febrero 24, 2026

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Hay una tragedia silenciosa en la política peruana: no es solo la corrupción, es la mediocridad. No es solo el robo, es la improvisación. Vivimos en tiempos donde el poder se reparte entre incapaces y denunciados; entre operadores astutos y funcionarios que aprenden en el cargo lo que debieron saber antes de asumirlo.

Y mientras tanto, los capaces y honestos siguen en pausa.

El debate público gira en torno a cuotas ideológicas, lealtades partidarias y venganzas políticas. Se cuestiona si un premier es de derecha o de izquierda, pero rara vez se discute si es competente. Se exige pureza doctrinaria, pero no se exige hoja de vida impecable. La vara moral cambia según el color del nombramiento, los funcionarios son elegidos por los que hicieron campaña así estos no estén preparados o no sean honestos, lamentable pero cierto.

Cuando gobierna la derecha, convoca a los suyos —aunque estén cuestionados o denunciados— en nombre de la gobernabilidad.
Cuando gobierna la izquierda, hace lo mismo —aunque no tengan capacidad o experiencia— en nombre del cambio.

El resultado es el mismo: un Estado ineficiente y debilitado.

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, más del 70% del empleo en el país es informal. La pobreza se mantiene cerca del 29%. La inseguridad golpea con particular crudeza al sur andino. Y, sin embargo, la discusión política sigue atrapada en la lógica del botín.

El Congreso de la República arrastra niveles de desaprobación que superan el 80% en diversas mediciones. Los partidos políticos son las instituciones con menor credibilidad. Y aun así actúan como si representaran reservas morales incuestionables.

La pregunta es incómoda:
¿Dónde están los profesionales con experiencia probada, trayectoria limpia y vocación pública?

No están en las listas de funcionarios. No encabezan ministerios. No lideran reformas. Permanecen al margen, desplazados por la lógica del cálculo político o la militancia ciega.

En el Perú se ha normalizado algo peligroso: que la política sea un espacio donde la capacidad es secundaria y la honestidad negociable. Se tolera al ineficiente si es leal. Se justifica al cuestionado si es útil. Se relativiza la ética si garantiza votos.

Pero ningún país se desarrolla con cuadros improvisados.
Ninguna democracia se fortalece con funcionarios investigados.
Ningún Estado se moderniza con ministros que aprenden a gobernar sobre la marcha.
Y para que sea mas objetivo y real, solo veamos las cárceles del Perú llenas de tantas exautoridades, todos por actos de corrupción.

Entonces la crisis no es solo institucional. Es cultural. Hemos reducido la exigencia pública. Hemos aceptado que “todos roban” o que “nadie está preparado”. Esa resignación es el verdadero triunfo de la corrupción y la mediocridad.

Y entonces la pregunta final, para quienes aún creen en la República, es inevitable:

¿Cuándo dejaremos de elegir entre el ladrón hábil y el incapaz bien intencionado, y empezaremos a exigir al competente íntegro?

Porque mientras no cambiemos ese estándar, los capaces y honestos seguirán esperando.
Y el país seguirá pagando.
las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

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