Política

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Que la Corte Suprema evalúe este lunes 24 de noviembre un impedimento de salida del país contra Dina Boluarte sería impensable hace apenas unos meses. No porque el caso no lo ameritara, sino porque la expresidenta había logrado instalarse en ese espacio privilegiado y tóxico donde muchos gobernantes se sienten a salvo del escrutinio judicial.

Hoy, sin embargo, la posibilidad de un veto migratorio la coloca en un terreno inédito: el de los intocables que empiezan a ser tocados. Y no porque el sistema de justicia haya despertado, sino porque como percibe gran parte de la población Boluarte dejó de ser útil para quienes sostenían su blindaje político.

La justicia que actúa cuando conviene

La Sala Penal Permanente revisará la apelación de la Fiscalía para imponerle un impedimento de salida por 18 meses. La narrativa oficial habla de legalidad, de equilibrio, de independencia judicial. Pero en la práctica, el calendario y la oportunidad política pesan más que cualquier tecnicismo jurídico.

Que el juez Checkley rechazara inicialmente la medida alegando falta de riesgo de fuga fue un capítulo más de un guion conocido. Que ahora la Fiscalía insista y la Corte Suprema reabra el debate responde, para muchos ciudadanos, no a un súbito rigor procesal, sino a un desgaste: cuando un personaje deja de servir al engranaje, el sistema deja de protegerlo.

Según encuestas recientes, más del 50% de peruanos identifica la corrupción como el principal problema del país, una cifra que demuestra no solo hartazgo social sino claridad diagnóstica: la política opera bajo incentivos de autopreservación, no de transparencia. La justicia, aunque formalmente independiente, se activa de manera selectiva, como si agradeciera o castigara según la temperatura política del día.

La exintocable en el banquillo simbólico

El caso Cirugías no es banal: involucra presuntas designaciones irregulares, contrataciones sospechosas y un pago acelerado de más de S/196 000 a un médico vinculado a los procedimientos estéticos de Boluarte. Si se tratara de un funcionario menor, probablemente ya estaría con restricciones hace meses. Pero Boluarte gozó de un aura de invulnerabilidad alimentada por su función y por una red política que prefería mantenerla firme al mando.

Hoy, ese blindaje parece resquebrajarse. El impedimento de salida si se aprueba no será un triunfo institucional sino un síntoma del cambio de etapa: la caída de un alfil al que ya no conviene proteger.

La ciudadanía lo percibe con claridad: la justicia no mejora; simplemente, los equilibrios cambian.

No es un acto de justicia, sino de reajuste

En un país donde el Índice de Percepción de la Corrupción sigue rodeando los 31 puntos, ubicando al Perú entre los peor evaluados de la región, cualquier gesto judicial importante despierta sospechas. No porque se espere que todo esté mal, sino porque la historia reciente enseña que las decisiones judiciales suelen alinearse con las coyunturas, no con los principios.

Para muchos ciudadanos, el posible impedimento de salida no representa un avance moral, sino una señal de que Boluarte ya no es funcional al tablero político. Su caída no se lee como justicia, sino como reorganización.

¿Cambio real o simplemente otro capítulo?

Si a Boluarte se le impone la restricción migratoria, será fácil celebrarlo como un acto de rigor democrático. Pero si queremos honestidad política, debemos admitir algo más incómodo: este episodio no prueba que el sistema de justicia funciona; prueba que funciona a veces, y solo cuando el poder deja de intervenir en su propio favor.

Boluarte puede enfrentar la justicia. Pero eso no significa que la justicia esté finalmente enfrentando al poder.

Conclusión: el riesgo histórico de confundir castigo con reforma

Este lunes podría marcar una ruptura simbólica: la primera vez que Boluarte deja de ser vista como una figura impermeable. Pero si el país aprende algo de este episodio, debería ser lo siguiente:
la impunidad solo se rompe cuando deja de convenir, no cuando llega la justicia.

La pregunta, entonces, no es si Boluarte será restringida. La pregunta es si, cuando surja el siguiente intocable, el sistema volverá a protegerlo… hasta que deje de servir. Y a Ud. ¿Qué le parece?, las cosas por su nombre y Sin Mordaza

Los partidos saben que el país los rechazará en las urnas. Por eso arman listas paralelas llenas de figuras populares sin trayectoria, destinadas a servir de escudo y señuelo para que las mismas cúpulas sigan mandando desde la sombra. Una maniobra tan descarada como predecible.

El Perú ya no vive una campaña electoral: vive una maniobra de supervivencia. El Congreso ese que hoy compite en impopularidad con la inflación, la inseguridad y el dengue ha encontrado la fórmula para intentar reencarnarse sin que el electorado lo note. Y el truco es viejo, pero cada vez más grotesco: sustituir la política con celebridades, reemplazar programas con coreografías, y disfrazar la reelección con rostros prestados que jamás han sostenido una idea pública más allá de un post de Instagram.

