SIN MORDAZA

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Cada vez que ocurre un derrame en el sistema de Camisea, la reacción oficial suele repetirse como un libreto burocrático: la empresa anuncia investigaciones internas, el Estado promete supervisión y, con suerte, meses después aparece alguna multa administrativa. El gas sigue fluyendo, las exportaciones continúan y el país vuelve a mirar hacia otro lado. Pero hay una pregunta que casi nunca se formula con la contundencia que merece: ¿quién compensa realmente al Perú cuando se daña su patrimonio energético?

El Proyecto Camisea fue presentado como la gran promesa de soberanía energética del país. Se dijo que el gas abarataría la energía, fortalecería la economía y beneficiaría directamente a los peruanos. Dos décadas después, el balance invita a una mirada menos complaciente. Camisea produce enormes volúmenes de energía y genera millonarios ingresos, pero cada incidente —cada fuga, cada derrame, cada contingencia en el ducto— deja al descubierto una realidad incómoda: el Estado peruano sigue siendo un administrador débil de su propia riqueza natural.

Cuando ocurre un derrame, el debate suele reducirse a compensaciones locales: reparación ambiental, indemnizaciones a comunidades cercanas o sanciones administrativas. Todo eso es necesario. Pero la discusión queda corta. El gas de Camisea no es propiedad de un consorcio ni de una empresa privada; pertenece a la nación. Y cuando ese recurso se pierde, se contamina o se administra sin la debida responsabilidad, el daño no es únicamente ambiental: es también económico y nacional.

Porque el impacto no termina en la selva ni en el punto exacto del incidente. Sus efectos alcanzan a miles de ciudadanos que, lejos del ducto, sienten otra consecuencia: el aumento del costo de los combustibles y de la energía. En un país donde el transporte, la producción agrícola, la industria y la economía familiar dependen del precio de los carburantes, cualquier alteración en la cadena energética termina golpeando el bolsillo del ciudadano común.

Cada alza en los combustibles se traduce en pasajes más caros, alimentos más costosos y mayores gastos para pequeños transportistas, comerciantes y trabajadores independientes. Es decir, una cadena silenciosa de perjuicios económicos que termina pagando el peruano de a pie, el mismo que nunca participó en la negociación de los contratos ni en las decisiones estratégicas sobre los recursos del país.

Ahí está la paradoja peruana: un país productor de gas natural donde la energía sigue siendo cara para millones de ciudadanos.

El problema de fondo es la asimetría entre el poder económico de los grandes proyectos extractivos y la fragilidad institucional del Estado. Mientras las empresas operan con contratos blindados y equipos legales internacionales, el Estado responde con regulaciones tardías, fiscalizaciones débiles y sanciones que muchas veces terminan siendo apenas un costo menor dentro del balance corporativo.

Por eso el debate sobre compensaciones debería ampliarse. No basta con reparar el área afectada o pagar indemnizaciones puntuales. Cuando un recurso estratégico sufre pérdidas, interrupciones o impactos ambientales que terminan afectando la economía nacional, el país tiene derecho a exigir responsabilidades proporcionales al valor de ese recurso.

No se trata de oponerse a la inversión privada ni de negar la importancia del gas en la economía. Se trata de recordar algo elemental que muchas veces parece olvidarse en la política peruana: los recursos naturales pertenecen al país, no a los contratos ni a las coyunturas políticas.

Si el gas se fuga, si el ecosistema se deteriora y si además los ciudadanos terminan pagando combustibles más caros, entonces el problema no es solo ambiental ni técnico. Es también un problema de justicia económica.

Porque al final, la escena se repite con una obstinación casi cínica: el recurso es nacional, el negocio es gigantesco, pero el costo —directo o indirecto— termina cayendo sobre el ciudadano común.

Y en un país donde la riqueza natural convive con una institucionalidad frágil, esa ecuación suele resolverse siempre de la misma manera: la renta se concentra arriba y las consecuencias se reparten abajo. Una fórmula conocida, demasiado conocida, en la historia política del Perú.

Mientras miles de firmas son observadas por presunta falsificación, las organizaciones siguen en carrera y la responsabilidad se diluye en operadores menores. La justicia apunta al mensajero, pero rara vez toca al beneficiario.

