Opinión

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  • Mientras la inseguridad azota las calles y muchas comisarías carecen de vehículos para patrullar, la Policía, el Ejército y la FAP destinan millonarios recursos a la compra de autos de lujo para sus oficiales de alto rango.

En un país donde el crimen organizado se infiltra en barrios, mercados y hasta en instituciones, el rol de las fuerzas del orden debería enfocarse en recuperar la confianza ciudadana y en garantizar una respuesta rápida y efectiva ante la violencia. Sin embargo, las prioridades parecen estar claramente mal ubicadas.

Según cifras del Observatorio Nacional de Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior, más de 8,000 vehículos policiales se encuentran inoperativos en todo el país. La consecuencia de esta alarmante cifra es evidente: comisarías sin patrulleros, rondas policiales suspendidas o reducidas y una población cada vez más expuesta a la delincuencia sin un Estado que la proteja adecuadamente.

Pese a esta crítica situación, la Policía Nacional del Perú ha decidido desembolsar una millonaria suma para la adquisición de ocho vehículos de alta gama destinados exclusivamente al uso de sus altos mandos. Se trata de modernos Audi Q5, Honda Pilot y Volkswagen Jetta, todos vehículos considerados de lujo, más comunes en zonas exclusivas que en misiones de seguridad pública. El Ejército del Perú y la Fuerza Aérea han seguido el mismo camino.

Privilegios que hieren

Resulta indignante que, mientras muchas comisarías del país deben operar con motos viejas, autos sin mantenimiento o, simplemente, sin vehículos, quienes ocupan los cargos más altos dentro de las instituciones armadas y policiales disfruten de autos último modelo con aire acondicionado, tapizado de cuero y sistemas digitales de navegación.

La pregunta es inevitable: ¿qué combate contra el crimen se libra desde el asiento trasero de un Audi Q5?

Estas compras millonarias reflejan una realidad preocupante: los privilegios de las altas esferas están por encima de las necesidades urgentes del país. No se trata de desconocer la importancia de dotar de recursos a las instituciones de seguridad, sino de señalar que esos recursos deberían destinarse, primero, a quienes están en las calles enfrentando a diario la violencia y el crimen organizado.

El Estado de espaldas al ciudadano

Mientras los delincuentes se reorganizan, los ciudadanos viven con miedo y los policías de base carecen del equipamiento mínimo, las decisiones de los altos mandos parecen responder más al confort personal que a un verdadero compromiso con la seguridad pública. Esta desconexión entre la cúpula institucional y la realidad en las calles solo mina aún más la credibilidad de nuestras fuerzas del orden.

Resulta urgente que la Contraloría General de la República y el Congreso investiguen a fondo estas adquisiciones y que se exija una rendición de cuentas real. En tiempos donde cada sol del Estado debería ser cuidadosamente invertido, gastar millones en autos de lujo no solo es un error, es una afrenta a la población que exige y merece seguridad.

En el Perú, pocas figuras han concentrado tanto rechazo popular como Dina Boluarte. Con una desaprobación que roza el 96 % según CPI (mayo 2025), la presidenta no solo ha superado los niveles históricos de impopularidad de Keiko Fujimori, sino que se ha consolidado como un símbolo del colapso ético y político de la representación femenina en el poder.

La trayectoria de Boluarte expone una paradoja brutal: llegó al gobierno prometiendo dignidad, inclusión y justicia social… y terminó encabezando una administración marcada por la represión, el cinismo y el lujo ostentoso. Su caso no es aislado. Se suma a una larga lista de mujeres que, lejos de renovar la política, repitieron o incluso perfeccionaron sus peores vicios:

  • Keiko Fujimori, tres veces candidata, aún enfrenta cargos por lavado de activos.
  • Nadine Heredia y Eliane Karp, protagonistas de la corrupción institucional desde la sombra.
  • Susana Villarán, de símbolo progresista a confesión directa de financiamiento ilegal.
  • Verónika Mendoza, que prometió cambio y terminó apoyando gobiernos que traicionaron al mismo pueblo que decían representar.

No se trata de juzgar por género, sino de señalar que la traición política duele más cuando proviene de quienes juraron representar a los olvidados. Y en esa traición, Dina Boluarte se ha ganado, con creces, el título de la figura más repudiada del Perú contemporáneo.

Mientras millones sobreviven con hambre, miedo y abandono, el poder se premia a sí mismo con sueldos, blindajes y ahora regalos “oficialmente” permitidos.