Los partidos tradicionales, conscientes de que su aprobación bordea el 6 % en algunas encuestas y que más del 85 % de la población afirma que “no votaría por ningún congresista actual”, han decidido no renovarse: han decidido camuflarse. Y lo hacen escondiendo a sus viejos cuadros detrás de una corte de influencers, futbolistas retirados, cantantes en declive y estrellas del espectáculo recicladas en aspirantes a legisladores.

La estrategia es transparente hasta el ridículo:
si la gente detesta a los congresistas, entonces que voten por sus mascotas.

Figuras conocidas, cerebros vacíos, propuestas inexistentes. Lo que importa no es que legislen; lo que importa es que sumen votos y distraigan. Mientras tanto, los verdaderos operadores políticos los mismos que hundieron al país en esta podredumbre institucional ocupan las posiciones estratégicas en la lista o esperan pacientemente tras bambalinas para controlar a los recién llegados como marionetas dóciles.

Lo que se nos quiere vender como “renovación” es, en realidad, una reelección por delegación, una continuidad maquillada. Una segunda lista para cuando la primera (los congresistas actuales) sea barrida por el rechazo popular. Y funciona porque apela al cansancio, a la apatía y a la ilusión de que “alguien conocido” hará un mejor trabajo. Basta recordar que en las últimas elecciones generales, más del 30 % del electorado peruano eligió candidato legislativo guiado por su fama mediática antes que por su hoja de vida. Las cifras no mienten: la superficialidad gana elecciones.

Los partidos lo saben. Y por eso ya no buscan profesionales, investigadores, defensores de causas públicas o representantes territoriales. Buscan seguidores, likes, engagement, presencia viral. Buscan votos fáciles, no políticos capaces. El Congreso del 2026, si nos descuidamos, será una mezcla grotesca entre reality show y directorio de agencias de publicidad.

Y mientras el espectáculo avanza, las cúpulas celebran. Porque nada garantiza mejor su permanencia en el poder que rodearse de personajes sin brújula, sin formación y sin criterio. Gente incapaz de fiscalizar, legislar o resistir presiones. Gente útil, maleable, intercambiable.

Esta no es solo una campaña electoral. Es un asalto preventivo. La reacción desesperada de una clase política que sabe que el pueblo está listo para castigarla. Como ya no pueden pedir la reelección directa porque sería un suicidio electoral, buscan la reelección encubierta, disfrazada, tercerizada.

El país merece algo más que esta burla. Pero el país también debe aprender a reconocerla. Porque detrás de cada rostro famoso con cerebro vacío que se nos presenta como candidato, hay un operador político con apetito viejo y poder intacto. Y si no entendemos esa ecuación, ellos no solo volverán. Volverán con nuestros votos.

Esta semana, el Perú volvió a exhibir su especialidad: producir escándalos que no son escándalos, porque ya nadie se sorprende. Vivimos en un país donde la indignación tiene la vida útil de un tuit y la clase política lo sabe. La impunidad ya no necesita esconderse: se pasea, se ríe y firma resoluciones.

Empecemos por Cusco, porque allí apareció la fotografía más honesta del Estado peruano.
En el penal de Qenqoro sí, ese mismo que debería ser un espacio de control y castigo los internos tenían acceso directo a la red wifi oficial del centro penitenciario. No es que se colara una señal cercana. No es que un guardia vendiera chips. No. Era la red institucional, la del propio penal, la del Estado.
Mientras afuera la gente se queja de que no le funciona ni el internet del celular, adentro los presos hacían videollamadas con una estabilidad que ya quisiera cualquier estudiante de colegio público.

Lo de Qenqoro no es un “hecho aislado”. Es un resumen del país: donde el Estado no controla ni lo que está encerrado.
Y luego se preguntan por qué más del 70% de peruanos dice sentirse inseguro. ¿Cómo no va a sentirse insegura la ciudadanía si la cárcel funciona mejor para las mafias que para la justicia?

Pasemos a Lima, donde el Congreso ese monumento a la decadencia republicana decidió darse un regalo navideño digno de reyes: casi 50 mil soles por navidad y año nuevo todo con el cuento de bonificaciones.
Lo gracioso o trágico es que esta institución, que se mantiene con una aprobación que flota entre 6% y 8%, vive como si hubiera resuelto los problemas de un país imaginario. El Parlamento peruano es hoy la institución más rechazada del continente, pero también la más cómoda, la más cara y, por supuesto, la más consentida por sí misma.

Este Congreso no legisla: se premia.
No fiscaliza: negocia.
No representa: se blinda.