El escándalo de las firmas falsas no es un desliz administrativo: es una señal estructural del deterioro del sistema de partidos. Agrupaciones como Perú Primero, Primero la Gente, Voces del Pueblo, Perú Moderno, PRIN, Fe en el Perú y Ahora Nación, entre otras, han sido señaladas por presentar miles de firmas observadas o descartadas por presuntas irregularidades en sus procesos de inscripción. La magnitud no es menor: ciudadanos que nunca firmaron aparecen afiliados; planillones con patrones repetitivos; inconsistencias que no son anecdóticas sino masivas.

Sin embargo, el impacto político es sorprendentemente limitado. Las investigaciones avanzan en el plano penal, pero dirigidas a recolectores, tramitadores o intermediarios. El diseño legal exige probar que la dirigencia partidaria conocía o promovía el fraude para alcanzar responsabilidad institucional. Esa carga probatoria, compleja y lenta, opera como un escudo práctico: mientras el Ministerio Público indaga y los peritajes se acumulan, los partidos mantienen su inscripción y continúan organizándose con miras a la contienda electoral.

El problema de fondo no es solo jurídico, sino democrático. Si un partido obtiene su inscripción con un padrón inflado o adulterado, el beneficio político ya está consumado. La sanción individual —cuando llega— no revierte el efecto institucional. Así, el sistema transmite un mensaje peligroso: el riesgo penal es personal y diferido; el premio político es inmediato y colectivo. En un país marcado por la fragilidad partidaria y la desconfianza ciudadana, esta asimetría erosiona la legitimidad antes incluso de que se emita el primer voto.

La pregunta que queda es incómoda pero inevitable: ¿puede consolidarse una democracia sólida cuando sus actores nacen bajo sospecha y el marco legal resulta insuficiente para depurar responsabilidades estructurales? Sin reformas que fortalezcan los mecanismos de control y establezcan consecuencias claras para las organizaciones que se beneficien de prácticas irregulares, el sistema seguirá produciendo partidos formalmente válidos pero políticamente cuestionados. Y una democracia que normaliza esa contradicción corre el riesgo de vaciarse desde adentro.

Hay una tragedia silenciosa en la política peruana: no es solo la corrupción, es la mediocridad. No es solo el robo, es la improvisación. Vivimos en tiempos donde el poder se reparte entre incapaces y denunciados; entre operadores astutos y funcionarios que aprenden en el cargo lo que debieron saber antes de asumirlo.

Y mientras tanto, los capaces y honestos siguen en pausa.

El debate público gira en torno a cuotas ideológicas, lealtades partidarias y venganzas políticas. Se cuestiona si un premier es de derecha o de izquierda, pero rara vez se discute si es competente. Se exige pureza doctrinaria, pero no se exige hoja de vida impecable. La vara moral cambia según el color del nombramiento, los funcionarios son elegidos por los que hicieron campaña así estos no estén preparados o no sean honestos, lamentable pero cierto.

Cuando gobierna la derecha, convoca a los suyos —aunque estén cuestionados o denunciados— en nombre de la gobernabilidad.
Cuando gobierna la izquierda, hace lo mismo —aunque no tengan capacidad o experiencia— en nombre del cambio.

El resultado es el mismo: un Estado ineficiente y debilitado.

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, más del 70% del empleo en el país es informal. La pobreza se mantiene cerca del 29%. La inseguridad golpea con particular crudeza al sur andino. Y, sin embargo, la discusión política sigue atrapada en la lógica del botín.

El Congreso de la República arrastra niveles de desaprobación que superan el 80% en diversas mediciones. Los partidos políticos son las instituciones con menor credibilidad. Y aun así actúan como si representaran reservas morales incuestionables.

La pregunta es incómoda:
¿Dónde están los profesionales con experiencia probada, trayectoria limpia y vocación pública?

No están en las listas de funcionarios. No encabezan ministerios. No lideran reformas. Permanecen al margen, desplazados por la lógica del cálculo político o la militancia ciega.

En el Perú se ha normalizado algo peligroso: que la política sea un espacio donde la capacidad es secundaria y la honestidad negociable. Se tolera al ineficiente si es leal. Se justifica al cuestionado si es útil. Se relativiza la ética si garantiza votos.

Pero ningún país se desarrolla con cuadros improvisados.
Ninguna democracia se fortalece con funcionarios investigados.
Ningún Estado se moderniza con ministros que aprenden a gobernar sobre la marcha.
Y para que sea mas objetivo y real, solo veamos las cárceles del Perú llenas de tantas exautoridades, todos por actos de corrupción.