No hay peor señal de decadencia institucional que cuando el poder deja de esconder sus excesos y comienza a ejercerlos con total descaro, envueltos en legalidad formal y escritos en tinta oficial. Lo que está ocurriendo hoy en el Perú no es una anécdota más en la larga saga de cinismo político. Es una advertencia.

La presidenta Dina Boluarte ha aprobado la Directiva N.º 004-2025-SG/PCM, que regula el “proceso de recepción de obsequios, donaciones y similares en Palacio de Gobierno”. En términos simples: la jefa del Estado se ha otorgado a sí misma y a su entorno cercano el permiso oficial de recibir regalos sin límite de valor, incluso de personas con vínculos familiares, personales o laborales. El texto, firmado por la Secretaría General de la Presidencia del Consejo de Ministros y autorizado desde el Despacho Presidencial, permite formalizar la recepción de bienes “sin que se afecte el cumplimiento de las funciones públicas”. Una frase que insulta la inteligencia ciudadana.

No solo es inmoral: es ilegal. La directiva contradice frontalmente la Ley 28024, que prohíbe a los funcionarios públicos aceptar beneficios o liberalidades de parte de gestores de intereses o personas que tengan relación directa con decisiones de gobierno. Se trata de una norma anticorrupción clave, cuyo espíritu ha sido vulnerado con una firma y una publicación en el diario oficial. Lo que la ley sanciona, el gobierno lo reglamenta. ¿Qué queda entonces de la legalidad cuando el propio poder Ejecutivo se permite anularla por conveniencia?

Esta directiva no es un error de forma ni un malentendido. Es una maniobra deliberada para normalizar el privilegio, para convertir en costumbre aquello que el sistema jurídico justamente quiso evitar: la entrada del interés privado en la esfera pública. No se gobierna con principios, sino con cálculos. No se legisla para proteger al ciudadano, sino para protegerse del ciudadano.

En un país donde millones de personas viven en la pobreza —una pobreza que ya no es estructural, sino desesperada—, donde el crimen ha sustituido al Estado en múltiples territorios, y donde la informalidad es la única alternativa económica real para la mayoría, este tipo de decisiones no son solo ofensivas: son incendiarias. Mientras los ambulantes invaden las calles no por elección sino por hambre, mientras la violencia se instala como rutina en los barrios, mientras los hospitales colapsan y las escuelas se caen a pedazos, en el corazón del poder se diseñan directivas para recibir regalos y se reparten sueldos de élite como si el país no se estuviera desmoronando. La brecha ya no es solo económica: es moral.

Se ha instalado una lógica perversa en la política peruana: si algo no se puede ocultar, se le da un marco normativo. Si algo es cuestionado, se escribe una directiva. No se combate la corrupción; se la incorpora. No se repara el Estado; se lo usa como escudo. Esto no es solo falta de ética: es la institucionalización del cinismo. Y lo más grave es que ocurre con el silencio cómplice de un Congreso sin vocación de control, con una fiscalía debilitada, y con una ciudadanía que, fatigada y desmovilizada, observa desde la frustración y el desencanto.

El poder ha perdido el pudor. Lo ejerce sin rendición de cuentas, sin respeto a la ley y sin temor al juicio público. Y cuando eso ocurre, la caída del Estado de derecho deja de ser una posibilidad futura: se convierte en un proceso en marcha. Cada norma que viola principios básicos, cada directiva que contradice la ley, cada silencio del Congreso y de la justicia, nos empuja un paso más hacia el colapso institucional. El Perú ya no está al borde: está descendiendo, lentamente, hacia un modelo de autoritarismo corrupto disfrazado de legalidad.

Por eso, la pregunta ya no es cuánto más puede soportar el país. La verdadera urgencia es otra: ¿quién —dentro o fuera del poder— va a tener el coraje de frenar esta deriva antes de que sea irreversible? Porque si seguimos permitiendo que se gobierne con impunidad, que se legisle para beneficio propio y que la corrupción se disfrace de norma administrativa, entonces no habrá reforma que baste ni elección que salve lo que ya está roto.

Pero aún no todo está perdido. Cada uno de nosotros tiene una responsabilidad: tomar conciencia ciudadana, no callar, no resignarse, no mirar hacia otro lado. La democracia no se defiende sola. Está en nosotros elegir el destino del país —con dignidad, con memoria y con la firmeza de quienes saben que un Perú diferente sí es posible, pero solo si dejamos de aceptar lo inaceptable.