Y entre blindaje y blindaje, un prófugo más: Óscar Acuña, desaparecido en tiempo récord, como si alguien le hubiera dado un calendario anticipado de allanamientos.
Aquí los prófugos no huyen: se les deja ir.
Más del 60% de los buscados con orden judicial logra evadir a la Policía. ¿Casualidad? No.
En un país donde APP, Perú Libre, Avanza País y el fujimorismo parecen pelearse solo para la cámara, pero se defienden entre bambalinas como una fraternidad de sobrevivientes, la fuga de Acuña era un trámite. Un trámite político.

Pero lo más grave no está en el Cusco ni en la avenida Abancay.
Lo más grave está en la arquitectura del poder.
Hoy el Perú es un país sin presidencia.
Un país donde cualquier jefe de Estado puede ser vacado con 87 votos y una excusa creativa, donde la “incapacidad moral” se convirtió en un arma y donde el Ejecutivo es un adorno constitucional, una silla vacía con rostro.

Seis presidentes en siete años.
Gobiernos que duran menos que un semestre universitario.
Y ahora, para consagrar el modelo, el Congreso quiere un Senado indisoluble.
Un Senado que no podrá cerrarse, aunque arrase con lo que queda de la democracia.
Un Senado que garantizará algo que la clase política anhela con desesperación: poder absoluto sin riesgo de consecuencias.

El Legislativo ya controla el Ejecutivo, el Tribunal Constitucional, el Ministerio Público y la Junta Nacional de Justicia.
Solo faltaba el broche de oro:
un Senado blindado.
Una república sin equilibrio, sin límites, sin frenos.
Una república que ya no es república.

Entonces, junte usted las piezas:
wifi oficial para presos,
bonos obscenos para congresistas,
prófugos avisados,
un presidente simbólico
y un Senado eterno.

Todo conduce al mismo diagnóstico:
el Perú está secuestrado por una élite política que funciona como un cartel institucional.
Una élite sin talento, sin escrúpulos y sin miedo.
Una élite que ha descubierto que, mientras el país esté cansado y resignado, puede hacer lo que quiera.

La presidencia no se perdió esta semana.
La perdimos hace tiempo.
Lo único nuevo es que ahora los verdaderos dueños del poder ya ni se preocupan por disimularlo.

Ese es el Perú real:
un país capturado por una clase política que ya ni se molesta en ocultar su impunidad.

Desde el 2021, el Congreso peruano ha sido el escenario de una arremetida legislativa que, bajo el discurso de “reformas judiciales”, ha terminado debilitando gravemente los instrumentos más eficaces contra la corrupción y el crimen organizado. Lo más indignante es que los mismos parlamentarios que impulsaron y votaron a favor de estas leyes “pro-crimen” hoy buscan reelegirse en el nuevo Congreso bicameral de 2026.
Una ironía política que roza el cinismo: los autores del retroceso legal pretenden ahora volver a escribir las reglas.


El desmantelamiento de la justicia

Con la Ley N° 31990, los congresistas redujeron el margen de acción de la Fiscalía al imponer plazos rígidos al proceso de colaboración eficaz. En la práctica, se limitó la posibilidad de investigar a redes criminales complejas. Esta norma fue promovida por Podemos Perú y respaldada por Perú Libre, Fuerza Popular, APP y Renovación Popular.

Waldemar Cerrón —hermano del prófugo Vladimir Cerrón— defendió la medida afirmando que buscaba evitar “abusos fiscales”. Pero el resultado fue otro: una herramienta menos para desarticular mafias.

Los congresistas Flavio Cruz, Kelly Portalatino y Segundo Montalvo acompañaron esta votación. Hoy, todos ellos buscan escaños en el nuevo Senado, bajo el mismo partido que ha normalizado el blindaje político como estrategia de supervivencia.


El golpe a la extinción de dominio

La Ley N° 32326, impulsada por el fujimorista Jorge Morante, bloquea la recuperación temprana de bienes ilícitos al exigir una sentencia firme para iniciar el proceso de extinción de dominio. Un retroceso de proporciones: el Estado ahora debe esperar años antes de confiscar activos del crimen organizado.

Entre los principales defensores están Ernesto Bustamante, Mery Infantes, Héctor Ventura, Arturo Alegría y María Zeta, todos hoy en plena campaña por mantenerse en el nuevo Congreso bicameral.

La pregunta se impone sola: ¿a quién beneficia legislar para hacer más difícil perseguir el dinero sucio?


El blindaje a los partidos políticos

La Ley N° 32054, presentada por Waldemar Cerrón (Perú Libre), exime a los partidos de sanciones penales por delitos cometidos a través de su estructura. Es decir, si un dirigente lava dinero o recibe aportes ilícitos, el partido puede lavarse las manos.
La ley, aprobada con 87 votos, contó con el respaldo de José Cueto (Renovación Popular), María del Carmen Alva (Acción Popular), Patricia Juárez (Fuerza Popular) y Adriana Tudela (Avanza País).

