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Las leyes suelen revelar más de quienes las promueven que de quienes dicen proteger. Mientras el Congreso debate ampliar el fuero militar-policial, el país enfrenta una pregunta crucial: cómo respaldar a quienes combaten el crimen sin debilitar los controles democráticos que impiden la impunidad y garantizan que nadie esté por encima de la ley.

Mientras el Perú se desangra entre extorsiones, sicariato, secuestros y un crimen organizado que parece haber tomado más de una ciudad, el Congreso vuelve a colocar sobre la mesa un viejo debate: la ampliación del fuero militar-policial para juzgar a miembros de las Fuerzas Armadas y la Policía.

Los defensores de la norma sostienen que policías y militares necesitan protección jurídica para actuar con firmeza frente a la delincuencia. Y tienen razón en una cosa: ningún país puede derrotar al crimen si quienes deben enfrentarlo actúan con miedo a terminar procesados por cumplir su deber.

Pero una democracia madura no se construye únicamente protegiendo a quienes portan un uniforme. También se construye garantizando que el poder del Estado tenga límites y controles.

El problema de esta discusión es que se ha planteado como una falsa elección: o apoyas a la Policía y a las Fuerzas Armadas, o apoyas los derechos humanos. Esa es una trampa intelectual.

Los derechos humanos no existen para proteger delincuentes; existen para proteger ciudadanos frente a posibles abusos del poder. Y el Estado, precisamente porque tiene armas, autoridad y capacidad de coerción, debe estar sometido a estándares más altos de vigilancia y responsabilidad.

La historia peruana debería bastar para entenderlo. Nuestro país ha conocido tanto el terrorismo criminal como los excesos cometidos desde el propio aparato estatal. Negar cualquiera de esas dos realidades es una forma de deshonestidad política.

Por eso la pregunta no es si debemos respaldar a policías y militares. La pregunta es quién debe investigar y juzgar cuando existen sospechas de que se ha cruzado la línea entre el uso legítimo de la fuerza y el abuso de poder.

Los promotores de la reforma argumentan que los jueces militares comprenden mejor la naturaleza de las operaciones de seguridad. Puede ser cierto. Sin embargo, también es cierto que toda justicia especial corre el riesgo de convertirse en una justicia menos independiente cuando debe examinar conductas de quienes pertenecen a la misma estructura institucional.

Y ahí aparece el principal peligro: que una norma concebida para proteger a quienes actúan correctamente termine siendo utilizada por quienes no lo hicieron.

Las leyes no se diseñan para los casos ideales. Se diseñan para prevenir los peores escenarios.

El Perú necesita policías respaldados, equipados, capacitados y protegidos. Pero también necesita que ningún ciudadano tenga motivos para pensar que existen peruanos con privilegios frente a la ley.

Porque cuando la ciudadanía percibe que algunos son juzgados por tribunales distintos, la confianza en la justicia comienza a erosionarse. Y cuando la confianza en la justicia se derrumba, también se debilita la legitimidad de las instituciones que deberían defenderla.

La seguridad no puede construirse sobre la impunidad. Pero tampoco puede construirse sobre el abandono de quienes enfrentan a la criminalidad.

El desafío consiste en encontrar el equilibrio. Lo preocupante es que el Congreso parece más interesado en ganar una batalla política e ideológica que en resolver ese dilema de fondo.

Más aún, la controversia no surge en cualquier momento. Surge en un país donde la confianza ciudadana en las instituciones se encuentra entre las más bajas de las últimas décadas, donde la impunidad es una de las principales preocupaciones de la población y donde buena parte de la clase política arrastra cuestionamientos éticos, judiciales y de credibilidad.

Por eso muchos ciudadanos se preguntan si esta reforma responde realmente a una necesidad operativa de las fuerzas del orden o si forma parte de una tendencia más amplia orientada a reducir los mecanismos de control y fiscalización del poder.

Mientras tanto, los peruanos siguen enterrando víctimas de la delincuencia, pagando cupos a extorsionadores, cerrando negocios por amenazas y viviendo con miedo. Una vez más, la clase política discute quién tendrá más poder, cuando la verdadera urgencia es cómo devolverle seguridad y confianza a la población.

Una democracia fuerte no es aquella donde los uniformados están por encima de la ley. Tampoco es aquella donde los uniformados son abandonados a su suerte. Una democracia fuerte es aquella donde nadie está por encima de la ley y donde quienes la hacen cumplir reciben el respaldo que merecen.

Todo lo demás son discursos. Y el Perú ya ha escuchado demasiados.