Entonces la crisis no es solo institucional. Es cultural. Hemos reducido la exigencia pública. Hemos aceptado que “todos roban” o que “nadie está preparado”. Esa resignación es el verdadero triunfo de la corrupción y la mediocridad.

Y entonces la pregunta final, para quienes aún creen en la República, es inevitable:

¿Cuándo dejaremos de elegir entre el ladrón hábil y el incapaz bien intencionado, y empezaremos a exigir al competente íntegro?

Porque mientras no cambiemos ese estándar, los capaces y honestos seguirán esperando.
Y el país seguirá pagando.
las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

El Perú no está simplemente dividido: está capturado. Capturado por una clase política que convierte cada crisis en oportunidad de cálculo y por un ecosistema mediático que, demasiadas veces, editorializa según conveniencia empresarial antes que por vocación de servicio público.

Hoy el país vuelve a tener un presidente bajo denuncias serias. No son rumores de sobremesa ni especulaciones de redes: son cuestionamientos que deben investigarse con rigor, independencia y celeridad. La experiencia reciente obliga a no minimizar nada. En las últimas dos décadas, cuatro expresidentes peruanos han sido investigados por corrupción. Desde Pedro Pablo Kuczynski hasta Pedro Castillo, pasando por procesos que alcanzaron a exmandatarios anteriores, el patrón no es anecdótico: es estructural.

Pero el otro lado del problema es igual de corrosivo.

Frente a cada nuevo gobierno, la oposición no parece preguntarse cómo garantizar estabilidad con fiscalización firme, sino cómo acelerar el desgaste. No se debate programa contra programa; se calcula escenario contra escenario. No se piensa en reformas; se piensa en correlación de fuerzas. La vacancia dejó de ser mecanismo constitucional excepcional y se convirtió en amenaza latente.

El resultado es un país que ha tenido seis presidentes en menos de cinco años y ocho en una década. Ninguna economía seria prospera con ese nivel de volatilidad política. La inversión se retrae, el crecimiento se desacelera y la incertidumbre se convierte en política de Estado.

Mientras tanto, el ciudadano sobrevive.

Según el Latinobarómetro, la confianza en el Congreso y en los partidos políticos en el Perú suele ubicarse por debajo del 15%. La desaprobación parlamentaria ha superado en distintos momentos el 80%. Es decir, quienes se disputan el poder lo hacen desde una legitimidad social profundamente erosionada. Y aun así, actúan como si el país fuera una pieza de ajedrez y no una comunidad exhausta.

¿Y los medios?

Los medios deberían ser contrapeso, vigilancia, incomodidad permanente frente al poder. Pero una parte significativa del ecosistema mediático ha optado por la alineación estratégica: suaviza cuando conviene, amplifica cuando interesa, calla cuando incomoda a sus propios vínculos. No todos, por supuesto. Pero los suficientes como para que la ciudadanía perciba que la independencia editorial también está bajo sospecha.

En este escenario, el Perú no discute un proyecto nacional. Discute cuotas.

El Ejecutivo se defiende.
La oposición calcula.
Los medios negocian relevancia e influencia.

¿Y el país? El país espera.

Es imposible construir estabilidad cuando la política funciona como mercado de intereses y no como sistema de responsabilidades. Es imposible hablar de gobernabilidad cuando la denuncia se usa como arma selectiva y no como principio ético. Es imposible pedir sacrificios a la ciudadanía cuando quienes dirigen el debate público no sacrifican nada propio.

La democracia no muere solo por golpes abruptos. También se desgasta por cinismo acumulado.

El Perú no necesita unanimidad ni pactos de impunidad. Necesita reglas claras, investigaciones sin blindajes, oposición con vocación de Estado y medios que incomoden al poder aunque eso afecte relaciones comerciales.

De lo contrario, seguiremos atrapados en el mismo ciclo: presidentes cuestionados, oposiciones oportunistas, medios acomodaticios… y una ciudadanía cada vez más distante.

Un país secuestrado no colapsa de inmediato.
Primero se acostumbra.

Y eso, quizá, es lo más peligroso de todo.

Ocho presidentes en diez años. La cifra no es una curiosidad estadística: es la radiografía de una república fatigada. Desde 2016 hasta hoy, el país ha transitado por los despachos de Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y ahora José María Balcázar. Un promedio de quince meses por mandato. Un vértigo impropio de cualquier democracia que aspire a algo más que sobrevivir.