En el Perú, insultar y desprestigiar al crítico se ha convertido en táctica sistemática. Cuando no hay gestión ni argumentos, el poder y los candidatos cobardes con rabo de paja, atacan al emisario para silenciar la verdad y victimizarse frente a una ciudadanía desinformada.

En el Perú actual, insultar ya no es un error: es método. No se trata de reacciones airadas, sino de una estrategia de comunicación política diseñada, financiada y ejecutada desde el poder. Gobernadores, alcaldes, congresistas, e incluso candidatos sin mayor arraigo político, recurren al agravio, la calumnia y la desinformación como mecanismo para simular oposición, ocultar pactos y distraer a la opinión pública.

Los principales analistas políticos del país coinciden en que hemos llegado a una etapa donde la agresión verbal ha reemplazado al contenido, y el escándalo a la propuesta. Este fenómeno, lejos de estar concentrado en Lima, se ha extendido a nivel nacional, desde gobiernos regionales hasta alcaldías distritales, donde se ha institucionalizado una forma de hacer política basada en el ataque personal y la polarización permanente.

El guion se repite: cuando se carece de gestión, se fabrica un enemigo. Cuando se teme a la fiscalización, se deslegitima a la prensa. Cuando se denuncia corrupción, se ataca al denunciante. El recurso no es nuevo, pero se ha perfeccionado. Hoy no se confronta el mensaje, se mata al emisario para que el mensaje no llegue. Es decir, no se rebate con argumentos, sino que se destruye la credibilidad de quien los emite.

Esto se ejecuta con una maquinaria coordinada: granjas de troles, redes de cuentas falsas, campañas de difamación, todo financiado desde recursos públicos o intereses privados enquistados en el Estado. Los periodistas independientes, los órganos de control, e incluso algunos actores del propio aparato público, se convierten en blancos sistemáticos de ataques no por mentir, sino por decir lo que incomoda.

Paradójicamente, muchos de estos agresores forman parte del poder que dicen combatir. Alcaldes y gobernadores que votaron con el Congreso, que gestionan con aliados de la presidenta, o que se beneficiaron del reparto del presupuesto público, hoy simulan ser “antisistema” con discursos radicales, para limpiar su imagen y reconectar con una ciudadanía harta, pero desinformada.

Esta simulación de oposición desde dentro del sistema es el núcleo del cinismo político actual. Y como toda farsa, necesita espectáculo: gritos, enemigos imaginarios, frases vacías, y sobre todo, insultos. Así se desplaza el foco del verdadero problema —la ineficiencia, la corrupción, la captura del Estado— hacia una guerra de ruido que termina erosionando aún más la institucionalidad democrática.

Lo más peligroso es que esta estrategia sí funciona, al menos en el corto plazo. Gana atención, acalla críticas, y refuerza una narrativa de victimismo que evita rendir cuentas. Pero su costo es inmenso: debilita la democracia, rompe el tejido social, y deja al ciudadano sin referentes confiables.

En la política peruana contemporánea, la táctica de “matar al mensajero” ha dejado de ser un reflejo defensivo para convertirse en una estrategia sistemática. Ya no se responde al mensaje: se anula, se distorsiona o se silencia a quien lo emite. Periodistas, fiscalizadores, analistas y críticos son blanco constante de ataques no por mentir, sino por decir lo que incomoda. La lógica es perversa pero efectiva: si destruyes la credibilidad del emisario, el mensaje pierde fuerza, aunque sea verdad. Así, el insulto, la calumnia y el troleo digital se convierten en herramientas clave para victimizar al agresor, que se presenta como perseguido por el “sistema”, cuando en realidad forma parte activa de él. Esta estrategia no busca convencer, sino confundir; no se trata de ganar el debate, sino de ensuciarlo hasta que nadie quiera escucharlo.

No podemos seguir aceptando que la política se reduzca a gritar más fuerte, ni permitir que la calumnia y el chisme se instalen como prueba suficiente para destruir personas. El debate público no puede construirse sobre rumores, ni la autoridad sobre el escándalo artificial. Defender la verdad y la dignidad propia y ajena es hoy un acto de resistencia frente a una cultura política que premia la mentira y castiga la integridad. Que la ciudadanía no olvide: quien necesita insultar para sostenerse, ya se ha quedado sin razones para gobernar. No permitamos mas este tipo de politiquería, las cosas por su nombre y Sin Mordaza

César Acuña vuelve a escena, esta vez desde Piura, rodeado de seguidores, banderas y cámaras que difunden —sin mayor disimulo— los primeros pasos de su nueva campaña presidencial. Pero lo que resulta más preocupante que predecible es que todo esto ocurre mientras aún ocupa el cargo de gobernador regional de La Libertad. Un detalle que, lejos de ser menor, evidencia una conducta oportunista y contraria al marco normativo electoral vigente en el Perú.