Todos ellos también han anunciado su intención de reelegirse. La impunidad, parece, se ha vuelto una carrera política de largo aliento.


La minería ilegal también tiene su ley

El Proyecto de Ley 06838/2023, transformado en la Ley N° 31989, debilitó la capacidad de la PNP para controlar la tenencia de explosivos en zonas de minería ilegal. Su autor: Jorge Marticorena, de Alianza Para el Progreso, acompañado por Lady Camones, Roberto Chiabra, José Elías, Magaly Ruiz y Eduardo Salhuana. Todos, curiosamente, con aspiraciones al Senado o la Cámara de Diputados.

Una ley que, en lugar de fortalecer la fiscalización de actividades extractivas ilegales, se convirtió en una concesión directa a los intereses mineros más oscuros del país.


La ofensiva final contra la Fiscalía

Las leyes 32130 y 32138, impulsadas por Fernando Rospigliosi, Patricia Chirinos y Eduardo Salhuana, entregaron a la Policía la conducción de las investigaciones preliminares, restando autonomía al Ministerio Público.
Según el propio Ministerio Público, estas normas debilitan la persecución penal y favorecen a las organizaciones criminales.

Aun así, todos sus autores figuran en las listas electorales del 2026. Y no sorprende: pocos lugares ofrecen más inmunidad que un escaño.


Los congresistas que votaron por leyes “pro-crimen”

Fuerza Popular: Ernesto Bustamante, Mery Infantes, Héctor Ventura, Fernando Rospigliosi, Patricia Chirinos, Arturo Alegría, Enrique Castillo, Víctor Flores, Tania Ramírez, María Zeta
Podemos Perú: José Luna Gálvez, José Arriola, Heidy Juárez, Guido Bellido
Perú Libre: Waldemar Cerrón, Flavio Cruz, Segundo Montalvo, Kelly Portalatino
Somos Perú: Jorge Morante, Héctor Valer, Alex Paredes
Alianza Para el Progreso (APP): Jorge Marticorena, Edith Julón, Lady Camones, Roberto Chiabra, José Elías, Nelcy Heidinger, Magaly Ruiz, Eduardo Salhuana
Otros: José Cueto (Renovación Popular), María del Carmen Alva (Acción Popular), Patricia Juárez (Fuerza Popular), Adriana Tudela (Avanza País), Alfredo Azurín, Norma Yarrow, José Williams


Conclusión: un Congreso que legisla para sí mismo

El patrón es claro: los mismos congresistas que debilitaron la justicia buscan hoy perpetuarse en el poder. Desde modificar la colaboración eficaz hasta blindar a los partidos y frenar la extinción de dominio, cada una de estas leyes responde a un interés compartido: la autoprotección política.

No se trata solo de impunidad legislativa; se trata de un sistema político que premia la desconfianza ciudadana y convierte el Congreso en una fortaleza de intereses particulares.

Si el próximo Congreso bicameral repite los mismos rostros, no será una renovación democrática, sino la institucionalización del blindaje.
Porque, como diría un viejo analista político: cuando los que hacen las leyes son los mismos que temen aplicarlas, el crimen no está afuera… está en el hemiciclo.

Un dictador dispuesto a salvar su pellejo mientras muchos venezolanos celebran la posibilidad de su salida

Venezuela sigue atrapada en el secuestro de un sistema corrupto que ha mantenido al país bajo control durante más de dos décadas. Miles de venezolanos han tenido que huir, dejando atrás hogares, trabajos y vidas enteras, víctimas de una dictadura que ha saqueado recursos y reprimido libertades.

Según un reportaje de The Atlantic, Nicolás Maduro estaría dispuesto a dejar el poder si Estados Unidos le garantiza amnistía, retiro de recompensas y exilio seguro para él y sus principales colaboradores. Fuentes cercanas al régimen aseguran que “todo está sobre la mesa” y que Maduro ya comunicó su postura directamente a Donald Trump, calificando de “falsas acusaciones” los señalamientos sobre narcotráfico y advirtiendo sobre los riesgos de un conflicto armado.

Mientras tanto, Washington despliega la mayor operación militar en el Caribe desde la crisis de los misiles de 1962, con portaaviones, buques de guerra y aviones listos. Aunque esta acción se presenta como lucha contra el narcotráfico, refleja también los intereses estratégicos y geopolíticos de EE.UU. en la región. La presión internacional y el despliegue militar ponen a Maduro contra la pared, forzando una negociación que podría terminar con su salida.

