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¿Los partidos políticos evalúan la trayectoria y los antecedentes de sus postulantes… o simplemente el tamaño de sus billeteras?

Hay una costumbre que se ha vuelto peligrosamente peruana: indignarnos cuando estalla el escándalo, pero guardar silencio cuando se confeccionan las listas de candidatos.

Hoy volvemos a mirar con vergüenza al Congreso por la detención de un parlamentario investigado tras una denuncia por presunta violencia contra una mujer. La justicia tendrá que determinar responsabilidades y la presunción de inocencia debe respetarse. Pero hay una responsabilidad que no corresponde a los jueces. Esa responsabilidad tiene nombre: los partidos políticos.

Porque un candidato no aparece por generación espontánea. Alguien lo buscó, alguien lo entrevistó —o quizá ni eso—, alguien lo incorporó a una lista y alguien recorrió pueblos y ciudades pidiendo el voto por él. Eso no es un accidente; es una decisión política.

Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué revisan realmente los partidos antes de entregar una candidatura? ¿La hoja de vida? ¿Los antecedentes? ¿La conducta? ¿El equilibrio emocional? ¿La trayectoria? ¿O basta con tener dinero, popularidad, influencia o capacidad para financiar una campaña?

Durante años hemos escuchado discursos grandilocuentes sobre la defensa de la mujer, la lucha contra la corrupción, la justicia social y la renovación de la política. Palabras correctas. Discursos impecables. Pero cuando llega el momento de seleccionar candidatos, esos principios parecen perder la elección frente al pragmatismo.

La política no puede seguir funcionando como una agencia de colocaciones ni como una franquicia electoral. Un partido serio no solo organiza campañas; forma líderes, verifica trayectorias y responde por las personas que presenta ante el país. Si no es capaz de hacerlo, deja de cumplir una de sus funciones más importantes en una democracia.

Y aquí conviene decir algo que muchas veces se evita. Cuando una autoridad elegida protagoniza un escándalo de esta naturaleza, el problema no termina en esa persona. También alcanza a quienes la promovieron, a quienes la defendieron y a quienes garantizaron ante la ciudadanía que era la persona indicada para ejercer un cargo público.

Los partidos no pueden aparecer únicamente para celebrar una victoria y desaparecer cuando llega la vergüenza. La responsabilidad política no prescribe con un comunicado de prensa ni se lava con un deslinde de último minuto.

El Perú necesita una reforma electoral, sí. Pero necesita, sobre todo, una reforma moral dentro de los partidos políticos. Porque ninguna ley podrá reemplazar lo que debería ser una obligación elemental: seleccionar a mujeres y hombres cuya conducta sea coherente con el enorme poder que el voto les entrega.

La próxima vez que un partido toque nuestra puerta para pedirnos confianza, no bastará con escuchar sus promesas. Habrá que hacer una pregunta mucho más sencilla y mucho más incómoda:

¿Qué hicieron ustedes para demostrar que el candidato que hoy nos presentan merece representar al Perú?

Porque, al final, el problema no es solo por quién votamos.

El verdadero problema es quiénes nos ponen delante para elegir.

Mientras el Perú real sangra por la delincuencia, el Perú politiquero sigue peleando por el poder. El gran olvidado continúa siendo el ciudadano de a pie.

La noticia de hoy vuelve a poner sobre la mesa la pregunta más incómoda de la política peruana: ¿qué tan desconectados están nuestros dirigentes de los problemas reales del país?

Mientras candidatos, partidos y operadores políticos dedican horas a disputas electorales, impugnaciones, estrategias de campaña y cálculos de poder, millones de peruanos enfrentan una realidad mucho más urgente: trabajar sin ser extorsionados y volver vivos a casa.

Las cifras deberían encender todas las alarmas. Durante el 2025 se registraron más de 25 mil denuncias por extorsión y alrededor de 2,451 homicidios a nivel nacional, equivalente a casi siete asesinatos por día. Además, los homicidios crecieron respecto a los años anteriores, evidenciando que la violencia criminal sigue siendo uno de los mayores desafíos del país.