Pero el problema no es solo la rotación. Es el contexto que la acompaña. La mayoría de estos jefes de Estado terminó con investigaciones fiscales abiertas, procesos judiciales en curso, inhabilitaciones o salidas forzadas en medio de escándalos. En menos de una década, el Perú vio a expresidentes con prisión preventiva, acusaciones por corrupción, procesos por rebelión y cuestionamientos por decisiones adoptadas en medio de protestas sociales. La política dejó de debatirse en términos de programa y gestión para instalarse en el terreno penal. Gobernar se volvió sinónimo de defenderse.

La institucionalidad en desgaste

La confrontación entre Ejecutivo y Legislativo ya no es excepción: es método. Vacancias convertidas en amenaza permanente, censuras ministeriales como herramienta de presión, acusaciones constitucionales activadas según conveniencia. La desaprobación presidencial superó reiteradamente el 70%, mientras la confianza en el Congreso se mantuvo en niveles históricamente bajos.

El resultado es un Estado que transmite provisionalidad incluso cuando no está formalmente en transición. Cada presidente asume con fecha de caducidad implícita; cada gabinete nace bajo sospecha. La democracia no ha colapsado, pero vive sitiada por la desconfianza.

El costo económico de la inestabilidad

Hubo un tiempo en que el Perú era citado como ejemplo de estabilidad macroeconómica en Sudamérica. Hoy, tras el rebote pospandemia, el crecimiento se desaceleró con fuerza e incluso registró contracciones recientes. La inversión privada —en minería e infraestructura— mostró retrocesos en varios trimestres consecutivos. Proyectos estratégicos quedaron entrampados entre conflictos sociales y un entorno político imprevisible.

Las agencias calificadoras advirtieron que la incertidumbre institucional impacta directamente en la confianza y en el riesgo país. La ecuación es simple: sin estabilidad política no hay previsibilidad económica. Y sin previsibilidad, la inversión espera… o se va.

La democracia sitiada por sus propios socios

Reducir la crisis a la debilidad de los presidentes sería cómodo. Aquí hay responsabilidades compartidas. Pero también hay actores con peso específico en esta arquitectura de demolición. Desde el Congreso, Fuerza Popular y el bloque que orbita a su alrededor han sido protagonistas constantes de la confrontación.

No se trata de absolver a nadie. Se trata de nombrar dinámicas. La caída de Kuczynski no se explica sin el asedio parlamentario. La vacancia de Vizcarra prosperó con votos que privilegiaron aritmética antes que estabilidad. El breve interinato de Merino —respaldado mayoritariamente por el Congreso— terminó en protestas masivas y crisis institucional. Luego vinieron alianzas tácticas, distanciamientos calculados y recomposiciones según el clima político.

El patrón se repite: un Congreso que no gobierna, pero decide quién gobierna y cuánto dura. Cuando la estabilidad del país compite con la oportunidad política, la tentación de lo segundo suele imponerse.

Imagen internacional en entredicho

En foros y reportes de riesgo, el Perú ya no aparece como el alumno aplicado de la región. Ocho presidentes en diez años, seis con investigaciones fiscales abiertas, confrontación crónica entre poderes. El relato externo dejó de ser el del “milagro peruano” para convertirse en el de una democracia frágil atrapada en su propio diseño institucional.

¿Crisis coyuntural o crisis de sistema?

La llegada de Balcázar no inaugura la crisis; la continúa. El problema no es solo quién ocupa el despacho presidencial, sino el mecanismo que permite que la política se convierta en campo de batalla permanente y antesala judicial.

Ocho presidentes en diez años no son un accidente. Son síntoma de una arquitectura institucional desgastada, donde la legitimidad se erosiona más rápido que los mandatos y donde la supervivencia partidaria prima sobre la gobernabilidad.

El Perú enfrenta algo más profundo que una crisis de gobierno.

Enfrenta una crisis de confianza.

Y sin confianza —interna y externa— ningún país sostiene crecimiento, estabilidad ni futuro.

El Congreso soltó la carga cuando ya quemaba. No antes. No por escrúpulo. No por convicción. La salida de José Jeri no fue una epifanía institucional sino un acto reflejo de supervivencia.

Durante semanas —o los días que bastaron para que el desgaste hiciera mella— el Congreso de la República administró el silencio. Mientras el costo político fue tolerable, el interino fue defendido con tecnicismos y apelaciones vacías a la estabilidad. Pero cuando la presión pública empezó a trepar y el descrédito amenazó con salpicar más allá del despacho cuestionado, la lealtad se volvió inflamable.