La situación plantea un escenario doble: el alivio de millones de venezolanos que esperan el fin de una dictadura que los ha llevado al éxodo, y la compleja realidad de un país aún sujeto a los intereses extranjeros, donde el poder, la geopolítica y los recursos se entrelazan. EE.UU. es aplaudido por intentar poner fin a la dictadura, pero no puede esconder que también busca demostrar su influencia y dominio en el continente.

Venezuela queda así en una encrucijada histórica: la posibilidad de liberarse de un régimen opresor mientras enfrenta las complejas dinámicas de poder internacional que condicionarán su futuro inmediato.

Hay semanas en que el Estado se quita la careta. Esta ha sido una de ellas. El Perú vuelve a ser testigo forzado y cómplice de una maquinaria de impunidad que no solo se perpetúa, sino que se reafirma con la frente en alto, como si humillar a la justicia fuera una muestra de buena salud democrática.

En un mismo puñado de días, el Tribunal Constitucional decidió desmantelar el Caso Cócteles el expediente penal más sólido y meticulosamente armado contra Keiko Fujimori, y el presidente del Congreso, Fernando Rospigliosi, tuvo la indecencia de llamar “terruco” a un joven asesinado durante una protesta social. Lo primero fue una absolución disfrazada de tecnicismo. Lo segundo, un insulto disfrazado de declaración institucional. En ambos casos, la misma lógica: blindar el poder, degradar al ciudadano.

Empecemos por el primero. El TC ha resuelto, con lenguaje aséptico y gestos de solemnidad jurídica, que el caso contra Fujimori no cumple los “requisitos mínimos” para ser juzgado. O sea: la Fiscalía, tras diez años de investigación, múltiples testigos protegidos, flujos de dinero no declarados y dos prisiones preventivas, no habría escrito con suficiente claridad su acusación. Qué conveniente. En un país donde miles están presos sin sentencia y donde la formalidad escrita se usa como trampa para demorar justicia, Keiko Fujimori recibe el raro privilegio de la anulación exprés.

No se engañe nadie: el TC no ha dicho que Keiko es inocente. Ha dicho algo más obsceno: que no vale la pena ni juzgarla. Que su proceso debe quedar, literalmente, en nada. Y lo han hecho con una sonrisa constitucional. La legalidad convertida en mampara de la injusticia.

Pero lo más ofensivo no es la decisión. Es el contexto. Fujimori no está sola. Nunca lo ha estado. Su impunidad es un proyecto compartido por varios partidos que con mayor o menor disimulo le han entregado el Congreso, la Junta Nacional de Justicia, el Tribunal Constitucional. Pueden tener nombres distintos, pero comparten ADN: desprecio por la ética pública, hambre de poder, y una profunda convicción de que la política existe para garantizar su impunidad personal. La cúpula política actual no es solo testigo: es socia silenciosa del fujimorismo.

Y mientras se archivan años de corrupción estructural con un par de párrafos, el Congreso esa torre de cinismo en la Plaza Bolívar se da el lujo de insultar a los muertos. Fernando Rospigliosi, con su habitual tono de arrogancia mal leída como firmeza, decidió que un joven músico asesinado por la policía debía ser rebautizado como “terruco”. Ni el luto, ni el derecho, ni el mínimo respeto humano lo detuvieron. Cuando se le corrigió que el artista se hacía llamar “Trvko”, no se retractó. Redobló. Porque en este país, el que manda no se disculpa: acusa.

El término “terruco” no es una palabra suelta. Es un código. Es la coartada perfecta para justificar el gatillo, el gas lacrimógeno, la prisión preventiva sin pruebas. Es la categoría política que habilita el crimen de Estado. Rospigliosi lo sabe. Y lo usa. Porque no le interesa el orden. Le interesa el miedo. Y más aún, le interesa que nadie cuestione el privilegio de los que mandan desde arriba.

Pero esta vez, algo es distinto. El país está harto. No lo grita con slogans vacíos. Lo demuestra en cada marcha, en cada rechazo a esta falsa élite que gobierna sin escrúpulos ni vergüenza. El pueblo ve con claridad: que mientras el poder se absuelve con habeas corpus diseñados a medida, a los que protestan se les dispara. Que mientras el fujimorismo celebra otra victoria judicial, las familias de las víctimas entierran a sus hijos bajo insultos institucionales.

Y ante eso, no basta invocar la ley. La ley en este Perú secuestrado ya no es garantía de justicia. Es, muchas veces, su negación. Hoy, defender la justicia implica oponerse abiertamente a una legalidad funcional a la impunidad. No es un problema de tecnicismos. Es un problema de moral política. Si la ley protege al corrupto y pisotea al que protesta, entonces la obligación ética es denunciarla, resistirla, reformarla. No se trata de anarquía. Se trata de dignidad.

