Portada

[custom_breadcrumbs]

Gobierno cierra filas en defensa de Nicanor Boluarte y expone el poder paralelo de la familia presidencial

La defensa cerrada del Consejo de Ministros a Nicanor Boluarte, hermano de la presidenta, revela una estructura de poder informal dentro del Ejecutivo. El caso “Ícaro 2025” destapa una presunta red criminal que habría infiltrado al Estado para beneficio político y económico.


Una defensa institucional a un civil no electo

La reacción del Gobierno tras el allanamiento al domicilio de Nicanor Boluarte hermano de la presidenta Dina Boluarte ha generado más preguntas que respuestas. El Consejo de Ministros no solo criticó abiertamente al Ministerio Público, sino que lo hizo como si el investigado fuera un alto funcionario del Estado.

Desde el titular de Economía, Raúl Pérez Reyes, hasta el de Justicia, Juan José Santiváñez, las voces del gabinete han coincidido en calificar la intervención fiscal como un “show”, un “abuso” o una “exageración”. El tono institucional de la defensa ha sido tal que la figura de Nicanor ha sido tratada públicamente como si fuese el verdadero centro del poder político.


¿A quién responden los ministros: a la presidenta o a su hermano?

Las críticas apuntan a una peligrosa confusión de roles dentro del Ejecutivo. En un sistema democrático, los ministros son nombrados por la presidenta y responden exclusivamente a ella y a la Constitución, no a sus familiares.

Sin embargo, el alineamiento automático de todo el gabinete frente a una diligencia judicial contra un ciudadano sin cargo público muestra la profundidad de la influencia de Nicanor Boluarte dentro del régimen. Más que protegerlo, esta defensa lo delata: nadie defiende con ese fervor a un civil cualquiera, a menos que tenga poder real.


Operación Ícaro 2025: la investigación que acorrala al hermano presidencial

El caso, denominado “Ícaro 2025”, es una de las investigaciones más serias que ha enfrentado un entorno presidencial en los últimos años. Conducida por el Equipo Especial de Fiscales contra la Corrupción del Poder (Eficcop), al mando de Marita Barreto, la operación tiene como objetivo desarticular una red criminal que habría capturado cargos públicos para beneficio político y económico.

Cuatro hechos delictivos clave identificados por la Fiscalía:

  1. Nombramiento irregular de prefectos y subprefectos, a cambio de firmas y apoyo político para inscribir el partido Ciudadanos por el Perú.
  2. Infiltración institucional, mediante el control de cargos regionales y locales como parte de una estrategia de poder.
  3. Cobros de hasta 100 mil dólares por operaciones policiales ilegales, especialmente en Ayacucho.
  4. Participación directa del exministro del Interior, Juan José Santiváñez, señalado como uno de los principales operadores de esta red, durante su paso por el gabinete.

Este último punto conecta directamente al Ejecutivo con la red criminal. Santiváñez, quien hasta hace poco era ministro, es ahora investigado por utilizar su cargo para facilitar intervenciones irregulares bajo pedido y por encargo político.


Poder paralelo: entre la familia y el gobierno

El caso Ícaro y la reacción del gobierno han revelado más de lo que se pretendía ocultar. El mensaje implícito detrás de la defensa a Nicanor Boluarte es claro: dentro del Estado peruano opera una estructura informal de poder donde los familiares de la presidenta ejercen influencia real, sin rendir cuentas ni ocupar cargos oficiales.

Expertos como el exprocurador Luis Vargas Valdivia han advertido que estas reacciones podrían constituir interferencia política directa en una investigación fiscal. Pero además, abren un debate urgente: ¿Cuánta autoridad real tiene la presidenta si sus ministros actúan como voceros de su hermano?


Reflexión final: el vuelo de Ícaro en Palacio

El nombre de la operación no es casual. Ícaro, en la mitología griega, voló demasiado cerca del sol, embriagado por su ambición, hasta que sus alas se derritieron y cayó al mar. ¿Es Nicanor Boluarte el Ícaro de esta historia política? ¿Y caerá solo, o arrastrará con él a quienes lo protegieron desde el poder?