Más allá de los debates estadísticos sobre aumentos o reducciones temporales, existe una realidad que ningún peruano necesita que le expliquen: la extorsión ha dejado de ser un delito aislado para convertirse en un problema estructural que afecta al transporte, al comercio, a los pequeños emprendedores e incluso a sectores culturales y artísticos. Diversos reportes muestran que las denuncias por extorsión se han multiplicado varias veces en los últimos años y que la presencia del crimen organizado se ha expandido en distintas regiones del país.

Sin embargo, la inseguridad rara vez ocupa el lugar central que merece en el debate político. Se habla más de quién ganará una elección que de cómo recuperar las calles. Se discute más sobre alianzas partidarias que sobre inteligencia policial. Se invierte más energía en la confrontación política que en la construcción de una estrategia nacional contra el crimen organizado.

La consecuencia es evidente: mientras la política sigue concentrada en la conquista del poder, la ciudadanía percibe que el Estado pierde terreno frente a organizaciones criminales cada vez más violentas y mejor organizadas.

El Perú no necesita más campañas permanentes. Necesita liderazgo. Necesita instituciones capaces de enfrentar a quienes han convertido el miedo en un negocio. Necesita gobernantes que comprendan que la seguridad no es un tema más de la agenda pública, sino la condición básica para que exista libertad, inversión, trabajo y desarrollo.

Porque cuando un comerciante paga cupos para sobrevivir, cuando un transportista trabaja bajo amenaza o cuando una familia teme que un ser querido sea la próxima víctima, el problema ya no es solamente policial. Es un fracaso político.

Y ese fracaso no distingue colores, partidos ni ideologías. Termina golpeando, como siempre, al peruano de a pie.

La pregunta final seria y ¿Dónde están los candidatos que dicen amar a sus pueblo y solo aparecen en campañas electorales y cada vez por partidos diferentes?

la xcosas por su nombre y Sin Mordaza.

Walter Ayala presentó una demanda de amparo para dejar sin efecto los resultados del voto en el exterior, alegando que fueron realizados bajo una norma que «nunca debió existir». La acción judicial reabre el debate sobre la estabilidad de las reglas electorales y el respeto a la voluntad popular

A pocos días de conocerse los resultados electorales, una nueva controversia amenaza con trasladar la disputa política a los tribunales. Walter Ayala, vocero de Juntos por el Perú, ha presentado una demanda de amparo para anular los votos emitidos por los peruanos en el extranjero, argumentando que el proceso se desarrolló bajo una resolución que carecería de sustento legal.

Aunque Ayala insiste en que no está denunciando fraude, el efecto práctico de su demanda sería extraordinariamente grave: cuestionar la validez de miles de votos ya emitidos y contabilizados por ciudadanos peruanos residentes fuera del país.

En cualquier democracia, las reglas electorales pueden ser objeto de control judicial. Sin embargo, cuando una impugnación se presenta después de realizados los comicios, surge una pregunta inevitable: ¿por qué no se cuestionó la norma antes de que los ciudadanos acudieran a las urnas?

El problema de fondo no es únicamente jurídico. También es político. Si cada resultado adverso termina derivando en intentos de anular votos o reinterpretar las reglas una vez concluida la elección, la confianza en las instituciones electorales se deteriora progresivamente.

Los peruanos en el exterior no son ciudadanos de segunda categoría. Su voto tiene el mismo valor constitucional que el emitido en Lima, Cusco, Arequipa o cualquier otra región del país. Por ello, cualquier intento de invalidar esos sufragios debe estar sustentado en argumentos jurídicos excepcionalmente sólidos y no en conveniencias coyunturales.

La democracia no solo consiste en votar; también implica aceptar reglas previamente establecidas y respetar la voluntad expresada por los ciudadanos, incluso cuando los resultados no favorecen a determinados sectores políticos.

Hay algo más triste que un mal debate: un debate que confirma que ya no esperamos nada de él. El último espectáculo electoral no fue un intercambio de ideas, fue una coreografía de supervivencia. Nadie fue a explicar el país; fueron a no equivocarse en vivo. Y en ese cálculo pequeño, el Perú volvió a empequeñecerse.

