreso, que gestionan con aliados de la presidenta, o que se beneficiaron del reparto del presupuesto público, hoy simulan ser “antisistema” con discursos radicales, para limpiar su imagen y reconectar con una ciudadanía harta, pero desinformada.

Esta simulación de oposición desde dentro del sistema es el núcleo del cinismo político actual. Y como toda farsa, necesita espectáculo: gritos, enemigos imaginarios, frases vacías, y sobre todo, insultos. Así se desplaza el foco del verdadero problema —la ineficiencia, la corrupción, la captura del Estado— hacia una guerra de ruido que termina erosionando aún más la institucionalidad democrática.

Lo más peligroso es que esta estrategia sí funciona, al menos en el corto plazo. Gana atención, acalla críticas, y refuerza una narrativa de victimismo que evita rendir cuentas. Pero su costo es inmenso: debilita la democracia, rompe el tejido social, y deja al ciudadano sin referentes confiables.

En la política peruana contemporánea, la táctica de “matar al mensajero” ha dejado de ser un reflejo defensivo para convertirse en una estrategia sistemática. Ya no se responde al mensaje: se anula, se distorsiona o se silencia a quien lo emite. Periodistas, fiscalizadores, analistas y críticos son blanco constante de ataques no por mentir, sino por decir lo que incomoda. La lógica es perversa pero efectiva: si destruyes la credibilidad del emisario, el mensaje pierde fuerza, aunque sea verdad. Así, el insulto, la calumnia y el troleo digital se convierten en herramientas clave para victimizar al agresor, que se presenta como perseguido por el “sistema”, cuando en realidad forma parte activa de él. Esta estrategia no busca convencer, sino confundir; no se trata de ganar el debate, sino de ensuciarlo hasta que nadie quiera escucharlo.

No podemos seguir aceptando que la política se reduzca a gritar más fuerte, ni permitir que la calumnia y el chisme se instalen como prueba suficiente para destruir personas. El debate público no puede construirse sobre rumores, ni la autoridad sobre el escándalo artificial. Defender la verdad y la dignidad propia y ajena es hoy un acto de resistencia frente a una cultura política que premia la mentira y castiga la integridad. Que la ciudadanía no olvide: quien necesita insultar para sostenerse, ya se ha quedado sin razones para gobernar. No permitamos mas este tipo de politiquería, las cosas por su nombre y Sin Mordaza

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