En el Perú, pocas figuras han concentrado tanto rechazo popular como Dina Boluarte. Con una desaprobación que roza el 96 % según CPI (mayo 2025), la presidenta no solo ha superado los niveles históricos de impopularidad de Keiko Fujimori, sino que se ha consolidado como un símbolo del colapso ético y político de la representación femenina en el poder.
La trayectoria de Boluarte expone una paradoja brutal: llegó al gobierno prometiendo dignidad, inclusión y justicia social… y terminó encabezando una administración marcada por la represión, el cinismo y el lujo ostentoso. Su caso no es aislado. Se suma a una larga lista de mujeres que, lejos de renovar la política, repitieron o incluso perfeccionaron sus peores vicios:
- Keiko Fujimori, tres veces candidata, aún enfrenta cargos por lavado de activos.
- Nadine Heredia y Eliane Karp, protagonistas de la corrupción institucional desde la sombra.
- Susana Villarán, de símbolo progresista a confesión directa de financiamiento ilegal.
- Verónika Mendoza, que prometió cambio y terminó apoyando gobiernos que traicionaron al mismo pueblo que decían representar.
No se trata de juzgar por género, sino de señalar que la traición política duele más cuando proviene de quienes juraron representar a los olvidados. Y en esa traición, Dina Boluarte se ha ganado, con creces, el título de la figura más repudiada del Perú contemporáneo.