Las cifras —aunque referenciales— ayudan a desnudar la escena. Más del 40% del electorado llega indeciso a pocas semanas de votar; en elecciones anteriores era 27% y antes 18%. No es volatilidad saludable: es desconfianza acumulada. Cuando el ciudadano no decide, no es porque esté pensando más, sino porque cree menos. Y el debate, lejos de ordenar, confirma el vacío.

El formato es cómplice. Bloques de 60 a 90 segundos para responder problemas estructurales de décadas. Preguntas amplias, respuestas en cápsulas, cero repreguntas incisivas. Con ese diseño, explicar es perder y simplificar es ganar. No hay espacio para decir cómo destrabar inversión sin capturar el Estado, ni cómo reducir el precio de los combustibles sin mentirle al mercado. Resultado: placebo económico. Mucha “reactivación”, poco mecanismo; mucho “emprendedor”, cero política pública.

En seguridad, la estadística real golpea más fuerte que cualquier eslogan. En los últimos años, la percepción de inseguridad urbana supera el 80% en varias ciudades, mientras la tasa de denuncias crece y la capacidad de investigación no acompaña. ¿Qué ofrecieron? “Mano dura”. Como si la criminalidad fuera un interruptor moral. Nadie se quedó a explicar la cadena completa: policía con déficit de formación y logística, fiscalías saturadas, Poder Judicial sin recursos, inteligencia fragmentada. Reconstruir eso toma años; decir “mano dura” toma segundos. El debate eligió lo segundo.

La corrupción fue el momento de teatro moral. Indignación de utilería y promesas de limpieza sin tocar las tuberías. Sin embargo, los números son obstinados: el país pierde miles de millones de soles al año por corrupción e inconducta funcional (estimaciones de la Contraloría). ¿Escuchamos propuestas sobre financiamiento de campañas, compras públicas con trazabilidad, servicio civil meritocrático? No. Se habló de castigos, no de sistemas. De escarmiento, no de prevención. Es decir, de titulares, no de Estado.

Y luego está el tono: más hábiles para el agravio que para el argumento. Interrupciones, ironías de colegio, frases diseñadas para el clip de 15 segundos. Según recuentos preliminares de monitoreo mediático, una porción significativa del tiempo efectivo se fue en ataques personales y descalificaciones, no en propuestas verificables. La política convertida en ring: ruido que reemplaza a la razón.

Pero no nos engañemos: el problema no es solo el escenario, son los actores. Candidatos sin equipos técnicos robustos, planes de gobierno que son PDFs decorativos, asesores que dominan el focus group pero no el presupuesto público. La campaña es permanente; el gobierno, un accidente posterior. Y cuando llega, llega sin manual.

También hay responsabilidad en la conducción. Un debate sin repreguntas obligatorias, sin derecho a contradicción en tiempo real y sin penalización por evasión es una invitación al vacío. Moderar no es repartir turnos; es exigir respuestas. Si alguien promete bajar combustibles, que diga cómo: ¿subsidio focalizado?, ¿reducción temporal de impuestos?, ¿costo fiscal?, ¿plazo? Si habla de seguridad, que detalle metas, presupuesto, cronograma. Si no puede, que el silencio le cueste.

Al final, el debate no ordenó ideas: ordenó percepciones. Ganó el que no titubeó, el que sonrió mejor, el que clavó la frase exportable al titular. Y el país, otra vez, quedó atrapado entre la retórica y el vacío.

El Perú no necesita candidatos que hablen bonito; necesita candidatos que expliquen, sustenten y se hagan cargo. Lo demás es utilería democrática: luces, cámaras… y una ciudadanía que empieza a sospechar que la función se repite porque nadie se atreve a cambiar el libreto.