Mientras el Perú real sangra por la delincuencia, el Perú politiquero sigue peleando por el poder. El gran olvidado continúa siendo el ciudadano de a pie.

La noticia de hoy vuelve a poner sobre la mesa la pregunta más incómoda de la política peruana: ¿qué tan desconectados están nuestros dirigentes de los problemas reales del país?

Mientras candidatos, partidos y operadores políticos dedican horas a disputas electorales, impugnaciones, estrategias de campaña y cálculos de poder, millones de peruanos enfrentan una realidad mucho más urgente: trabajar sin ser extorsionados y volver vivos a casa.

Las cifras deberían encender todas las alarmas. Durante el 2025 se registraron más de 25 mil denuncias por extorsión y alrededor de 2,451 homicidios a nivel nacional, equivalente a casi siete asesinatos por día. Además, los homicidios crecieron respecto a los años anteriores, evidenciando que la violencia criminal sigue siendo uno de los mayores desafíos del país.

Más allá de los debates estadísticos sobre aumentos o reducciones temporales, existe una realidad que ningún peruano necesita que le expliquen: la extorsión ha dejado de ser un delito aislado para convertirse en un problema estructural que afecta al transporte, al comercio, a los pequeños emprendedores e incluso a sectores culturales y artísticos. Diversos reportes muestran que las denuncias por extorsión se han multiplicado varias veces en los últimos años y que la presencia del crimen organizado se ha expandido en distintas regiones del país.

Sin embargo, la inseguridad rara vez ocupa el lugar central que merece en el debate político. Se habla más de quién ganará una elección que de cómo recuperar las calles. Se discute más sobre alianzas partidarias que sobre inteligencia policial. Se invierte más energía en la confrontación política que en la construcción de una estrategia nacional contra el crimen organizado.

La consecuencia es evidente: mientras la política sigue concentrada en la conquista del poder, la ciudadanía percibe que el Estado pierde terreno frente a organizaciones criminales cada vez más violentas y mejor organizadas.

El Perú no necesita más campañas permanentes. Necesita liderazgo. Necesita instituciones capaces de enfrentar a quienes han convertido el miedo en un negocio. Necesita gobernantes que comprendan que la seguridad no es un tema más de la agenda pública, sino la condición básica para que exista libertad, inversión, trabajo y desarrollo.

Porque cuando un comerciante paga cupos para sobrevivir, cuando un transportista trabaja bajo amenaza o cuando una familia teme que un ser querido sea la próxima víctima, el problema ya no es solamente policial. Es un fracaso político.

Y ese fracaso no distingue colores, partidos ni ideologías. Termina golpeando, como siempre, al peruano de a pie.

La pregunta final seria y ¿Dónde están los candidatos que dicen amar a sus pueblo y solo aparecen en campañas electorales y cada vez por partidos diferentes?

la xcosas por su nombre y Sin Mordaza.

Por estos días, el Perú parece dividido entre dos países. Uno es el país real: el de los transportistas asesinados por negarse a pagar cupos, el de los emprendedores extorsionados, el de las familias que viven detrás de rejas, cámaras y alambres de púas. El otro es el país de los candidatos: un Perú imaginario donde los problemas parecen resolverse con frases de campaña, promesas genéricas y ataques al adversario.

Las cifras son brutales. En 2025 el Perú registró más de 25.000 denuncias por extorsión y alrededor de 2.400 homicidios. Es decir, casi siete asesinatos diarios. Durante el primer trimestre de 2026 ya se habían reportado más de 194.000 delitos, 504 homicidios y cerca de 4.000 denuncias por extorsión. No estamos hablando de percepciones ni de sensaciones; estamos hablando de una emergencia nacional documentada por las propias estadísticas.

Sin embargo, al observar el debate entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, surge una pregunta inevitable: ¿están realmente conscientes de la magnitud del problema? Ambos dedicaron tiempo a confrontaciones políticas, ajustes de cuentas ideológicos y acusaciones mutuas, mientras el país esperaba explicaciones concretas sobre cómo derrotar al crimen organizado que hoy desafía abiertamente al Estado.

Es cierto que ambos mencionaron propuestas de seguridad. Keiko Fujimori habló de un Plan Nacional de Pacificación, de militares y policías en el transporte público, fortalecimiento de inteligencia y control fronterizo. Roberto Sánchez planteó depurar instituciones y derogar normas que considera favorables al crimen.

Pero el problema no es la ausencia de propuestas; el problema es la ausencia de profundidad.

