- Quienes nos gobiernan y quienes lo intentan
En las últimas décadas, cualquier atrevido o atrevida ha llegado a dirigir la administración pública gracias a la complicidad —o negligencia— de los partidos políticos. Lejos de aplicar filtros para evitar que improvisados ocuparan cargos importantes, muchos partidos se convirtieron en trampolines para oportunistas. Así, en lugar de fortalecer la democracia, fueron cómplices del deterioro institucional, permitiendo el ingreso de personajes sin preparación, sin compromiso y, muchas veces, sin escrúpulos.
La verdadera política es servicio. Es entrega. Significa poner una parte de nuestra vida al servicio del pueblo que nos vio nacer. Es asumir decisiones difíciles, diseñar soluciones a problemas estructurales y actuar con visión de país. Pero lo que se ha impuesto es la politiquería, esa versión perversa de la política donde todo se reduce al cálculo personal, al interés del grupo, a la repartija disfrazada de gobernabilidad.
Los politiqueros no llegan solos. Llegan avalados por elecciones que, aunque se llaman democráticas, en realidad son una rutina obligatoria en la que el ciudadano vota por descarte, sin información, sin opciones reales. En un país verdaderamente democrático, el voto debería ser facultativo, libre y consciente, no una obligación formal que valida lo inviable.
Ahora que se avecinan nuevas elecciones en los tres niveles de gobierno, ya vemos cómo se repite la historia. Vuelven las mañas, las promesas huecas, las candidaturas recicladas. Y, con ellas, las mismas preguntas de siempre:
¿Quiénes son los nuevos atrevidos que quieren gobernarnos sin preparación ni principios?
¿Quiénes son los que buscan repetir el plato sin haber demostrado capacidad, sin haber cumplido siquiera lo prometido?
A todo esto, se suma la decadencia de los partidos políticos. Hoy no son semilleros de líderes ni espacios de debate ideológico. Se han convertido en franquicias electorales, en vehículos sin rumbo ocupados por caudillos de turno. No hay programas, no hay formación, no hay visión. Solo alianzas coyunturales, listas hechas a dedo y estrategias de marketing que apelan a la emoción, pero no a la razón.
Frente a este panorama, la sociedad no puede seguir como espectadora. La ciudadanía debe despertar y asumir un rol activo: informarse, participar, fiscalizar. No basta con votar cada cierto tiempo. Hay que recuperar la política como herramienta de transformación, como servicio real al bien común.
En definitiva, solo recuperando la política en su sentido más noble será posible desterrar la politiquería que hoy contamina nuestras instituciones y limita nuestras posibilidades de desarrollo.
Las cosas por su nombre Sin Tapujos ni Ambages