Cada vez que ocurre un derrame en el sistema de Camisea, la reacción oficial suele repetirse como un libreto burocrático: la empresa anuncia investigaciones internas, el Estado promete supervisión y, con suerte, meses después aparece alguna multa administrativa. El gas sigue fluyendo, las exportaciones continúan y el país vuelve a mirar hacia otro lado. Pero hay una pregunta que casi nunca se formula con la contundencia que merece: ¿quién compensa realmente al Perú cuando se daña su patrimonio energético?

El Proyecto Camisea fue presentado como la gran promesa de soberanía energética del país. Se dijo que el gas abarataría la energía, fortalecería la economía y beneficiaría directamente a los peruanos. Dos décadas después, el balance invita a una mirada menos complaciente. Camisea produce enormes volúmenes de energía y genera millonarios ingresos, pero cada incidente —cada fuga, cada derrame, cada contingencia en el ducto— deja al descubierto una realidad incómoda: el Estado peruano sigue siendo un administrador débil de su propia riqueza natural.

Cuando ocurre un derrame, el debate suele reducirse a compensaciones locales: reparación ambiental, indemnizaciones a comunidades cercanas o sanciones administrativas. Todo eso es necesario. Pero la discusión queda corta. El gas de Camisea no es propiedad de un consorcio ni de una empresa privada; pertenece a la nación. Y cuando ese recurso se pierde, se contamina o se administra sin la debida responsabilidad, el daño no es únicamente ambiental: es también económico y nacional.

Porque el impacto no termina en la selva ni en el punto exacto del incidente. Sus efectos alcanzan a miles de ciudadanos que, lejos del ducto, sienten otra consecuencia: el aumento del costo de los combustibles y de la energía. En un país donde el transporte, la producción agrícola, la industria y la economía familiar dependen del precio de los carburantes, cualquier alteración en la cadena energética termina golpeando el bolsillo del ciudadano común.

Cada alza en los combustibles se traduce en pasajes más caros, alimentos más costosos y mayores gastos para pequeños transportistas, comerciantes y trabajadores independientes. Es decir, una cadena silenciosa de perjuicios económicos que termina pagando el peruano de a pie, el mismo que nunca participó en la negociación de los contratos ni en las decisiones estratégicas sobre los recursos del país.

Ahí está la paradoja peruana: un país productor de gas natural donde la energía sigue siendo cara para millones de ciudadanos.

El problema de fondo es la asimetría entre el poder económico de los grandes proyectos extractivos y la fragilidad institucional del Estado. Mientras las empresas operan con contratos blindados y equipos legales internacionales, el Estado responde con regulaciones tardías, fiscalizaciones débiles y sanciones que muchas veces terminan siendo apenas un costo menor dentro del balance corporativo.

Por eso el debate sobre compensaciones debería ampliarse. No basta con reparar el área afectada o pagar indemnizaciones puntuales. Cuando un recurso estratégico sufre pérdidas, interrupciones o impactos ambientales que terminan afectando la economía nacional, el país tiene derecho a exigir responsabilidades proporcionales al valor de ese recurso.

No se trata de oponerse a la inversión privada ni de negar la importancia del gas en la economía. Se trata de recordar algo elemental que muchas veces parece olvidarse en la política peruana: los recursos naturales pertenecen al país, no a los contratos ni a las coyunturas políticas.

Si el gas se fuga, si el ecosistema se deteriora y si además los ciudadanos terminan pagando combustibles más caros, entonces el problema no es solo ambiental ni técnico. Es también un problema de justicia económica.

Porque al final, la escena se repite con una obstinación casi cínica: el recurso es nacional, el negocio es gigantesco, pero el costo —directo o indirecto— termina cayendo sobre el ciudadano común.

Y en un país donde la riqueza natural convive con una institucionalidad frágil, esa ecuación suele resolverse siempre de la misma manera: la renta se concentra arriba y las consecuencias se reparten abajo. Una fórmula conocida, demasiado conocida, en la historia política del Perú.

Ocho presidentes en diez años. La cifra no es una curiosidad estadística: es la radiografía de una república fatigada. Desde 2016 hasta hoy, el país ha transitado por los despachos de Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y ahora José María Balcázar. Un promedio de quince meses por mandato. Un vértigo impropio de cualquier democracia que aspire a algo más que sobrevivir.