El Perú no enfrenta una delincuencia común. Enfrenta organizaciones criminales que manejan millones de soles, infiltran instituciones, financian economías ilegales y ejercen control territorial en diversas zonas del país, además de existir denuncias a policías como integrantes de bandas criminales . Frente a ello, los ciudadanos escucharon anuncios, pero no una explicación convincente sobre cómo recuperar la autoridad del Estado en los próximos cinco años.

La pregunta central sigue sin respuesta:

¿Cómo piensan reducir las extorsiones?

¿Cómo piensan desarticular las redes de sicariato?

¿Cómo piensan evitar que miles de jóvenes sigan siendo reclutados por bandas criminales?

¿Cómo piensan recuperar una Policía cuestionada por corrupción y falta de recursos?

Porque gobernar no consiste en describir el problema. Consiste en demostrar que existe la capacidad de resolverlo.

La tragedia peruana es que mientras la política sigue atrapada en los fantasmas del pasado, la criminalidad ya está construyendo su futuro. Y ese futuro se escribe con sangre, miedo y silencio.

Quizá la reflexión más dura para estas elecciones sea que millones de peruanos no están votando por esperanza. Están votando por temor. Temor a que gane uno. Temor a que gane el otro. Temor a que nada cambie.

Por eso el ciudadano responsable no debe votar con fanatismo. Debe votar con vigilancia. Debe entender que ningún candidato merece un cheque en blanco. Porque los datos son demasiado graves para seguir creyendo en discursos vacíos.

Mientras Keiko Fujimori y Roberto Sánchez disputan la Presidencia, el Perú real sigue esperando algo mucho más importante que un ganador electoral: sigue esperando un gobernante capaz de devolverle la tranquilidad.

Y hasta ahora, ninguno ha explicado con suficiente claridad cómo piensa hacerlo.

Y eso es lo mas preocupante y hay que decirlo Sin Mordaza alguna, Cuando una nación comienza a normalizar siete asesinatos por día y decenas de miles de extorsiones al año, la pregunta ya no es quién ganará las elecciones. La pregunta es si el Estado está ganando la batalla contra el crimen. Y hoy, lamentablemente, la respuesta parece ser no.

Hay algo más triste que un mal debate: un debate que confirma que ya no esperamos nada de él. El último espectáculo electoral no fue un intercambio de ideas, fue una coreografía de supervivencia. Nadie fue a explicar el país; fueron a no equivocarse en vivo. Y en ese cálculo pequeño, el Perú volvió a empequeñecerse.

Las cifras —aunque referenciales— ayudan a desnudar la escena. Más del 40% del electorado llega indeciso a pocas semanas de votar; en elecciones anteriores era 27% y antes 18%. No es volatilidad saludable: es desconfianza acumulada. Cuando el ciudadano no decide, no es porque esté pensando más, sino porque cree menos. Y el debate, lejos de ordenar, confirma el vacío.

El formato es cómplice. Bloques de 60 a 90 segundos para responder problemas estructurales de décadas. Preguntas amplias, respuestas en cápsulas, cero repreguntas incisivas. Con ese diseño, explicar es perder y simplificar es ganar. No hay espacio para decir cómo destrabar inversión sin capturar el Estado, ni cómo reducir el precio de los combustibles sin mentirle al mercado. Resultado: placebo económico. Mucha “reactivación”, poco mecanismo; mucho “emprendedor”, cero política pública.

En seguridad, la estadística real golpea más fuerte que cualquier eslogan. En los últimos años, la percepción de inseguridad urbana supera el 80% en varias ciudades, mientras la tasa de denuncias crece y la capacidad de investigación no acompaña. ¿Qué ofrecieron? “Mano dura”. Como si la criminalidad fuera un interruptor moral. Nadie se quedó a explicar la cadena completa: policía con déficit de formación y logística, fiscalías saturadas, Poder Judicial sin recursos, inteligencia fragmentada. Reconstruir eso toma años; decir “mano dura” toma segundos. El debate eligió lo segundo.

La corrupción fue el momento de teatro moral. Indignación de utilería y promesas de limpieza sin tocar las tuberías. Sin embargo, los números son obstinados: el país pierde miles de millones de soles al año por corrupción e inconducta funcional (estimaciones de la Contraloría). ¿Escuchamos propuestas sobre financiamiento de campañas, compras públicas con trazabilidad, servicio civil meritocrático? No. Se habló de castigos, no de sistemas. De escarmiento, no de prevención. Es decir, de titulares, no de Estado.