La ley no es un detalle

La Ley Orgánica de Elecciones (Ley N.º 26859) es clara: las autoridades regionales que deseen postular a la Presidencia deben renunciar irrevocablemente a su cargo seis meses antes del día de la elección, es decir, a más tardar en octubre de 2025, si los comicios se realizan en abril de 2026. A la fecha, Acuña no solo no ha renunciado, sino que utiliza su posición como vitrina política, realizando actividades proselitistas camufladas como gestiones públicas.

Pero eso no es todo. El artículo 190 de la misma ley prohíbe expresamente que los funcionarios públicos hagan uso de recursos del Estado para favorecer intereses políticos o personales. A estas alturas, resulta difícil distinguir entre las actividades institucionales del gobernador y la promoción personal del líder de APP. ¿Se están usando recursos públicos para su campaña? ¿Está desplazándose por el país como funcionario o como candidato?

Campaña disfrazada, intenciones desnudas

La aparición de Acuña en mítines, acompañado de “portátiles” y pancartas con mensajes de tinte claramente electoral, evidencia una campaña anticipada disfrazada de gestión. Se trata de una estrategia vieja, pero peligrosa: usar el poder y la exposición institucional para cimentar una candidatura. En tiempos de desconfianza ciudadana, esta clase de prácticas no solo erosiona la legalidad, sino también la legitimidad del proceso democrático.

Este retorno al ruedo electoral revela también una urgencia: la desesperación por mantenerse vigente, por no perder el capital político, y por alcanzar, al fin, una Presidencia que le ha sido esquiva en elecciones anteriores. No es casual que la campaña comience en regiones como Piura, donde APP ha intentado construir una base clientelar y presencia simbólica. La lógica es clara: asegurar el respaldo de los gobiernos locales antes del año electoral.

¿Fiscalización o complicidad?

Ante estas señales, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y la Contraloría General de la República tienen el deber de actuar. No basta con dejar pasar estos actos bajo el pretexto de que aún no se ha formalizado una candidatura. La campaña electoral no se inicia únicamente cuando se inscribe una lista: empieza desde el momento en que se utilizan medios, actos o símbolos para posicionar una imagen con fines electorales.

Tampoco podemos normalizar la idea de que gobernadores o alcaldes hagan campaña desde el cargo. La equidad electoral se funda en que todos los candidatos compitan en igualdad de condiciones, y no con los recursos y la visibilidad que ofrece el poder.

Un viejo reflejo político

Lo que hace César Acuña no es nuevo, pero sigue siendo inaceptable. Revela un patrón arraigado en nuestra política: el de figuras que no saben gobernar sin hacer campaña, y que no conciben el poder como un servicio temporal, sino como un botín que no se puede soltar.

Más allá de su legalidad, esta conducta exhibe un tipo de liderazgo incapaz de separarse del espectáculo político. Y peor aún, muestra a un dirigente que parece más ocupado en volver a ser candidato que en gobernar con seriedad una región que aún enfrenta serios problemas de infraestructura, educación y seguridad.

La campaña de 2026 ya comenzó, al menos para Acuña. Pero si lo hace vulnerando normas, confundiendo gestión con propaganda, y sin asumir su responsabilidad como autoridad actual, difícilmente podrá ofrecer algo distinto al país que un déjà vu político cada vez más desgastado.

Conclusión:

Lo de César Acuña no es solo una muestra de oportunismo político: es el reflejo de una clase dirigente que ha normalizado el uso del poder como trampolín electoral, sin respeto por la legalidad ni el mínimo pudor institucional. Gobernar mientras se hace campaña es una forma burda de distorsionar la democracia y burlarse del ciudadano que exige resultados, no slogans. Si seguimos tolerando que las reglas sean pisoteadas con impunidad —y que quienes deberían fiscalizar miren para otro lado—, el mensaje es claro: en el Perú, el poder no se gana para servir, sino para perpetuarse. Y eso, como viene ocurriendo hace décadas, seguirá saliéndonos carísimo.