Lo cierto es que, por ahora, la Fiscalía sigue su curso. Y el país observa, expectante, cómo la separación de poderes se tensa al límite y cómo la figura presidencial se desdibuja bajo la sombra de los lazos familiares.

Cuidado la pista esta sumamente resbalosa para la familia presidencial.

En Cusco, la calle Monjaspata huele a carne podrida. Pero no solo a carne: también a cucarachas, a excremento de rata, a indiferencia, a “así nomás se hace”, a país acostumbrado a tragarse todo, incluso la mugre.

Cuatro locales clausurados. Mil kilos de carne decomisada. De ese total, el 10 % estaba visiblemente en mal estado. ¿Y el resto? A criterio del estómago del consumidor. Porque aquí las cifras son lo de menos: lo que importa es lo que representa. Esto no es un caso aislado, es la rutina que solo escandaliza cuando hay cámaras.

El director de Fiscalización de la Municipalidad de Cusco, Raúl Achahui, se mostró sorprendido. Dijo que la carne estaba mezclada con papeles, prendas de vestir y hasta excremento de roedores. Que había cucarachas. Que la infraestructura era deficiente. Como si todo eso no fuera un secreto a voces, como si Monjaspata no llevara años vendiendo lo mismo, bajo las mismas condiciones, a la misma clientela que, por necesidad o por costumbre, ya no distingue el olor de la podredumbre.

Achahui informó que los locales fueron cerrados temporalmente, y que podrán reabrir una vez que cumplan con levantar las observaciones, presenten sus licencias de funcionamiento, el certificado de Defensa Civil y demás documentos en regla. Es decir, el que se pasó la ley por el tajo solo tiene que ordenar sus papeles, pintar su fachada, y listo: puede volver a vender carne entre ratas y cucarachas, si logra que no lo vean.

Y entonces, la pregunta que nadie quiere responder se impone:
¿Dónde está la sanción real para quienes nos envenenan?
¿Dónde queda el castigo para el que lucra con productos en descomposición? ¿Para el que expone la salud de cientos de personas con cada venta? Porque lo que estamos viendo no es solo informalidad. Es crimen contra la salud pública. Es una forma de violencia tolerada.

Pero claro, aquí clausurar un local es más fácil que enfrentar una red de corrupción, desidia y complicidad. Aquí todo se arregla con un trámite. La vida humana vale una licencia firmada y un certificado colgado en la pared.

Y mientras tanto, esa carne en mal estado la que no se decomisa sigue rodando. Se recicla en las ollas callejeras, se revende más barata, se cuece en caldos que nadie cuestiona. Así se perpetúa el círculo: miseria que alimenta miseria.

La informalidad no es solo una consecuencia de la pobreza, es una excusa permanente para no intervenir a fondo. Para no asumir que el Estado también es responsable de esta cadena de negligencia. Aquí se finge control, se finge autoridad, se finge castigo. Pero la mugre siempre vuelve. Y el hedor también.

No se trata de criminalizar al comerciante pobre. Se trata de proteger al ciudadano pobre que compra sin saber que lo están matando de a pocos. Se trata de recordar que la salud pública no puede depender del olfato del cliente.

Clausuran locales, sí. Pero no clausuran la costumbre. Ni la indiferencia.
Ni la impunidad.

Porque cuando los que nos envenenan pueden volver a vender con solo presentar papeles…
entonces el sistema está podrido.
Y nosotros, acostumbrados al olor.

Las cosas por su nombre y Sin Mordaza

Cuando se denunció que Juan José Santiváñez lideraba una presunta organización criminal desde el mismísimo Ministerio del Interior, lo verdaderamente sorprendente no fue la acusación, sino lo poco que sorprendió.

En el Perú de hoy, que el ministro que estuvo encargado de velar por el orden interno y la lucha contra el crimen organizado esté acusado de encabezar una red delictiva ya no escandaliza; apenas se suma a la larga lista de funcionarios que han hecho del Estado su botín personal.

Pero no podemos ni debemos normalizar esto. Lo que ha revelado la Fiscalía del Eficcop es de una gravedad institucional que debería sacudir al país: Santiváñez habría convertido el aparato policial en un instrumento de extorsión, favores y blindajes, al servicio de empresarios, oficiales corruptos y —clave en todo esto— del círculo íntimo de Palacio de Gobierno.