Y luego está el tono: más hábiles para el agravio que para el argumento. Interrupciones, ironías de colegio, frases diseñadas para el clip de 15 segundos. Según recuentos preliminares de monitoreo mediático, una porción significativa del tiempo efectivo se fue en ataques personales y descalificaciones, no en propuestas verificables. La política convertida en ring: ruido que reemplaza a la razón.

Pero no nos engañemos: el problema no es solo el escenario, son los actores. Candidatos sin equipos técnicos robustos, planes de gobierno que son PDFs decorativos, asesores que dominan el focus group pero no el presupuesto público. La campaña es permanente; el gobierno, un accidente posterior. Y cuando llega, llega sin manual.

También hay responsabilidad en la conducción. Un debate sin repreguntas obligatorias, sin derecho a contradicción en tiempo real y sin penalización por evasión es una invitación al vacío. Moderar no es repartir turnos; es exigir respuestas. Si alguien promete bajar combustibles, que diga cómo: ¿subsidio focalizado?, ¿reducción temporal de impuestos?, ¿costo fiscal?, ¿plazo? Si habla de seguridad, que detalle metas, presupuesto, cronograma. Si no puede, que el silencio le cueste.

Al final, el debate no ordenó ideas: ordenó percepciones. Ganó el que no titubeó, el que sonrió mejor, el que clavó la frase exportable al titular. Y el país, otra vez, quedó atrapado entre la retórica y el vacío.

El Perú no necesita candidatos que hablen bonito; necesita candidatos que expliquen, sustenten y se hagan cargo. Lo demás es utilería democrática: luces, cámaras… y una ciudadanía que empieza a sospechar que la función se repite porque nadie se atreve a cambiar el libreto.

Cada vez que ocurre un derrame en el sistema de Camisea, la reacción oficial suele repetirse como un libreto burocrático: la empresa anuncia investigaciones internas, el Estado promete supervisión y, con suerte, meses después aparece alguna multa administrativa. El gas sigue fluyendo, las exportaciones continúan y el país vuelve a mirar hacia otro lado. Pero hay una pregunta que casi nunca se formula con la contundencia que merece: ¿quién compensa realmente al Perú cuando se daña su patrimonio energético?

El Proyecto Camisea fue presentado como la gran promesa de soberanía energética del país. Se dijo que el gas abarataría la energía, fortalecería la economía y beneficiaría directamente a los peruanos. Dos décadas después, el balance invita a una mirada menos complaciente. Camisea produce enormes volúmenes de energía y genera millonarios ingresos, pero cada incidente —cada fuga, cada derrame, cada contingencia en el ducto— deja al descubierto una realidad incómoda: el Estado peruano sigue siendo un administrador débil de su propia riqueza natural.

Cuando ocurre un derrame, el debate suele reducirse a compensaciones locales: reparación ambiental, indemnizaciones a comunidades cercanas o sanciones administrativas. Todo eso es necesario. Pero la discusión queda corta. El gas de Camisea no es propiedad de un consorcio ni de una empresa privada; pertenece a la nación. Y cuando ese recurso se pierde, se contamina o se administra sin la debida responsabilidad, el daño no es únicamente ambiental: es también económico y nacional.

Porque el impacto no termina en la selva ni en el punto exacto del incidente. Sus efectos alcanzan a miles de ciudadanos que, lejos del ducto, sienten otra consecuencia: el aumento del costo de los combustibles y de la energía. En un país donde el transporte, la producción agrícola, la industria y la economía familiar dependen del precio de los carburantes, cualquier alteración en la cadena energética termina golpeando el bolsillo del ciudadano común.

Cada alza en los combustibles se traduce en pasajes más caros, alimentos más costosos y mayores gastos para pequeños transportistas, comerciantes y trabajadores independientes. Es decir, una cadena silenciosa de perjuicios económicos que termina pagando el peruano de a pie, el mismo que nunca participó en la negociación de los contratos ni en las decisiones estratégicas sobre los recursos del país.

Ahí está la paradoja peruana: un país productor de gas natural donde la energía sigue siendo cara para millones de ciudadanos.

El problema de fondo es la asimetría entre el poder económico de los grandes proyectos extractivos y la fragilidad institucional del Estado. Mientras las empresas operan con contratos blindados y equipos legales internacionales, el Estado responde con regulaciones tardías, fiscalizaciones débiles y sanciones que muchas veces terminan siendo apenas un costo menor dentro del balance corporativo.

Por eso el debate sobre compensaciones debería ampliarse. No basta con reparar el área afectada o pagar indemnizaciones puntuales. Cuando un recurso estratégico sufre pérdidas, interrupciones o impactos ambientales que terminan afectando la economía nacional, el país tiene derecho a exigir responsabilidades proporcionales al valor de ese recurso.