Lo que está en juego no es solo una elección más con los mismos de siempre. Es algo más profundo: si vamos a seguir aceptando que nos gobierne una élite sin vergüenza, sin memoria, sin límite. Una élite que limpia a Keiko, insulta a los muertos, y se presenta a elecciones como si nada. Porque saben que el sistema ese gran mecanismo de reciclaje del poder los necesita. Y porque creen que el pueblo olvidará.

Pero esta vez, el pueblo no va a olvidar. digamos las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

La reciente destitución de Dina Boluarte es, sin duda, un momento histórico. No porque marque un punto de inflexión como algunos entusiastas creen, sino porque deja en evidencia que en el Perú la política sigue funcionando como un sistema de reciclaje de intereses, no de ideas ni de principios. La vacancia no fue una victoria de la ética pública, sino una jugada estratégica de los mismos actores que mantuvieron el desastre durante años.

La presidenta cayó no por el escándalo de los relojes, ni por su grotesca ausencia en funciones mientras se realizaba una cirugía estética, ni siquiera por las más de 60 muertes en protestas sociales. Cayó porque dejó de ser útil. Porque sus escándalos empezaron a salpicar a quienes la sostenían. Porque la popularidad era tan baja que su permanencia empezaba a restar votos a sus propios aliados del Congreso.

Y es que resulta grotesco ver a los mismos congresistas que la blindaron en al menos seis intentos de vacancia anteriores, hoy rasgarse las vestiduras en nombre de la moral pública. ¿Cuándo fue el punto de quiebre? ¿El Rolex? ¿Las muertes? ¿La cirugía secreta? No. El punto de quiebre fue el cálculo electoral. Dina ya no era rentable. Y como en todo sistema enfermo, cuando el cuerpo ya no puede disimular la gangrena, se amputa. Pero amputar no es curar.


Estadísticas de una democracia colapsada

Lo que vivimos no es nuevo. Es apenas otro capítulo del largo ocaso institucional del país:

  • En solo 7 años, el Perú ha tenido 7 presidentes.
  • Según Latinobarómetro, solo el 12 % de los peruanos cree que se gobierna para el bien del pueblo.
  • Más del 80 % desconfía del Congreso, y casi el mismo porcentaje considera que los partidos políticos no los representan.
  • La aprobación del Congreso es tan baja como la de los presidentes que tumba.

El colmo: premiar la mediocridad con el poder

Y como si el nivel de descomposición no fuera suficiente, el Congreso en un acto que raya con el cinismo designa como nuevo presidente a José Jerí, un personaje sin experiencia ejecutiva ni liderazgo probado, y con denuncias en curso. ¿Méritos? Ninguno. ¿Preparación? Cuestionable. ¿Apoyo ciudadano? Nulo.

Su elección no responde a un proyecto de país ni a una visión de Estado, sino al mismo juego de supervivencia parlamentaria: poner a alguien maleable, manejable, y desechable si las cosas se complican. No importa la legitimidad ni la idoneidad. Importa solo conservar las cuotas de poder. Así se sigue escribiendo esta tragicomedia nacional.


¿Y ahora qué?

No nos engañemos: la salida de Boluarte no es una victoria ciudadana ni democrática. Es un movimiento táctico del Congreso para lavarse la cara mientras el país sigue ardiendo. Cambian al personaje, pero mantienen el guion. Y el guion es siempre el mismo: impunidad arriba, miseria abajo.

La verdadera salida no está en celebrar el cambio de nombre en el sillón presidencial. Está en exigir una reforma política real, en barrer con los partidos parásitos, en acabar con el sistema de blindajes y pactos ocultos que ha hecho de nuestro país un experimento constante de desgobierno.


Porque si no lo hacemos nosotros, si no lo hace la ciudadanía organizada, vendrá otro escándalo, otro presidente de papel, otra vacancia. Y otro Congreso lavándose las manos con agua sucia.

En el Perú de hoy, la impunidad no se disfraza de justicia, se disfraza de vacancia. Y los mismos que sostuvieron el desastre ahora se disfrazan de salvadores. Pero el rostro del cinismo es fácil de reconocer: sonríe mientras empuja al país un poco más hacia el abismo. Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

¿Qué está pasando en este país?

En apenas una semana, tres hechos aparentemente aislados pusieron de manifiesto un mismo y preocupante patrón: la creciente desconexión entre el Estado, sus representantes, y la ciudadanía. Desde el rechazo a Phillip Butters en Juliaca, pasando por la balacera en un concierto de Agua Marina, hasta el insólito caso de un chofer detenido por cobrar S/2 de pasaje a una suboficial de la Policía Nacional. El mensaje de fondo es claro: el Perú está fracturado, dolido, y cansado.