Y entonces lo soltaron.

No es un hecho aislado. Es un patrón. Según encuestas nacionales de los últimos años, el Congreso peruano arrastra niveles de desaprobación que han oscilado entre el 80% y el 90%. Es, consistentemente, una de las instituciones con menor credibilidad del país. En ese contexto, cada escándalo no es un incidente: es gasolina sobre una estructura ya erosionada. El cálculo es simple: sostener a un funcionario cuestionado en medio de semejante fragilidad es políticamente suicida.

La ética no entró en la ecuación. Entró el miedo.

El respaldo decisivo de Fuerza Popular tampoco respondió a una súbita conversión moral. El fujimorismo —como otras fuerzas en el Parlamento— ha demostrado que su coherencia es estratégica: sostiene mientras conviene, se aparta cuando el incendio amenaza con propagarse. No hay sorpresa; hay método.

Lo más grave no es que Jeri haya dejado el cargo. Eso era lo mínimo exigible. Lo preocupante es que haya sido necesario el ruido externo para que el Parlamento actuara. En una democracia sólida, la responsabilidad precede al escándalo. Aquí, el escándalo es la condición previa de la responsabilidad.

Y mientras tanto, los candidatos presidenciales ensayan discursos solemnes sobre institucionalidad y reforma política. Hablan de “recuperar la confianza ciudadana” en un país donde, según diversas mediciones, más del 70% de peruanos declara no confiar en los partidos. Prometen limpieza desde tribunas que mañana podrían compartir con los mismos bloques que hoy cuestionan. La indignación, en campaña, es un recurso retórico; en el poder, suele volverse negociable.

El Congreso reaccionó. Sí. Pero reaccionó tarde y por conveniencia. No fue el decoro el que destituyó; fue la presión la que obligó.

Se fue uno. El mecanismo quedó intacto.

Y mientras el Parlamento actúe cuando quema y no cuando corresponde, la política peruana seguirá confundiendo dignidad con cálculo y responsabilidad con miedo.

En el Perú la memoria electoral dura menos que una campaña. Cada cinco años fingimos amnesia colectiva y volvemos a escuchar las mismas promesas con distinto afiche. Después, cuando la decepción se instala, repetimos el ritual: indignación, memes, olvido. Y otra vez a empezar.

Si algo deberíamos preguntarnos antes de marcar la cédula es esto: ¿a quiénes jamás deberíamos volver a premiar con el voto?

No hablamos de nombres. Hablamos de categorías morales y políticas.

1. Los que ya gobernaron mal y piden segunda oportunidad

En las últimas dos décadas, el Perú ha visto cómo seis expresidentes han sido investigados o procesados por corrupción. No es una anécdota: es un patrón histórico.

Cuando un gobernante tuvo presupuesto, mayoría o poder suficiente y dejó como saldo ineficiencia, escándalos o parálisis institucional, no estamos ante “errores humanos”, sino ante incapacidad estructural.

Reelegir a quien ya fracasó no es esperanza: es reincidencia.

El Congreso peruano ha alcanzado niveles de desaprobación que en distintos momentos han superado el 80% según encuestas nacionales. Aun así, muchos de sus integrantes buscan volver como si el rechazo ciudadano fuera un simple detalle estadístico.

Cuando la política se convierte en carrera vitalicia, el incentivo deja de ser servir y pasa a ser permanecer. Y el que solo piensa en quedarse termina legislando para su red, no para el país.

La experiencia es valiosa; el enquistamiento no.

3. Los improvisados sin preparación técnica

El Perú arrastra brechas estructurales graves:

Más del 70% de informalidad laboral.

Déficits históricos en salud y educación pública.

Ejecución presupuestal deficiente en gobiernos regionales y locales.

Frente a esa complejidad, hay candidatos que no pueden explicar cómo funciona el presupuesto público, qué competencias tiene cada nivel de gobierno o cómo se financia una promesa.

Gobernar no es improvisar. No es indignarse en televisión ni viralizar frases en redes. La ignorancia en el poder no es simpática: es costosa.

4. Los partidos con cultura de corrupción

Cuando una organización política presenta sistemáticamente candidatos investigados, condenados o cuestionados, el problema no es individual: es cultural.

