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51 años de promesas, millones que se multiplican y un Cusco que sigue esperando respuestas.
¿Cómo es posible que un proyecto anunciado hace más de medio siglo siga sin convertirse en una realidad para el pueblo cusqueño? La historia del aeropuerto de Chinchero se remonta a 1975, durante el gobierno de Francisco Morales Bermúdez. Han transcurrido 51 años entre anuncios, estudios, contratos, controversias y promesas políticas. Y el Cusco sigue esperando que esta obra estratégica se convierta en un aeropuerto operativo que justifique las expectativas generadas.
Pero el tiempo no es lo único que preocupa. También está el dinero.
En 2014, el proyecto contemplaba una inversión de aproximadamente US$ 538 millones para iniciar operaciones, con una previsión que podía llegar a US$ 658 millones considerando futuras ampliaciones y rehabilitaciones. En 2017, el contrato original anunciado para Kuntur Wasi ascendía a US$ 1,120 millones. Hoy, según la Contraloría, la inversión actualizada del proyecto alcanza los S/ 3,067.6 millones.
Son cifras correspondientes a distintas etapas y alcances contractuales, por lo que no deben compararse como si fueran exactamente el mismo presupuesto. Pero su evolución plantea una pregunta ineludible: ¿cómo se explica el costo actual de una obra que lleva décadas siendo anunciada y todavía no ha entrado en operación?
La Contraloría informó en mayo de 2026 que, tras siete adendas al contrato de Estado a Estado con Corea del Sur, el contratista planteaba extender la culminación de las obras hasta diciembre de 2028, pese a que el plazo previsto era diciembre de 2026. También advirtió sobre un déficit presupuestal de más de S/ 65 millones para ese año y deudas con proveedores de comunidades campesinas del área de influencia.
¿Quién responde por esta historia interminable?
Nadie puede negar que Cusco necesita mejorar su conectividad aérea, fortalecer el turismo y generar nuevas oportunidades económicas. Pero una necesidad legítima no justifica cualquier costo, cualquier demora ni la ausencia de explicaciones claras.
El aeropuerto fue presentado durante años como una puerta al mundo, una oportunidad para atraer más visitantes, inversiones y empleo. Sin embargo, cada retraso y cada modificación contractual obligan a exigir respuestas concretas. ¿Se realizaron oportunamente todos los estudios necesarios? ¿Se calcularon correctamente los costos? ¿Por qué se modificaron los contratos? ¿Cuánto terminará costando realmente la obra? ¿Existen garantías suficientes sobre su seguridad operacional y su funcionamiento? ¿Qué beneficios concretos recibirá la población cusqueña?
Estas preguntas no son un ataque al desarrollo. Son una exigencia de transparencia y responsabilidad con el dinero público.
Y también debemos preguntarnos por el papel de nuestros representantes. ¿Dónde estuvieron los congresistas, las autoridades regionales y los alcaldes cuando correspondía fiscalizar, exigir plazos y defender los intereses del Cusco? No basta con aparecer en las ceremonias, anunciar avances o atribuirse méritos. La obligación de una autoridad es vigilar que los recursos públicos se utilicen correctamente y que las obras prometidas se conviertan en resultados.
Mientras tanto, el Cusco continúa enfrentando profundas brechas de infraestructura, dificultades para industrializar sus recursos y una deuda histórica de desarrollo. El turismo genera riqueza, pero esa riqueza no se traduce automáticamente en bienestar para las mayorías. Un aeropuerto, por sí solo, tampoco resolverá nuestros problemas si no existe una política seria para integrar a los productores, promover inversiones sostenibles y distribuir mejor las oportunidades.
No corresponde afirmar que estamos ante una estafa sin pruebas que lo demuestren. Pero tampoco corresponde aceptar pasivamente una historia de décadas, presupuestos millonarios y plazos que se desplazan sin una rendición de cuentas convincente.
Si Chinchero es técnica y económicamente viable, que se demuestre con estudios sólidos, transparencia financiera, plazos verificables y resultados. Si hubo negligencia, irregularidades o incumplimientos, que se investiguen y se establezcan las responsabilidades que correspondan.
Cincuenta y un años deberían ser suficientes para que el país entregue respuestas, no nuevas excusas.
El Cusco no necesita otro presidente que venga a tomarse fotografías, otro ministro que anuncie fechas ni otra autoridad que se atribuya méritos antes de tiempo. Necesita una obra terminada, segura, operativa y capaz de producir beneficios reales para su población.
Porque el verdadero engaño sería acostumbrarnos a que transcurran décadas, se multipliquen los costos y nadie responda.
Chinchero debe dejar de ser una promesa eterna. El desarrollo no se anuncia: se demuestra. Y cuando se administra el dinero de todos, también se rinden cuentas.

Eliane Karp pide a Keiko Fujimori una gracia para su esposo por motivos de salud.
La ex primera dama Eliane Karp hizo un llamado público a Keiko Fujimori para que se conceda una gracia a Alejandro Toledo, expresidente del Perú, y pueda cumplir su condena bajo arresto domiciliario debido a sus problemas cognitivos y de salud.
La petición genera contrastes políticos, pues Toledo fue un opositor al indulto de Alberto Fujimori, padre de Keiko, cuando este cumplía condena por delitos de corrupción y violaciones a los derechos humanos.
Hoy, la familia Toledo apela a la consideración de quien representa a una de las principales fuerzas políticas rivales. Una escena que vuelve a evidenciar los giros y contradicciones de la política peruana.
En política, las posiciones pueden cambiar con el tiempo; los principios, sin embargo, deberían mantenerse.