No se trata de oponerse a la inversión privada ni de negar la importancia del gas en la economía. Se trata de recordar algo elemental que muchas veces parece olvidarse en la política peruana: los recursos naturales pertenecen al país, no a los contratos ni a las coyunturas políticas.

Si el gas se fuga, si el ecosistema se deteriora y si además los ciudadanos terminan pagando combustibles más caros, entonces el problema no es solo ambiental ni técnico. Es también un problema de justicia económica.

Porque al final, la escena se repite con una obstinación casi cínica: el recurso es nacional, el negocio es gigantesco, pero el costo —directo o indirecto— termina cayendo sobre el ciudadano común.

Y en un país donde la riqueza natural convive con una institucionalidad frágil, esa ecuación suele resolverse siempre de la misma manera: la renta se concentra arriba y las consecuencias se reparten abajo. Una fórmula conocida, demasiado conocida, en la historia política del Perú.

Hay una tragedia silenciosa en la política peruana: no es solo la corrupción, es la mediocridad. No es solo el robo, es la improvisación. Vivimos en tiempos donde el poder se reparte entre incapaces y denunciados; entre operadores astutos y funcionarios que aprenden en el cargo lo que debieron saber antes de asumirlo.

Y mientras tanto, los capaces y honestos siguen en pausa.

El debate público gira en torno a cuotas ideológicas, lealtades partidarias y venganzas políticas. Se cuestiona si un premier es de derecha o de izquierda, pero rara vez se discute si es competente. Se exige pureza doctrinaria, pero no se exige hoja de vida impecable. La vara moral cambia según el color del nombramiento, los funcionarios son elegidos por los que hicieron campaña así estos no estén preparados o no sean honestos, lamentable pero cierto.

Cuando gobierna la derecha, convoca a los suyos —aunque estén cuestionados o denunciados— en nombre de la gobernabilidad.
Cuando gobierna la izquierda, hace lo mismo —aunque no tengan capacidad o experiencia— en nombre del cambio.

El resultado es el mismo: un Estado ineficiente y debilitado.

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, más del 70% del empleo en el país es informal. La pobreza se mantiene cerca del 29%. La inseguridad golpea con particular crudeza al sur andino. Y, sin embargo, la discusión política sigue atrapada en la lógica del botín.

El Congreso de la República arrastra niveles de desaprobación que superan el 80% en diversas mediciones. Los partidos políticos son las instituciones con menor credibilidad. Y aun así actúan como si representaran reservas morales incuestionables.

La pregunta es incómoda:
¿Dónde están los profesionales con experiencia probada, trayectoria limpia y vocación pública?

No están en las listas de funcionarios. No encabezan ministerios. No lideran reformas. Permanecen al margen, desplazados por la lógica del cálculo político o la militancia ciega.

En el Perú se ha normalizado algo peligroso: que la política sea un espacio donde la capacidad es secundaria y la honestidad negociable. Se tolera al ineficiente si es leal. Se justifica al cuestionado si es útil. Se relativiza la ética si garantiza votos.

Pero ningún país se desarrolla con cuadros improvisados.
Ninguna democracia se fortalece con funcionarios investigados.
Ningún Estado se moderniza con ministros que aprenden a gobernar sobre la marcha.
Y para que sea mas objetivo y real, solo veamos las cárceles del Perú llenas de tantas exautoridades, todos por actos de corrupción.

Entonces la crisis no es solo institucional. Es cultural. Hemos reducido la exigencia pública. Hemos aceptado que “todos roban” o que “nadie está preparado”. Esa resignación es el verdadero triunfo de la corrupción y la mediocridad.

Y entonces la pregunta final, para quienes aún creen en la República, es inevitable:

¿Cuándo dejaremos de elegir entre el ladrón hábil y el incapaz bien intencionado, y empezaremos a exigir al competente íntegro?

Porque mientras no cambiemos ese estándar, los capaces y honestos seguirán esperando.
Y el país seguirá pagando.
las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

El Perú no está simplemente dividido: está capturado. Capturado por una clase política que convierte cada crisis en oportunidad de cálculo y por un ecosistema mediático que, demasiadas veces, editorializa según conveniencia empresarial antes que por vocación de servicio público.

Hoy el país vuelve a tener un presidente bajo denuncias serias. No son rumores de sobremesa ni especulaciones de redes: son cuestionamientos que deben investigarse con rigor, independencia y celeridad. La experiencia reciente obliga a no minimizar nada. En las últimas dos décadas, cuatro expresidentes peruanos han sido investigados por corrupción. Desde Pedro Pablo Kuczynski hasta Pedro Castillo, pasando por procesos que alcanzaron a exmandatarios anteriores, el patrón no es anecdótico: es estructural.