La corrupción en el Perú le cuesta al país miles de millones de soles al año según estimaciones oficiales. Ese dinero no es abstracto: es infraestructura que no se construye, hospitales que no se equipan, escuelas que no se mejoran.

Votar por partidos que normalizan estas prácticas no es ingenuidad: es complicidad pasiva.

5. Los populistas fiscales

Cada elección trae ofertas imposibles: eliminación masiva de impuestos, subsidios generalizados, bonos permanentes sin reforma estructural.

Pero el déficit fiscal no se paga con aplausos. Se paga con inflación, recorte o deuda. Y quien promete sin explicar el costo real no está siendo solidario; está siendo irresponsable.

El populismo es barato en campaña y carísimo en gobierno.

6. Los que confunden política con espectáculo

Hay candidatos que creen que gobernar es polemizar, provocar o transmitir en vivo cada decisión. Pero el Estado no es un set de televisión.

La política seria exige método, equipo técnico, institucionalidad.
El show produce likes. La gestión produce resultados.

Y el Perú no necesita animadores. Necesita administradores competentes.

La responsabilidad del votante

El problema no es solo quién se postula. Es quién legitima.

Mientras el ciudadano premie:

La improvisación,

La reincidencia,

La corrupción normalizada,

El populismo fiscal,

seguiremos obteniendo los mismos resultados con distintos rostros.

La democracia no se degrada sola. Se degrada cuando el votante baja el estándar.

Antes de preguntar por quién votarás, pregúntate a quién jamás deberías volver a darle tu confianza.

Porque el voto no es un acto emocional.
Es un contrato moral con consecuencias históricas.

Y esta vez, el país ya no puede darse el lujo de firmar otro contrato fallido.

En el Perú la palabra “indignante” ya no alcanza. Se ha vuelto un adjetivo gastado, casi burocrático, frente a hechos que deberían sacudir hasta los cimientos de la República. Que siete policías integren la banda de un asesino responsable de 78 muertes no es un simple escándalo: es la radiografía de un Estado perforado, un uniforme convertido en salvoconducto del crimen y una sociedad obligada a financiar a quienes debían protegerla.

Erick Moreno, “El Monstruo”, no fue un lobo solitario. Caminó durante años con escolta informal del propio sistema. La organización “Los Injertos del Cono Norte” hacía reglaje con información privilegiada, conocía la capacidad económica de sus víctimas y se movía con la tranquilidad del que sabe que la patrulla no llegará a tiempo porque la patrulla trabaja para él. No hablamos de un policía descarriado, sino de siete agentes que, según la propia PNP, eran parte orgánica del engranaje criminal. ¿Cuántos más miraron a otro lado? ¿Cuántos superiores firmaron informes complacientes?

Las cifras ayudan a entender la dimensión del abismo. En la última década la tasa de homicidios en el país casi se duplicó: de alrededor de 5 por cada 100 mil habitantes en 2013 a más de 9 en 2023, con picos dramáticos en Lima Norte y La Libertad. Paralelamente, más de 3 mil policías han sido investigados por delitos graves desde 2018, y solo una fracción terminó con condena efectiva. Es decir, el Estado persigue a medias a sus propios guardianes mientras los cementerios se llenan completos.

Lo de “El Monstruo” es apenas un capítulo de una novela repetida. Ayer fueron los escuadrones de Trujillo cobrando cupos; antes, los patrulleros alquilados para seguridad privada; hoy, agentes que filtran bases de datos para extorsionar. Cambian los rostros, no el libreto. Y mientras tanto los ministros desfilan prometiendo “reformas históricas” que duran menos que un estado de emergencia.

Más grave aún es la metástasis municipal. El tal “Ojitos”, operador en Comas, demuestra que el crimen ya no toca la puerta del Estado: vive adentro, firma órdenes de servicio y se toma fotos en inauguraciones. La frontera entre autoridad y hampón se volvió una línea punteada. Cuando el general Moreno admite que había protección de “autoridades y personas que filtraban información”, está describiendo un cogobierno del hampa.

Nos repiten que la banda ha sido desarticulada. Mentira piadosa. Los disidentes de “Cachete” ya disputan territorios y replican rutas hacia Bolivia, como si el país fuera un corredor logístico del delito. La experiencia enseña que cada captura produce dos reemplazos y tres nuevos mercados. El crimen se comporta como inversión extranjera: donde ve impunidad, se expande.