En la recta final para inscribir alianzas, partidos enfrentados ideológicamente sellan pactos que contradicen sus propios discursos. La lógica es simple: todo vale si el botín es el poder.

El proceso electoral rumbo a las elecciones generales de 2026 ya muestra señales inquietantes. Con el 2 de agosto como fecha límite para la inscripción de alianzas electorales ante la Dirección Nacional de Registro de Organizaciones Políticas del JNE, el tablero político vuelve a ser escenario de una práctica recurrente, pero no por ello menos preocupante: la proliferación de alianzas contranatura, uniones en las que la ideología, los valores y los principios programáticos quedan subordinados al único objetivo que parece importar: acceder al poder, cueste lo que cueste.

No se trata de convergencias legítimas entre partidos con trayectorias afines o propuestas complementarias. Lo que hoy vemos es, más bien, una lógica de supervivencia electoral. Partidos que durante años se acusaron mutuamente de corrupción, populismo o autoritarismo, hoy se funden bajo una denominación común, como si las profundas diferencias de ayer se resolvieran con una reunión a puerta cerrada y un reparto de candidaturas.

Este tipo de alianzas no nacen de la deliberación ni de la construcción programática. Nacen del cálculo. Nacen de encuestas. Nacen del temor a no superar la valla electoral o a perder la inscripción. Es una política de corto plazo, donde la conveniencia pesa más que la coherencia y donde los principios se canjean por posiciones en la lista.

El Jurado Nacional de Elecciones, que publicará el 1 de septiembre las alianzas oficialmente inscritas, no tiene competencia para juzgar la naturaleza ideológica de estas uniones. Pero el electorado sí. Y lo que percibe con claridad es que muchas de estas alianzas no representan una visión de país, sino una estrategia desesperada por mantener cuotas de poder en un sistema cada vez más deslegitimado.

A esto se suma el hecho de que el plazo para modificar estatutos y reglamentos internos venció el 11 de junio, lo que implica que muchas de estas decisiones se han tomado sin una revisión estructural al interior de las organizaciones, sin mayor consulta a las bases y, en algunos casos, al margen de sus propios marcos normativos.

La política, cuando se vacía de contenido y se reduce a pura táctica electoral, se vuelve indistinguible de la ambición personal. El país necesita acuerdos, sí, pero acuerdos sustentados en ideas, en proyectos comunes, en compromisos con la ciudadanía. No alianzas de último minuto que solo buscan burlar la fragmentación sin resolverla.

Porque si las alianzas se forman ignorando las diferencias, gobernarán ignorando las consecuencias. Y en esa omisión, quien termina perdiendo no es el partido ni el político de turno, sino la democracia misma.

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La decisión de la Subcomisión de Acusaciones Constitucionales de archivar la denuncia contra la presidenta Dina Boluarte y cuatro exministros por las muertes en las protestas de diciembre de 2022 y 2023 es un golpe duro y vergonzoso para la justicia en el Perú. Con once votos a favor, el Congreso decidió blindar a quienes, según cientos de testimonios y reportes, tienen responsabilidad política y penal en la represión que costó la vida a decenas de ciudadanos. La excusa formal: que la denuncia no cumple con los requisitos del reglamento parlamentario. Pero detrás de ese argumento técnico se esconde un profundo desprecio por el dolor de las víctimas y sus familias.

Esta decisión no es un hecho aislado ni nuevo en nuestra historia. Remite a sombras largas y dolorosas, como las de Huanta en los años de conflicto interno, cuando la impunidad se convirtió en política de Estado y la justicia fue negada a los más vulnerables. No olvidemos que, entre 1980 y 2000, más de 69,000 peruanos murieron en un conflicto marcado por violaciones sistemáticas a los derechos humanos, muchas de ellas cometidas por el propio Estado. Masacres como la de El Frontón o Baguazo son recordatorios amargos de cómo la represión ha sido usada una y otra vez para silenciar a los pueblos.

Hoy, la presidenta Boluarte, en una actitud que raya en el cinismo, junto a un Congreso complaciente, niega toda responsabilidad y pasa la página sin ofrecer respuestas ni justicia. No solo es un insulto a la inteligencia del pueblo peruano, sino una demostración clara de que en nuestra política prima la protección de los poderosos por encima de la vida y la dignidad.

