En la recta final para inscribir alianzas, partidos enfrentados ideológicamente sellan pactos que contradicen sus propios discursos. La lógica es simple: todo vale si el botín es el poder.
El proceso electoral rumbo a las elecciones generales de 2026 ya muestra señales inquietantes. Con el 2 de agosto como fecha límite para la inscripción de alianzas electorales ante la Dirección Nacional de Registro de Organizaciones Políticas del JNE, el tablero político vuelve a ser escenario de una práctica recurrente, pero no por ello menos preocupante: la proliferación de alianzas contranatura, uniones en las que la ideología, los valores y los principios programáticos quedan subordinados al único objetivo que parece importar: acceder al poder, cueste lo que cueste.
No se trata de convergencias legítimas entre partidos con trayectorias afines o propuestas complementarias. Lo que hoy vemos es, más bien, una lógica de supervivencia electoral. Partidos que durante años se acusaron mutuamente de corrupción, populismo o autoritarismo, hoy se funden bajo una denominación común, como si las profundas diferencias de ayer se resolvieran con una reunión a puerta cerrada y un reparto de candidaturas.
Este tipo de alianzas no nacen de la deliberación ni de la construcción programática. Nacen del cálculo. Nacen de encuestas. Nacen del temor a no superar la valla electoral o a perder la inscripción. Es una política de corto plazo, donde la conveniencia pesa más que la coherencia y donde los principios se canjean por posiciones en la lista.
El Jurado Nacional de Elecciones, que publicará el 1 de septiembre las alianzas oficialmente inscritas, no tiene competencia para juzgar la naturaleza ideológica de estas uniones. Pero el electorado sí. Y lo que percibe con claridad es que muchas de estas alianzas no representan una visión de país, sino una estrategia desesperada por mantener cuotas de poder en un sistema cada vez más deslegitimado.
A esto se suma el hecho de que el plazo para modificar estatutos y reglamentos internos venció el 11 de junio, lo que implica que muchas de estas decisiones se han tomado sin una revisión estructural al interior de las organizaciones, sin mayor consulta a las bases y, en algunos casos, al margen de sus propios marcos normativos.
La política, cuando se vacía de contenido y se reduce a pura táctica electoral, se vuelve indistinguible de la ambición personal. El país necesita acuerdos, sí, pero acuerdos sustentados en ideas, en proyectos comunes, en compromisos con la ciudadanía. No alianzas de último minuto que solo buscan burlar la fragmentación sin resolverla.
Porque si las alianzas se forman ignorando las diferencias, gobernarán ignorando las consecuencias. Y en esa omisión, quien termina perdiendo no es el partido ni el político de turno, sino la democracia misma.