Pero el problema no es solo la rotación. Es el contexto que la acompaña. La mayoría de estos jefes de Estado terminó con investigaciones fiscales abiertas, procesos judiciales en curso, inhabilitaciones o salidas forzadas en medio de escándalos. En menos de una década, el Perú vio a expresidentes con prisión preventiva, acusaciones por corrupción, procesos por rebelión y cuestionamientos por decisiones adoptadas en medio de protestas sociales. La política dejó de debatirse en términos de programa y gestión para instalarse en el terreno penal. Gobernar se volvió sinónimo de defenderse.

La institucionalidad en desgaste

La confrontación entre Ejecutivo y Legislativo ya no es excepción: es método. Vacancias convertidas en amenaza permanente, censuras ministeriales como herramienta de presión, acusaciones constitucionales activadas según conveniencia. La desaprobación presidencial superó reiteradamente el 70%, mientras la confianza en el Congreso se mantuvo en niveles históricamente bajos.

El resultado es un Estado que transmite provisionalidad incluso cuando no está formalmente en transición. Cada presidente asume con fecha de caducidad implícita; cada gabinete nace bajo sospecha. La democracia no ha colapsado, pero vive sitiada por la desconfianza.

El costo económico de la inestabilidad

Hubo un tiempo en que el Perú era citado como ejemplo de estabilidad macroeconómica en Sudamérica. Hoy, tras el rebote pospandemia, el crecimiento se desaceleró con fuerza e incluso registró contracciones recientes. La inversión privada —en minería e infraestructura— mostró retrocesos en varios trimestres consecutivos. Proyectos estratégicos quedaron entrampados entre conflictos sociales y un entorno político imprevisible.

Las agencias calificadoras advirtieron que la incertidumbre institucional impacta directamente en la confianza y en el riesgo país. La ecuación es simple: sin estabilidad política no hay previsibilidad económica. Y sin previsibilidad, la inversión espera… o se va.

La democracia sitiada por sus propios socios

Reducir la crisis a la debilidad de los presidentes sería cómodo. Aquí hay responsabilidades compartidas. Pero también hay actores con peso específico en esta arquitectura de demolición. Desde el Congreso, Fuerza Popular y el bloque que orbita a su alrededor han sido protagonistas constantes de la confrontación.

No se trata de absolver a nadie. Se trata de nombrar dinámicas. La caída de Kuczynski no se explica sin el asedio parlamentario. La vacancia de Vizcarra prosperó con votos que privilegiaron aritmética antes que estabilidad. El breve interinato de Merino —respaldado mayoritariamente por el Congreso— terminó en protestas masivas y crisis institucional. Luego vinieron alianzas tácticas, distanciamientos calculados y recomposiciones según el clima político.

El patrón se repite: un Congreso que no gobierna, pero decide quién gobierna y cuánto dura. Cuando la estabilidad del país compite con la oportunidad política, la tentación de lo segundo suele imponerse.

Imagen internacional en entredicho

En foros y reportes de riesgo, el Perú ya no aparece como el alumno aplicado de la región. Ocho presidentes en diez años, seis con investigaciones fiscales abiertas, confrontación crónica entre poderes. El relato externo dejó de ser el del “milagro peruano” para convertirse en el de una democracia frágil atrapada en su propio diseño institucional.

¿Crisis coyuntural o crisis de sistema?

La llegada de Balcázar no inaugura la crisis; la continúa. El problema no es solo quién ocupa el despacho presidencial, sino el mecanismo que permite que la política se convierta en campo de batalla permanente y antesala judicial.

Ocho presidentes en diez años no son un accidente. Son síntoma de una arquitectura institucional desgastada, donde la legitimidad se erosiona más rápido que los mandatos y donde la supervivencia partidaria prima sobre la gobernabilidad.

El Perú enfrenta algo más profundo que una crisis de gobierno.

Enfrenta una crisis de confianza.

Y sin confianza —interna y externa— ningún país sostiene crecimiento, estabilidad ni futuro.