Cuando las instituciones que deberían garantizar la justicia se convierten en protectoras de la impunidad, el país se enfrenta a una crisis profunda de legitimidad democrática. La memoria histórica es un llamado urgente a la acción y a la reflexión. Como afirmó el activista estadounidense Martin Luther King Jr.: “La injusticia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes.” En Perú, no podemos permitir que la injusticia se normalice ni que la impunidad sea política de Estado.

El blindaje político que hoy protege a la presidenta y sus ministros no es solo un acto de negligencia: es un mensaje claro a quienes protestan, a las víctimas, y a toda la ciudadanía. Es la demostración de que el poder se protege a sí mismo y que las instituciones están dispuestas a sacrificar la verdad y la justicia por conveniencias políticas.

Perú merece mucho más que palabras vacías y excusas legales. Merece justicia real, sanciones efectivas, y un compromiso auténtico con los derechos humanos. Solo así podremos construir un país donde la democracia no sea una fachada, sino una realidad que respete y proteja la dignidad de todos sus ciudadanos.

Como dijo el escritor peruano José María Arguedas: “No hay nada más peligroso que un pueblo sin memoria.” Que esta dolorosa historia no quede en el olvido ni en el silencio, porque solo enfrentando nuestro pasado con valentía podremos construir un futuro justo.

Las cosas claras, por su nombre y Sin Mordaza.

La corrupción en el Perú ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un componente estructural del sistema político. En un contexto de democracia simulada o de imitación, donde las formas se mantienen pero el fondo está profundamente degradado, los actores políticos —muchos de ellos aliados o cómplices de la corrupción— reproducen prácticas clientelistas y populistas que profundizan la descomposición institucional. Uno de los ejemplos más cínicos y representativos es el uso de dádivas como chocolatadas navideñas, entrega de víveres o regalos en fechas especiales, que enmascaran el interés electoral bajo una supuesta preocupación social. Tema aun mas arraigado en ciudades del interior del Perú Como Cusco , Apurímac y Arequipa


1. Democracia de imitación: el cascarón sin contenido

Aunque el Perú cuenta formalmente con elecciones periódicas, poderes del Estado y un marco legal, en la práctica muchas de estas instituciones:

  • Funcionan como instrumentos de control político, no como espacios de representación ciudadana.
  • Son capturadas por intereses privados o mafias organizadas, debilitando su legitimidad.
  • Se alejan del ideal democrático, pues la participación ciudadana es instrumentalizada, no promovida.

Este modelo, funcional a la corrupción, perpetúa un sistema donde el poder se reproduce a través de redes de complicidad, impunidad y manipulación del discurso democrático.


2. Corrupción sistemática: cuando el robo se institucionaliza

En lugar de ser un desvío del sistema, la corrupción se ha vuelto un mecanismo central de acceso, ejercicio y reproducción del poder:

  • Presidentes y funcionarios investigados por coimas y sobornos (Odebrecht, obras públicas, financiamiento ilegal).
  • Gobiernos regionales y municipales como focos de corrupción: alcaldes y gobernadores enriquecidos ilícitamente, muchas veces reelegidos por la manipulación de la pobreza.
  • El Estado como botín, donde la gestión pública se convierte en oportunidad de lucro para políticos y empresarios.

Esto ha consolidado una percepción perversa en muchos sectores: “que robe, pero que haga algo”.


3. El cinismo de los candidatos y las dádivas disfrazadas de ayuda social

Uno de los elementos más hipócritas y recurrentes del clientelismo político en el Perú es el uso de dádivas y actos asistencialistas como estrategia de campaña. Chocolatadas navideñas, entrega de canastas, víveres o útiles escolares en fechas señaladas son prácticas normalizadas que:

  • Aprovechan la precariedad y necesidad de las poblaciones vulnerables para conseguir votos con regalos temporales.
  • Reforzan una cultura de dependencia y sumisión política, donde el ciudadano vota por quien «le dio algo», no por propuestas o principios.
  • Se disfrazan de “solidaridad” o “responsabilidad social”, cuando en realidad constituyen compra de votos encubierta y una falta ética grave y encima con fotografías en mercados de abastos.

Estos actos son más escandalosos cuando los protagonizan ex candidatos o figuras recicladas, muchas veces involucrados en escándalos de corrupción, que vuelven a escena con discursos redentores, apelando al olvido o al perdón colectivo, mientras reparten chocolatadas, flores por el día de la madre y demás regalos como si eso compensara años de desfalco al erario público.