Pero el otro lado del problema es igual de corrosivo.

Frente a cada nuevo gobierno, la oposición no parece preguntarse cómo garantizar estabilidad con fiscalización firme, sino cómo acelerar el desgaste. No se debate programa contra programa; se calcula escenario contra escenario. No se piensa en reformas; se piensa en correlación de fuerzas. La vacancia dejó de ser mecanismo constitucional excepcional y se convirtió en amenaza latente.

El resultado es un país que ha tenido seis presidentes en menos de cinco años y ocho en una década. Ninguna economía seria prospera con ese nivel de volatilidad política. La inversión se retrae, el crecimiento se desacelera y la incertidumbre se convierte en política de Estado.

Mientras tanto, el ciudadano sobrevive.

Según el Latinobarómetro, la confianza en el Congreso y en los partidos políticos en el Perú suele ubicarse por debajo del 15%. La desaprobación parlamentaria ha superado en distintos momentos el 80%. Es decir, quienes se disputan el poder lo hacen desde una legitimidad social profundamente erosionada. Y aun así, actúan como si el país fuera una pieza de ajedrez y no una comunidad exhausta.

¿Y los medios?

Los medios deberían ser contrapeso, vigilancia, incomodidad permanente frente al poder. Pero una parte significativa del ecosistema mediático ha optado por la alineación estratégica: suaviza cuando conviene, amplifica cuando interesa, calla cuando incomoda a sus propios vínculos. No todos, por supuesto. Pero los suficientes como para que la ciudadanía perciba que la independencia editorial también está bajo sospecha.

En este escenario, el Perú no discute un proyecto nacional. Discute cuotas.

El Ejecutivo se defiende.
La oposición calcula.
Los medios negocian relevancia e influencia.

¿Y el país? El país espera.

Es imposible construir estabilidad cuando la política funciona como mercado de intereses y no como sistema de responsabilidades. Es imposible hablar de gobernabilidad cuando la denuncia se usa como arma selectiva y no como principio ético. Es imposible pedir sacrificios a la ciudadanía cuando quienes dirigen el debate público no sacrifican nada propio.

La democracia no muere solo por golpes abruptos. También se desgasta por cinismo acumulado.

El Perú no necesita unanimidad ni pactos de impunidad. Necesita reglas claras, investigaciones sin blindajes, oposición con vocación de Estado y medios que incomoden al poder aunque eso afecte relaciones comerciales.

De lo contrario, seguiremos atrapados en el mismo ciclo: presidentes cuestionados, oposiciones oportunistas, medios acomodaticios… y una ciudadanía cada vez más distante.

Un país secuestrado no colapsa de inmediato.
Primero se acostumbra.

Y eso, quizá, es lo más peligroso de todo.

Ocho presidentes en diez años. La cifra no es una curiosidad estadística: es la radiografía de una república fatigada. Desde 2016 hasta hoy, el país ha transitado por los despachos de Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y ahora José María Balcázar. Un promedio de quince meses por mandato. Un vértigo impropio de cualquier democracia que aspire a algo más que sobrevivir.

Pero el problema no es solo la rotación. Es el contexto que la acompaña. La mayoría de estos jefes de Estado terminó con investigaciones fiscales abiertas, procesos judiciales en curso, inhabilitaciones o salidas forzadas en medio de escándalos. En menos de una década, el Perú vio a expresidentes con prisión preventiva, acusaciones por corrupción, procesos por rebelión y cuestionamientos por decisiones adoptadas en medio de protestas sociales. La política dejó de debatirse en términos de programa y gestión para instalarse en el terreno penal. Gobernar se volvió sinónimo de defenderse.

La institucionalidad en desgaste

La confrontación entre Ejecutivo y Legislativo ya no es excepción: es método. Vacancias convertidas en amenaza permanente, censuras ministeriales como herramienta de presión, acusaciones constitucionales activadas según conveniencia. La desaprobación presidencial superó reiteradamente el 70%, mientras la confianza en el Congreso se mantuvo en niveles históricamente bajos.

El resultado es un Estado que transmite provisionalidad incluso cuando no está formalmente en transición. Cada presidente asume con fecha de caducidad implícita; cada gabinete nace bajo sospecha. La democracia no ha colapsado, pero vive sitiada por la desconfianza.