El Congreso soltó la carga cuando ya quemaba. No antes. No por escrúpulo. No por convicción. La salida de José Jeri no fue una epifanía institucional sino un acto reflejo de supervivencia.

Durante semanas —o los días que bastaron para que el desgaste hiciera mella— el Congreso de la República administró el silencio. Mientras el costo político fue tolerable, el interino fue defendido con tecnicismos y apelaciones vacías a la estabilidad. Pero cuando la presión pública empezó a trepar y el descrédito amenazó con salpicar más allá del despacho cuestionado, la lealtad se volvió inflamable.

Y entonces lo soltaron.

No es un hecho aislado. Es un patrón. Según encuestas nacionales de los últimos años, el Congreso peruano arrastra niveles de desaprobación que han oscilado entre el 80% y el 90%. Es, consistentemente, una de las instituciones con menor credibilidad del país. En ese contexto, cada escándalo no es un incidente: es gasolina sobre una estructura ya erosionada. El cálculo es simple: sostener a un funcionario cuestionado en medio de semejante fragilidad es políticamente suicida.

La ética no entró en la ecuación. Entró el miedo.

El respaldo decisivo de Fuerza Popular tampoco respondió a una súbita conversión moral. El fujimorismo —como otras fuerzas en el Parlamento— ha demostrado que su coherencia es estratégica: sostiene mientras conviene, se aparta cuando el incendio amenaza con propagarse. No hay sorpresa; hay método.

Lo más grave no es que Jeri haya dejado el cargo. Eso era lo mínimo exigible. Lo preocupante es que haya sido necesario el ruido externo para que el Parlamento actuara. En una democracia sólida, la responsabilidad precede al escándalo. Aquí, el escándalo es la condición previa de la responsabilidad.

Y mientras tanto, los candidatos presidenciales ensayan discursos solemnes sobre institucionalidad y reforma política. Hablan de “recuperar la confianza ciudadana” en un país donde, según diversas mediciones, más del 70% de peruanos declara no confiar en los partidos. Prometen limpieza desde tribunas que mañana podrían compartir con los mismos bloques que hoy cuestionan. La indignación, en campaña, es un recurso retórico; en el poder, suele volverse negociable.

El Congreso reaccionó. Sí. Pero reaccionó tarde y por conveniencia. No fue el decoro el que destituyó; fue la presión la que obligó.

Se fue uno. El mecanismo quedó intacto.

Y mientras el Parlamento actúe cuando quema y no cuando corresponde, la política peruana seguirá confundiendo dignidad con cálculo y responsabilidad con miedo.

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POLICIAS PERUANOS ¿LO PROTEGIAN?

Por fin cayó Erick Luis Moreno Hernández, alias «El Monstruo», ese ejemplar de las sombras del crimen que desde hace años sembraba muerte, extorsión y miedo en Perú… desde la comodidad del anonimato. Fue capturado en San Lorenzo, Paraguay, como parte de un operativo binacional entre la PNP y las autoridades paraguayas. Aplausos, sí. Pero ahora viene la parte incómoda.

Apenas lo esposaron, “El Monstruo” empezó a hablar. Y lo que ha dicho si se comprueba podría dejar en pañales a las novelas narco que tanto fascinan en Netflix. Moreno ha señalado, sin pelos en la lengua, que recibía protección de la Policía Nacional del Perú. ¿Qué tal?

¿Exageración de un delincuente desesperado? ¿Maniobra para confundir a la opinión pública? ¿O, como ha pasado tantas veces, una verdad incómoda que se soltó cuando las cámaras ya estaban grabando? Porque recordemos: no sería la primera vez que los tentáculos del crimen organizado acarician y atrapan los uniformes de la ley.

Si lo que dice “El Monstruo” tiene una pizca de verdad, ¿ quién lo protegía? ¿Con qué nivel de impunidad operaba? ¿Cuántos jefes policiales, coroneles o generales hicieron la vista gorda o algo peor mientras este sujeto se paseaba con total libertad?

Y ya que estamos en modo incómodo: ¿dónde está Vladimir Cerrón, otro prófugo ilustre de la justicia peruana? ¿Cuántos Monstruos más se esconden bajo la alfombra de un sistema que ya no disimula sus fracturas?