El sur no olvida

La reciente visita de Phillip Butters a Juliaca desató protestas, gritos y rechazo. No fue un hecho espontáneo ni producto de la intolerancia. Fue la reacción legítima de una población que no olvida sus agravios recientes. En 2023, durante las protestas masivas contra el régimen de Dina Boluarte, Butters sugirió en su programa radial que a los manifestantes del sur había que “meterles una bala en la cabeza”.
Así, con esas palabras.

Hoy, un año después, pretende recorrer Puno en calidad de “precandidato presidencial” y “periodista patriota”, como si su discurso no tuviera consecuencias. Pero el sur tiene memoria. Y cuando el dolor no ha sido reconocido, las cámaras no bastan para maquillar el desprecio. La población no atacó a un periodista; repelió a quien alguna vez pidió públicamente que los mataran. ¿De verdad esperaban alfombra roja?

Una fiesta interrumpida por balas

Mientras tanto, en otro extremo del país, lo que debía ser un momento de celebración y música se convirtió en pánico. En un concierto de Agua Marina, una balacera obligó a los músicos a lanzarse al suelo en pleno escenario. El video habla por sí solo: Perú ha normalizado la violencia incluso en sus espacios más cotidianos.

Las autoridades, como suele ocurrir, brillaron por su ausencia. ¿Dónde están las estrategias de seguridad ciudadana? ¿Dónde está la tan anunciada “mano dura” contra el crimen? Parece que solo aparece cuando se trata de desalojar vendedores ambulantes o reprimir manifestaciones políticas, no cuando la gente necesita garantías mínimas para vivir o, siquiera, para bailar.

El chofer que se atrevió a trabajar

Y como si todo lo anterior no fuera suficiente, el caso del conductor José Villafuerte bordea el absurdo. Por cobrar S/2 de pasaje a una suboficial de la Policía Nacional, fue detenido por 28 horas, acusado de “incumplir la ley del pase libre”. La norma en cuestión ha sido interpretada de manera abusiva y unilateral: se olvida que el transporte público no es subsidiado, y que muchos conductores como Villafuerte trabajan sin beneficios, ganando a diario lo justo para sobrevivir.

¿Desde cuándo cumplir con el deber de cobrar por un servicio es delito? ¿Qué mensaje envía el Estado cuando la fuerza pública se usa para proteger privilegios personales en lugar de derechos colectivos?

Este no es un caso aislado, sino parte de una dinámica en la que la autoridad se ejerce como imposición y no como servicio, mientras el ciudadano común queda desprotegido frente al abuso.


Lo que une todos estos casos

Estos tres hechos están atravesados por un mismo hilo: la impunidad del poder y el hartazgo ciudadano. Lo que pasó en Juliaca, en el concierto, y en la combi de Villafuerte, refleja un país donde las instituciones no inspiran confianza, donde el abuso se normaliza y donde el ciudadano siente que no tiene a quién acudir.

Se trata de un Estado ausente para proteger y presente solo para castigar.
Un país donde la represión es rápida, pero la justicia lenta.
Donde la ley se usa para amedrentar al débil, no para controlar al fuerte.


¿Qué está pasando en este país?

Está pasando que el Perú atraviesa una crisis no solo política o económica, sino ética.
Que figuras públicas que instaron a la violencia hoy pretenden ser candidatos sin haber pedido perdón.
Que la música es interrumpida por balas y el trabajo honesto, por detenciones arbitrarias.
Y que, mientras todo esto ocurre, las autoridades se esconden tras el silencio o la complicidad.

El país no solo está dividido: está desmoralizado. Pero también está despierto. El pueblo ya agoto su tolerancia y parece que no se queda callado. Y eso aunque incómodo para algunos parece ser lo único que aún nos puede salvar.


Porque lo que el país necesita no es solo reflexión, sino reflexión con acción y determinación.
Porque al pueblo no se le apacigua con discursos,
se le responde con justicia, con seguridad real y con respeto.
Y para eso, hace falta llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos, sin miedo y Sin Mordaza.

Dina Boluarte, la presidenta sin votos, ha vuelto a hablar. Esta vez, no para rendir cuentas por las decenas de muertos que dejó la represión brutal durante su gobierno. No para explicar el uso de la fuerza letal contra ciudadanos que protestaban. No. Habló para culpar a los jóvenes, a la llamada Generación Z, por “salir a dar malos ejemplos”, por “destrozar bienes públicos y privados”.

Es un cinismo mayúsculo. Mientras los responsables políticos, policiales y militares de la masacre siguen blindados, Boluarte señala con el dedo a una generación que se atrevió a salir a las calles cuando los adultos de siempre guardaban silencio. La acusa de vandalismo, cuando lo que vio el país fue a miles de jóvenes enfrentando gases lacrimógenos, perdigones, represión y muerte… con pancartas, TikToks y mucha valentía.