La intervención quirúrgica y la hospitalización del Santo Padre generan incertidumbre sobre su viaje apostólico previsto para noviembre. El Vaticano aún no ha anunciado cambios oficiales en el programa.
La salud del papa León XIV genera expectativa entre los fieles católicos, luego de que se conociera que será sometido a una operación para extirpar un nódulo pulmonar detectado en una fase temprana.
Según la información difundida, el pontífice permanecería aproximadamente una semana hospitalizado en el hospital Gemelli de Roma. No obstante, todavía no se ha informado públicamente el resultado definitivo del diagnóstico.
La noticia ha despertado interrogantes sobre su próxima visita apostólica al Perú, prevista del 11 al 17 de noviembre de 2026, que contempla una esperada visita al Cusco el día 15 de noviembre.
Hasta el momento, la Santa Sede no ha anunciado oficialmente la cancelación ni la postergación del viaje. Sin embargo, la recuperación del papa y las recomendaciones de su equipo médico serán determinantes para establecer si podrá cumplir con las actividades programadas.
La posible llegada de León XIV al Cusco representa un acontecimiento de especial expectativa para los fieles de la región, que esperan recibir al pontífice en una visita de trascendencia religiosa y cultural.
Por ahora, corresponde esperar los próximos comunicados oficiales del Vaticano. Mientras tanto, miles de fieles mantienen la esperanza de que el Santo Padre tenga una recuperación favorable y pueda concretar su encuentro con el pueblo peruano.
La pregunta sigue abierta: ¿llegará el papa León XIV al Perú y al Cusco en noviembre? Por ahora, la visita continúa en agenda, pero su realización dependerá de la evolución de su estado de salud.

¿Los partidos políticos evalúan la trayectoria y los antecedentes de sus postulantes… o simplemente el tamaño de sus billeteras?
Hay una costumbre que se ha vuelto peligrosamente peruana: indignarnos cuando estalla el escándalo, pero guardar silencio cuando se confeccionan las listas de candidatos.
Hoy volvemos a mirar con vergüenza al Congreso por la detención de un parlamentario investigado tras una denuncia por presunta violencia contra una mujer. La justicia tendrá que determinar responsabilidades y la presunción de inocencia debe respetarse. Pero hay una responsabilidad que no corresponde a los jueces. Esa responsabilidad tiene nombre: los partidos políticos.
Porque un candidato no aparece por generación espontánea. Alguien lo buscó, alguien lo entrevistó —o quizá ni eso—, alguien lo incorporó a una lista y alguien recorrió pueblos y ciudades pidiendo el voto por él. Eso no es un accidente; es una decisión política.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué revisan realmente los partidos antes de entregar una candidatura? ¿La hoja de vida? ¿Los antecedentes? ¿La conducta? ¿El equilibrio emocional? ¿La trayectoria? ¿O basta con tener dinero, popularidad, influencia o capacidad para financiar una campaña?
Durante años hemos escuchado discursos grandilocuentes sobre la defensa de la mujer, la lucha contra la corrupción, la justicia social y la renovación de la política. Palabras correctas. Discursos impecables. Pero cuando llega el momento de seleccionar candidatos, esos principios parecen perder la elección frente al pragmatismo.
La política no puede seguir funcionando como una agencia de colocaciones ni como una franquicia electoral. Un partido serio no solo organiza campañas; forma líderes, verifica trayectorias y responde por las personas que presenta ante el país. Si no es capaz de hacerlo, deja de cumplir una de sus funciones más importantes en una democracia.
Y aquí conviene decir algo que muchas veces se evita. Cuando una autoridad elegida protagoniza un escándalo de esta naturaleza, el problema no termina en esa persona. También alcanza a quienes la promovieron, a quienes la defendieron y a quienes garantizaron ante la ciudadanía que era la persona indicada para ejercer un cargo público.
Los partidos no pueden aparecer únicamente para celebrar una victoria y desaparecer cuando llega la vergüenza. La responsabilidad política no prescribe con un comunicado de prensa ni se lava con un deslinde de último minuto.
El Perú necesita una reforma electoral, sí. Pero necesita, sobre todo, una reforma moral dentro de los partidos políticos. Porque ninguna ley podrá reemplazar lo que debería ser una obligación elemental: seleccionar a mujeres y hombres cuya conducta sea coherente con el enorme poder que el voto les entrega.
La próxima vez que un partido toque nuestra puerta para pedirnos confianza, no bastará con escuchar sus promesas. Habrá que hacer una pregunta mucho más sencilla y mucho más incómoda:
¿Qué hicieron ustedes para demostrar que el candidato que hoy nos presentan merece representar al Perú?
Porque, al final, el problema no es solo por quién votamos.
El verdadero problema es quiénes nos ponen delante para elegir.