4. El perfil del “amigo de la corrupción”

Muchos de los candidatos que participan en estas prácticas tienen en común:

  • Antecedentes judiciales o investigaciones pendientes.
  • Vínculos con redes criminales o economías ilegales, como minería informal, narcotráfico o contrabando.
  • Financiamiento irregular de campañas, muchas veces encubierto mediante fundaciones o aportes “anónimos”.
  • Populismo extremo o discurso religioso-moralizante, que oculta su verdadero objetivo: el poder por el poder.
  • Algunos funcionario y exfuncionarios fracasados que no pudieron cumplir sus funciones de manera eficiente y descaradamente ahora quieren llegar a ser alcaldes

5. Consecuencias de esta cultura política

  • Desprestigio generalizado de la democracia, vista como un sistema corrupto e inútil.
  • Ciudadanía desmovilizada y frustrada, que opta por el voto nulo, ausentismo o el respaldo a opciones autoritarias.
  • Reproducción de la desigualdad, porque los fondos públicos no se usan para políticas sociales estructurales, sino para enriquecer a las élites corruptas.

6. ¿Qué hacer frente a este panorama?

  • Desenmascarar el clientelismo: visibilizar que las dádivas no son ayuda, sino manipulación.
  • Exigir transparencia y rendición de cuentas a todos los candidatos, sin excepciones.
  • Apoyar medios independientes y periodismo de investigación que denuncien estas prácticas y decirle no a un sector de la prensa vendida y corrupta.
  • Formar una ciudadanía crítica y activa, que no se deje seducir por “regalos” sino que evalúe programas, trayectorias y coherencia ética.

Conclusión:
El Perú enfrenta una crisis profunda donde la representación política ha perdido legitimidad y el oportunismo electoral sustituye al compromiso real con el país. La persistencia de prácticas cínicas, como el uso de la necesidad social para obtener apoyo, revela una clase dirigente desconectada de los valores democráticos. Urge una renovación ética y política que devuelva al ciudadano el poder de decidir con conciencia, no por conveniencia. Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

Trujillo | Regalos como cancha en campaña electoral | EDICION | CORREO

Con ventas ilegales por más de 7,500 millones de dólares anuales, economías ilícitas como la minería ilegal y el narcotráfico podrían estar detrás del financiamiento oculto en las campañas presidenciales y regionales.

A medida que el Perú se acerca al ciclo electoral de 2026, emerge una amenaza sistémica que va más allá del clientelismo o la desinformación: el financiamiento ilícito desde economías ilegales. Según el estudio “Análisis exploratorio: economías ilegales y elecciones”, elaborado por el Instituto de Criminología y Estudios sobre la Violencia junto con la Asociación Empresarios por la Integridad, los mercados ilegales de cocaína, oro, contrabando y tala ilegal generan anualmente cerca de 7,500 millones de dólares.

Este monto no es irrelevante en términos electorales. Si se toma como referencia el costo de una campaña presidencial en 2016 —USD 11.7 millones—, las economías ilegales tendrían la capacidad financiera para sostener 2,368 campañas presidenciales, o más de 57 mil campañas congresales. La comparación no es meramente especulativa: se trata de un ejercicio que cuantifica el riesgo de captura del sistema político por parte de actores ilegales con intereses concretos en la toma del poder o en la neutralización del Estado.

La amenaza no es homogénea. Regiones como el VRAEM o Madre de Dios muestran una alta concentración de rentas ilegales y una baja presencia estatal efectiva. Es en estos territorios donde el dinero sucio se convierte en herramienta política, ya sea para financiar candidatos, sostener movimientos regionales o garantizar cuotas de representación funcionales a intereses ilícitos.

A esto se suma un ecosistema institucional aún precario para fiscalizar el origen del dinero político. La ONPE carece de mecanismos ágiles y preventivos; la UIF opera con márgenes legales restrictivos, y los procesos por lavado de activos suelen quedar entrampados en el sistema judicial. La correlación entre el volumen de recursos ilícitos y el número de procesos iniciados por financiamiento ilegal es ínfima, lo que revela una clara disonancia entre la magnitud del fenómeno y la respuesta estatal.

Más grave aún es la sofisticación de los métodos de penetración. El uso de testaferros, criptomonedas, fundaciones pantalla, consultoras y publicidad encubierta en medios permite canalizar recursos ilegales sin dejar huella fiscal. No se trata de aportes directos y groseros, sino de estrategias de influencia más sutiles, pero profundamente eficaces: construcción de candidaturas, manipulación de agendas, encuestas orientadas, o campañas de desinformación mediática.