Que lo diga una presidenta que jamás fue elegida en las urnas para liderar el país y que trepó a la presidencia traicionando al mismo Pedro Castillo con quien prometió “no más pobres en un país rico” no solo insulta la memoria de los caídos. Es una provocación peligrosa y vil.

¿De qué mal ejemplo habla? ¿De qué manipulación? Los únicos manipuladores han sido los operadores de siempre: los medios de comunicación concentrados, los partidos moribundos y las élites que hoy la sostienen como marioneta útil. La “mala influencia” no vino de redes sociales, sino de un Estado que dispara a matar, que encubre crímenes y que ahora pretende dar lecciones de civismo.

Decir que los jóvenes dieron “mal ejemplo” es negar lo evidente: que fue el Estado quien rompió el pacto social. Que mientras ellos marchaban con banderas, lo que recibieron fue represión. Que el verdadero daño al país no fue un paradero quemado, sino la indiferencia de un gobierno que pisotea la democracia sin siquiera sonrojarse.

Los jóvenes que marcharon, nuestros hijos, sobrinos, hermanas menores o nietos, no son delincuentes: son ciudadanos conscientes que hicieron lo que tantas generaciones antes no se atrevieron a hacer. Según la Defensoría del Pueblo, más del 50% de las víctimas mortales de la represión estatal en las protestas de 2022–2023 eran menores de 25 años. Como en tantas otras luchas a lo largo del continente, fueron los jóvenes quienes dieron el primer paso cuando la injusticia ya no se podía tolerar.

Y no es solo aquí. Chile, en 2019, vio cómo adolescentes iniciaron una revuelta que puso en jaque al modelo económico más admirado por las élites; en Colombia, fueron jóvenes de barriada los que enfrentaron a un Estado armado hasta los dientes; en México, en el 68, y en Argentina, en plena dictadura, los estudiantes pagaron con la vida su derecho a soñar. Incluso en Estados Unidos, fue la juventud la que lideró la lucha por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam, desafiando tanto al poder político como al militar. Siempre fue así: a lo largo de la historia, cada vez que los adultos callaron, los jóvenes gritaron por todos.

La historia será clara: fue la generación Z la que se alzó cuando los demás bajaban la cabeza. Si hubo rabia, fue legítima. Si hubo furia, fue porque se intentó arrebatarles el futuro. Y si hoy se les culpa, es porque todavía les temen.

Dina Boluarte no tiene autoridad moral para aconsejarles. Ni a ellos ni a nadie.

POLICIAS PERUANOS ¿LO PROTEGIAN?

Por fin cayó Erick Luis Moreno Hernández, alias «El Monstruo», ese ejemplar de las sombras del crimen que desde hace años sembraba muerte, extorsión y miedo en Perú… desde la comodidad del anonimato. Fue capturado en San Lorenzo, Paraguay, como parte de un operativo binacional entre la PNP y las autoridades paraguayas. Aplausos, sí. Pero ahora viene la parte incómoda.

Apenas lo esposaron, “El Monstruo” empezó a hablar. Y lo que ha dicho si se comprueba podría dejar en pañales a las novelas narco que tanto fascinan en Netflix. Moreno ha señalado, sin pelos en la lengua, que recibía protección de la Policía Nacional del Perú. ¿Qué tal?

¿Exageración de un delincuente desesperado? ¿Maniobra para confundir a la opinión pública? ¿O, como ha pasado tantas veces, una verdad incómoda que se soltó cuando las cámaras ya estaban grabando? Porque recordemos: no sería la primera vez que los tentáculos del crimen organizado acarician y atrapan los uniformes de la ley.

Si lo que dice “El Monstruo” tiene una pizca de verdad, ¿ quién lo protegía? ¿Con qué nivel de impunidad operaba? ¿Cuántos jefes policiales, coroneles o generales hicieron la vista gorda o algo peor mientras este sujeto se paseaba con total libertad?

Y ya que estamos en modo incómodo: ¿dónde está Vladimir Cerrón, otro prófugo ilustre de la justicia peruana? ¿Cuántos Monstruos más se esconden bajo la alfombra de un sistema que ya no disimula sus fracturas?

Hay sospechas. Muchas sospechas. Porque en este país, cuando un criminal de esta talla habla de «protección policial», uno no puede darse el lujo de reírse. Más bien, hay que encender todas las alarmas. Y mirar, con más cuidado, hacia el interior de una institución policial que, cada cierto tiempo, deja ver que su uniforme también puede usarse para delinquir.

No basta con capturar al monstruo. Ahora hay que cazar a quienes lo criaron, lo apañaron o lo usaron y ahora tiemblan.

Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

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