El problema no es solo policial, es político. Un Estado que paga sueldos miserables, que asciende por compadrazgo y que protege a los malos elementos, fabrica sus propios monstruos. Y luego nos pide paciencia, como si los 78 muertos pudieran esperar el próximo plan piloto.

Quizá la pregunta correcta no sea cuántos policías cayeron con “El Monstruo”, sino cuántos monstruos más visten uniforme. El día que la respuesta deje de darnos miedo, ese día habremos aceptado vivir en una república tomada. Y entonces ya no habrá columna, ni estadística, ni editorial que nos salve de nosotros mismos.

 

Cada verano Cusco vuelve a mirarse en el mismo espejo roto. Cambian los gobernantes, se renuevan los discursos, se imprimen nuevos planes de gestión del riesgo con portadas relucientes, pero el resultado es idéntico: puentes que colapsan, carreteras partidas, pueblos aislados y ciudadanos convertidos en estadísticas de la desidia. La naturaleza hace su trabajo; el Estado, como siempre, llega tarde.

El informe de CENEPRED no es una profecía sino un acta de acusación. Ochenta y una zonas críticas por movimientos en masa, sesenta y cuatro puntos con alto riesgo de inundación y más de 116 mil cusqueños expuestos a un peligro perfectamente identificado. No hablamos de un rayo imprevisible, sino de una amenaza con mapas, coordenadas y antecedentes. Aun así, la respuesta pública ha sido la de siempre: esperar que el desastre tenga la cortesía de no ocurrir.

Lo que sucede hoy en Paruro, Espinar, Paucartambo, Canchis o La Convención no es mala suerte; es política mal hecha. El colapso del puente de Pitumarca no lo provocó solo el río embravecido, sino décadas de obras improvisadas, de expedientes inflados y de autoridades que inauguran gaviones como si fueran catedrales y luego desaparecen cuando el caudal les pasa por encima. Después vendrán las comisiones investigadoras y el viejo libreto del “evento extraordinario”, coartada favorita de la mediocridad.

Se cierran Choquequirao, la ruta amazónica a Machupicchu y el acceso a Humantay. El turismo —ese dios al que Cusco le reza todo el año— entra en pausa y con él la economía de miles de familias. Pero ningún gobernador, ningún alcalde, ningún ministro asumirá que el verdadero desastre no es la lluvia, sino la falta crónica de prevención. El barro se limpia; la incapacidad, no.

Esta es la historia de siempre con gobernantes diferentes en cada periodo, pero iguales en su ineptitud. Unos llegan con chaleco nuevo y casco para la foto; otros con maquetas digitales y consultorías millonarias. Todos repiten el mismo ritual: declarar emergencia, pedir presupuesto, culpar al cambio climático y prometer que “ahora sí” se hará planificación territorial. Al final, el agua vuelve a recordarles quién manda.

Cusco concentra una de las mayores densidades de riesgo del país, pero el ordenamiento urbano sigue siendo un chiste cruel, los ríos continúan invadidos por construcciones ilegales y las carreteras se levantan donde el cerro respira. El Estado permite que la gente viva sobre dinamita geológica y luego se indigna cuando la dinamita explota.

La tragedia no es solo material; es moral. Nos hemos acostumbrado a contar emergencias como quien cuenta partidos de fútbol. Veinte desastres en una semana, decimos, y seguimos. Detrás de cada cifra hay un niño sin colegio, un agricultor sin chacra, una familia durmiendo en carpa. Ellos pagan el precio de un sistema que confunde prevención con ceremonia y gestión con propaganda.

La pregunta final es incómoda: ¿para qué sirven nuestras autoridades si ni siquiera pueden hacer lo que los informes técnicos les gritan al oído? Las alertas estaban sobre la mesa. Lo que faltó no fue información, sino vergüenza.

Cusco no se está inundando solo por la lluvia. Se inunda por décadas de gobiernos que aprendieron a sobrevivir del desastre y no a evitarlo.

Y mientras se acercan nuevas elecciones, los mismos que hoy se esconden detrás de los comunicados ya afilan sus carteles de reelección. Volverán con otro color, con otro logo y con la misma incapacidad de siempre. Votar por ellos sería firmar el próximo huaico con lapicero. Cusco necesita castigo político a la incompetencia, no segundas oportunidades para el fracaso. Porque si reelegimos a los responsables de esta tragedia repetida, después no le echemos la culpa al río: el desastre también se elige en las urnas.

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