El fenómeno obliga a repensar la relación entre economía ilegal y gobernabilidad. Las economías ilícitas no solo buscan impunidad: buscan estabilidad funcional, predictibilidad regulatoria y acceso al aparato estatal. Esto las convierte en actores políticos de facto. Ya no es posible analizarlas únicamente como externalidades del mercado informal o síntomas de ausencia estatal. Son estructuras con agencia, recursos, redes e intereses. Y están invirtiendo estratégicamente en política.

Frente a ello, el sistema político peruano se encuentra fragmentado y débil. Con 43 partidos inscritos, sin filtros internos eficaces, sin sistemas de integridad financiera consolidados, y con una cultura política propensa a la informalidad, el terreno está fértil para la infiltración. La captura institucional no ocurre solo en el Congreso o en los gobiernos regionales: empieza en las campañas.

El estudio del Instituto de Criminología no busca alarmar, sino anticipar. Pone en cifras lo que hasta ahora era intuición: que el dinero ilegal ya tiene la capacidad de definir resultados electorales. El desafío para 2026 no es solo contar votos, sino verificar quién los financia.

Si el sistema electoral no incorpora mecanismos robustos de prevención y fiscalización —desde auditorías financieras anticipadas hasta el monitoreo digital de aportes y gastos—, nos arriesgamos a que las próximas elecciones sean técnicamente válidas, pero políticamente capturadas. Y esa es una derrota mucho más silenciosa, pero igual de peligrosa que un fraude.

¡cuidado! , las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

Perú rumbo al narcoestado? | EL MONTONERO
  • Quienes nos gobiernan y quienes lo intentan

En las últimas décadas, cualquier atrevido o atrevida ha llegado a dirigir la administración pública gracias a la complicidad —o negligencia— de los partidos políticos. Lejos de aplicar filtros para evitar que improvisados ocuparan cargos importantes, muchos partidos se convirtieron en trampolines para oportunistas. Así, en lugar de fortalecer la democracia, fueron cómplices del deterioro institucional, permitiendo el ingreso de personajes sin preparación, sin compromiso y, muchas veces, sin escrúpulos.

La verdadera política es servicio. Es entrega. Significa poner una parte de nuestra vida al servicio del pueblo que nos vio nacer. Es asumir decisiones difíciles, diseñar soluciones a problemas estructurales y actuar con visión de país. Pero lo que se ha impuesto es la politiquería, esa versión perversa de la política donde todo se reduce al cálculo personal, al interés del grupo, a la repartija disfrazada de gobernabilidad.

Los politiqueros no llegan solos. Llegan avalados por elecciones que, aunque se llaman democráticas, en realidad son una rutina obligatoria en la que el ciudadano vota por descarte, sin información, sin opciones reales. En un país verdaderamente democrático, el voto debería ser facultativo, libre y consciente, no una obligación formal que valida lo inviable.

Ahora que se avecinan nuevas elecciones en los tres niveles de gobierno, ya vemos cómo se repite la historia. Vuelven las mañas, las promesas huecas, las candidaturas recicladas. Y, con ellas, las mismas preguntas de siempre:
¿Quiénes son los nuevos atrevidos que quieren gobernarnos sin preparación ni principios?
¿Quiénes son los que buscan repetir el plato sin haber demostrado capacidad, sin haber cumplido siquiera lo prometido?

A todo esto, se suma la decadencia de los partidos políticos. Hoy no son semilleros de líderes ni espacios de debate ideológico. Se han convertido en franquicias electorales, en vehículos sin rumbo ocupados por caudillos de turno. No hay programas, no hay formación, no hay visión. Solo alianzas coyunturales, listas hechas a dedo y estrategias de marketing que apelan a la emoción, pero no a la razón.

Frente a este panorama, la sociedad no puede seguir como espectadora. La ciudadanía debe despertar y asumir un rol activo: informarse, participar, fiscalizar. No basta con votar cada cierto tiempo. Hay que recuperar la política como herramienta de transformación, como servicio real al bien común.

En definitiva, solo recuperando la política en su sentido más noble será posible desterrar la politiquería que hoy contamina nuestras instituciones y limita nuestras posibilidades de desarrollo.

Las cosas por su nombre Sin Tapujos ni Ambages

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