Hay sospechas. Muchas sospechas. Porque en este país, cuando un criminal de esta talla habla de «protección policial», uno no puede darse el lujo de reírse. Más bien, hay que encender todas las alarmas. Y mirar, con más cuidado, hacia el interior de una institución policial que, cada cierto tiempo, deja ver que su uniforme también puede usarse para delinquir.

No basta con capturar al monstruo. Ahora hay que cazar a quienes lo criaron, lo apañaron o lo usaron y ahora tiemblan.

Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

Una escena lamentable se repite con creciente frecuencia en el distrito de San Sebastián, Cusco: personas halladas tiradas en la vía pública, en aparente estado de ebriedad y, según primeras versiones, posibles víctimas de asalto. Lo más alarmante es que estos casos no son hechos aislados ni limitados a una sola zona, sino que se vienen registrando en diferentes sectores del distrito, como parte de una preocupante tendencia de inseguridad urbana.

La pregunta es inevitable: ¿nos estamos acostumbrando a vivir rodeados de cantinas informales, delincuentes que merodean impunemente, y autoridades que prefieren mirar hacia otro lado? ¿San Sebastián se está convirtiendo en una tierra de nadie?


La noche se vuelve peligrosa: cantinas, descontrol y delincuencia

San Sebastián enfrenta un deterioro sostenido de su seguridad ciudadana, alimentado por el crecimiento de establecimientos que expenden alcohol sin regulación. Muchas cantinas y bares informales operan al margen de la ley, a veces con horarios extendidos o sin las condiciones mínimas de seguridad, convirtiéndose en puntos críticos donde proliferan los robos, peleas y agresiones.

Distintos sectores del distrito —urbanizaciones nuevas, zonas cercanas a mercados o avenidas principales— han sido escenarios de hallazgos de personas inconscientes, a menudo sin pertenencias y con signos de haber sido víctimas de actos delictivos. Estos hechos, lejos de ser excepcionales, comienzan a formar parte del paisaje nocturno habitual.


¿Y las autoridades? Presencia mínima, líneas sin respuesta y reacción solo ante la prensa

Frente a esta realidad, la respuesta del Estado local ha sido, como mínimo, tibia. El patrullaje del serenazgo es escaso y, lo que es más grave, las líneas telefónicas de emergencia no responden a los llamados de la población. En muchos casos, solo cuando un medio de comunicación interviene o expone públicamente una denuncia, se obtiene alguna reacción de las autoridades. Esta dinámica no solo es inaceptable, sino peligrosa: la vida y seguridad de los vecinos no pueden depender de la presión mediática para ser atendidas.

A pesar de las reiteradas denuncias, no hay una estrategia clara ni sostenida para enfrentar la inseguridad creciente. La Municipalidad Distrital de San Sebastián guarda un silencio preocupante, mientras cantinas clandestinas siguen funcionando sin sanción y el espacio público sigue siendo tomado por la delincuencia.


Un llamado urgente a la acción conjunta

Es cierto que la responsabilidad no recae únicamente en las autoridades. También se necesita mayor conciencia social sobre los riesgos del consumo excesivo de alcohol y una cultura de autocuidado. Sin embargo, eso no exime al Estado de su deber fundamental: garantizar la seguridad y el orden público.

La comunidad tiene derecho a exigir condiciones dignas, calles seguras y espacios libres de violencia. La inacción no puede seguir siendo la norma.


Conclusión: normalizar el abandono sería el peor error

Los recientes hallazgos de personas en estado vulnerable en diversas zonas de San Sebastián, posiblemente víctimas de delitos, deben encender todas las alarmas. No se trata solo de un tema de orden público, sino de un reflejo del deterioro institucional que amenaza la convivencia en este distrito.

No podemos permitir que San Sebastián se convierta en un distrito sin ley. La seguridad ciudadana no es un lujo, es un derecho. Y hoy, más que nunca, es momento de exigirlo con firmeza y Sin Mordaza.

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