marzo 1, 2026

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Mientras miles de firmas son observadas por presunta falsificación, las organizaciones siguen en carrera y la responsabilidad se diluye en operadores menores. La justicia apunta al mensajero, pero rara vez toca al beneficiario.

El escándalo de las firmas falsas no es un desliz administrativo: es una señal estructural del deterioro del sistema de partidos. Agrupaciones como Perú Primero, Primero la Gente, Voces del Pueblo, Perú Moderno, PRIN, Fe en el Perú y Ahora Nación, entre otras, han sido señaladas por presentar miles de firmas observadas o descartadas por presuntas irregularidades en sus procesos de inscripción. La magnitud no es menor: ciudadanos que nunca firmaron aparecen afiliados; planillones con patrones repetitivos; inconsistencias que no son anecdóticas sino masivas.

Sin embargo, el impacto político es sorprendentemente limitado. Las investigaciones avanzan en el plano penal, pero dirigidas a recolectores, tramitadores o intermediarios. El diseño legal exige probar que la dirigencia partidaria conocía o promovía el fraude para alcanzar responsabilidad institucional. Esa carga probatoria, compleja y lenta, opera como un escudo práctico: mientras el Ministerio Público indaga y los peritajes se acumulan, los partidos mantienen su inscripción y continúan organizándose con miras a la contienda electoral.

El problema de fondo no es solo jurídico, sino democrático. Si un partido obtiene su inscripción con un padrón inflado o adulterado, el beneficio político ya está consumado. La sanción individual —cuando llega— no revierte el efecto institucional. Así, el sistema transmite un mensaje peligroso: el riesgo penal es personal y diferido; el premio político es inmediato y colectivo. En un país marcado por la fragilidad partidaria y la desconfianza ciudadana, esta asimetría erosiona la legitimidad antes incluso de que se emita el primer voto.

La pregunta que queda es incómoda pero inevitable: ¿puede consolidarse una democracia sólida cuando sus actores nacen bajo sospecha y el marco legal resulta insuficiente para depurar responsabilidades estructurales? Sin reformas que fortalezcan los mecanismos de control y establezcan consecuencias claras para las organizaciones que se beneficien de prácticas irregulares, el sistema seguirá produciendo partidos formalmente válidos pero políticamente cuestionados. Y una democracia que normaliza esa contradicción corre el riesgo de vaciarse desde adentro.

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