El costo económico de la inestabilidad

Hubo un tiempo en que el Perú era citado como ejemplo de estabilidad macroeconómica en Sudamérica. Hoy, tras el rebote pospandemia, el crecimiento se desaceleró con fuerza e incluso registró contracciones recientes. La inversión privada —en minería e infraestructura— mostró retrocesos en varios trimestres consecutivos. Proyectos estratégicos quedaron entrampados entre conflictos sociales y un entorno político imprevisible.

Las agencias calificadoras advirtieron que la incertidumbre institucional impacta directamente en la confianza y en el riesgo país. La ecuación es simple: sin estabilidad política no hay previsibilidad económica. Y sin previsibilidad, la inversión espera… o se va.

La democracia sitiada por sus propios socios

Reducir la crisis a la debilidad de los presidentes sería cómodo. Aquí hay responsabilidades compartidas. Pero también hay actores con peso específico en esta arquitectura de demolición. Desde el Congreso, Fuerza Popular y el bloque que orbita a su alrededor han sido protagonistas constantes de la confrontación.

No se trata de absolver a nadie. Se trata de nombrar dinámicas. La caída de Kuczynski no se explica sin el asedio parlamentario. La vacancia de Vizcarra prosperó con votos que privilegiaron aritmética antes que estabilidad. El breve interinato de Merino —respaldado mayoritariamente por el Congreso— terminó en protestas masivas y crisis institucional. Luego vinieron alianzas tácticas, distanciamientos calculados y recomposiciones según el clima político.

El patrón se repite: un Congreso que no gobierna, pero decide quién gobierna y cuánto dura. Cuando la estabilidad del país compite con la oportunidad política, la tentación de lo segundo suele imponerse.

Imagen internacional en entredicho

En foros y reportes de riesgo, el Perú ya no aparece como el alumno aplicado de la región. Ocho presidentes en diez años, seis con investigaciones fiscales abiertas, confrontación crónica entre poderes. El relato externo dejó de ser el del “milagro peruano” para convertirse en el de una democracia frágil atrapada en su propio diseño institucional.

¿Crisis coyuntural o crisis de sistema?

La llegada de Balcázar no inaugura la crisis; la continúa. El problema no es solo quién ocupa el despacho presidencial, sino el mecanismo que permite que la política se convierta en campo de batalla permanente y antesala judicial.

Ocho presidentes en diez años no son un accidente. Son síntoma de una arquitectura institucional desgastada, donde la legitimidad se erosiona más rápido que los mandatos y donde la supervivencia partidaria prima sobre la gobernabilidad.

El Perú enfrenta algo más profundo que una crisis de gobierno.

Enfrenta una crisis de confianza.

Y sin confianza —interna y externa— ningún país sostiene crecimiento, estabilidad ni futuro.

El Congreso soltó la carga cuando ya quemaba. No antes. No por escrúpulo. No por convicción. La salida de José Jeri no fue una epifanía institucional sino un acto reflejo de supervivencia.

Durante semanas —o los días que bastaron para que el desgaste hiciera mella— el Congreso de la República administró el silencio. Mientras el costo político fue tolerable, el interino fue defendido con tecnicismos y apelaciones vacías a la estabilidad. Pero cuando la presión pública empezó a trepar y el descrédito amenazó con salpicar más allá del despacho cuestionado, la lealtad se volvió inflamable.

Y entonces lo soltaron.

No es un hecho aislado. Es un patrón. Según encuestas nacionales de los últimos años, el Congreso peruano arrastra niveles de desaprobación que han oscilado entre el 80% y el 90%. Es, consistentemente, una de las instituciones con menor credibilidad del país. En ese contexto, cada escándalo no es un incidente: es gasolina sobre una estructura ya erosionada. El cálculo es simple: sostener a un funcionario cuestionado en medio de semejante fragilidad es políticamente suicida.

La ética no entró en la ecuación. Entró el miedo.

El respaldo decisivo de Fuerza Popular tampoco respondió a una súbita conversión moral. El fujimorismo —como otras fuerzas en el Parlamento— ha demostrado que su coherencia es estratégica: sostiene mientras conviene, se aparta cuando el incendio amenaza con propagarse. No hay sorpresa; hay método.

Lo más grave no es que Jeri haya dejado el cargo. Eso era lo mínimo exigible. Lo preocupante es que haya sido necesario el ruido externo para que el Parlamento actuara. En una democracia sólida, la responsabilidad precede al escándalo. Aquí, el escándalo es la condición previa de la responsabilidad.

Y mientras tanto, los candidatos presidenciales ensayan discursos solemnes sobre institucionalidad y reforma política. Hablan de “recuperar la confianza ciudadana” en un país donde, según diversas mediciones, más del 70% de peruanos declara no confiar en los partidos. Prometen limpieza desde tribunas que mañana podrían compartir con los mismos bloques que hoy cuestionan. La indignación, en campaña, es un recurso retórico; en el poder, suele volverse negociable.

El Congreso reaccionó. Sí. Pero reaccionó tarde y por conveniencia. No fue el decoro el que destituyó; fue la presión la que obligó.

Se fue uno. El mecanismo quedó intacto.

Y mientras el Parlamento actúe cuando quema y no cuando corresponde, la política peruana seguirá confundiendo dignidad con cálculo y responsabilidad con miedo.

En el Perú la memoria electoral dura menos que una campaña. Cada cinco años fingimos amnesia colectiva y volvemos a escuchar las mismas promesas con distinto afiche. Después, cuando la decepción se instala, repetimos el ritual: indignación, memes, olvido. Y otra vez a empezar.

Si algo deberíamos preguntarnos antes de marcar la cédula es esto: ¿a quiénes jamás deberíamos volver a premiar con el voto?

No hablamos de nombres. Hablamos de categorías morales y políticas.

1. Los que ya gobernaron mal y piden segunda oportunidad

En las últimas dos décadas, el Perú ha visto cómo seis expresidentes han sido investigados o procesados por corrupción. No es una anécdota: es un patrón histórico.

Cuando un gobernante tuvo presupuesto, mayoría o poder suficiente y dejó como saldo ineficiencia, escándalos o parálisis institucional, no estamos ante “errores humanos”, sino ante incapacidad estructural.

Reelegir a quien ya fracasó no es esperanza: es reincidencia.

El Congreso peruano ha alcanzado niveles de desaprobación que en distintos momentos han superado el 80% según encuestas nacionales. Aun así, muchos de sus integrantes buscan volver como si el rechazo ciudadano fuera un simple detalle estadístico.

Cuando la política se convierte en carrera vitalicia, el incentivo deja de ser servir y pasa a ser permanecer. Y el que solo piensa en quedarse termina legislando para su red, no para el país.

La experiencia es valiosa; el enquistamiento no.

3. Los improvisados sin preparación técnica

El Perú arrastra brechas estructurales graves:

Más del 70% de informalidad laboral.

Déficits históricos en salud y educación pública.

Ejecución presupuestal deficiente en gobiernos regionales y locales.

Frente a esa complejidad, hay candidatos que no pueden explicar cómo funciona el presupuesto público, qué competencias tiene cada nivel de gobierno o cómo se financia una promesa.

Gobernar no es improvisar. No es indignarse en televisión ni viralizar frases en redes. La ignorancia en el poder no es simpática: es costosa.

4. Los partidos con cultura de corrupción

Cuando una organización política presenta sistemáticamente candidatos investigados, condenados o cuestionados, el problema no es individual: es cultural.

La corrupción en el Perú le cuesta al país miles de millones de soles al año según estimaciones oficiales. Ese dinero no es abstracto: es infraestructura que no se construye, hospitales que no se equipan, escuelas que no se mejoran.

Votar por partidos que normalizan estas prácticas no es ingenuidad: es complicidad pasiva.

5. Los populistas fiscales

Cada elección trae ofertas imposibles: eliminación masiva de impuestos, subsidios generalizados, bonos permanentes sin reforma estructural.

Pero el déficit fiscal no se paga con aplausos. Se paga con inflación, recorte o deuda. Y quien promete sin explicar el costo real no está siendo solidario; está siendo irresponsable.

El populismo es barato en campaña y carísimo en gobierno.

6. Los que confunden política con espectáculo

Hay candidatos que creen que gobernar es polemizar, provocar o transmitir en vivo cada decisión. Pero el Estado no es un set de televisión.

La política seria exige método, equipo técnico, institucionalidad.
El show produce likes. La gestión produce resultados.

Y el Perú no necesita animadores. Necesita administradores competentes.

La responsabilidad del votante

El problema no es solo quién se postula. Es quién legitima.

Mientras el ciudadano premie:

La improvisación,

La reincidencia,

La corrupción normalizada,

El populismo fiscal,

seguiremos obteniendo los mismos resultados con distintos rostros.

La democracia no se degrada sola. Se degrada cuando el votante baja el estándar.

Antes de preguntar por quién votarás, pregúntate a quién jamás deberías volver a darle tu confianza.

Porque el voto no es un acto emocional.
Es un contrato moral con consecuencias históricas.

Y esta vez, el país ya no puede darse el lujo de firmar otro contrato fallido.

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