¿Quiénes están implicados?

La presunta red no era improvisada. Tenía jerarquía, roles definidos y operadores estratégicamente colocados:

  • Juan José Santiváñez, hoy ministro de Justicia (entonces ministro del Interior), abogado penalista con historial de defender a oficiales implicados en represión mortal durante protestas. Según la Fiscalía, fue el cabecilla operativo de una estructura criminal dentro del Estado, usando su ministerio como plataforma de cobros ilegales, contratos direccionados y favores políticos.
  • Percy Tenorio Gamonal, coronel PNP en retiro, exjefe de la Dirección de Operaciones Especiales. Recibió más de S/1 millón en contratos por defensa de generales policiales, según pruebas del Ministerio Público. También habría coordinado operativos para beneficiar a la minera El Dorado, a cambio de sobornos por US$160 000.
  • Gregorio Villalón Trillo, general PNP y exjefe de la Dirección de Medio Ambiente. Se le acusa de haber pagado US$20 000 a Santiváñez para conservar su puesto. Fue el ejecutor del operativo en Ayacucho a favor de una empresa minera privada.
  • Máximo Ramírez de la Cruz, general PNP en retiro, y Yber Torres Pariona, funcionario de la Defensoría del Policía: ambos fueron piezas operativas en la red, encargados de blindar a policías afines y facilitar los contratos ilegales.
  • Yessenia De La Cruz y Marco Palacios Meza, administradora y abogado del estudio jurídico de Santiváñez: encargados de canalizar favores legales para los empresarios mineros involucrados.
  • Y por supuesto, el hombre que está en todas las historias de poder de este gobierno: Nicanor Boluarte, hermano de la presidenta. El Ministerio Público lo menciona como “tercero vinculado” a la red criminal. Su rol: obtener arraigo laboral ficticio en la mina El Dorado (como “trabajador” fantasma), coordinar con operadores policiales y participar en decisiones que afectaban a altos mandos del Interior.

Cuando el poder protege al crimen

Lo más grave no es la existencia de esta red. Es que todo ocurrió bajo conocimiento (y quizás protección) de Palacio. Nicanor Boluarte no es un ciudadano cualquiera. Es el operador político del régimen. Y su cercanía con Santiváñez, Tenorio y demás implicados no es incidental: es estructural.

La presidenta Dina Boluarte, hasta ahora, no ha deslindado de manera clara. ¿Ignoraba lo que hacía su hermano y su ministro? ¿O lo permitió mientras le era útil? ¿Cuántos de estos favores apuntaban a blindar su propia gestión, asegurar apoyos dentro de la Policía y, de paso, financiar su eventual maquinaria electoral?

Recordemos que Nicanor Boluarte ya es investigado por otra presunta red criminal: “Los Waykis en la Sombra”, acusada de copar el Ministerio del Interior con cargos comprados, usar prefectos como operadores políticos y recaudar fondos para crear un partido: Ciudadanos por el Perú. En ese caso también se mencionan pagos, influencias y un patrón de comportamiento criminal reiterado.


Esto no es corrupción. Es captura del Estado.

Estamos ante algo más profundo que un caso de «funcionarios corruptos». Esto sería una estructura mafiosa operando desde el Estado, con un ministro a la cabeza, una policía subordinada a intereses económicos, y un presidente de facto Nicanor operando desde la sombra.

¿Dónde queda la democracia en todo esto? ¿Qué legitimidad tiene un gobierno que sostiene, protege o tolera estas redes?

La respuesta no está solo en una eventual destitución, ni en una renuncia forzada. Está en reconstruir el Estado desde sus cimientos. Porque hoy, el crimen no es lo que el Estado combate —es lo que lo dirige.

Y si no reaccionamos, lo que viene después ya no será una crisis. Será el colapso definitivo de la institucionalidad. Y no habrá nadie más a quien culpar que a nosotros por haberlo permitido.

El mensaje es brutal: el que denuncia es enemigo; el que paga, asciende; el que encubre, gobierna.

hay mucho que reflexionar en base a lo que esta ocurriendo en nuestro amado Perú, cuidado la pista esta sumamente resbalosa, las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

Una escena lamentable se repite con creciente frecuencia en el distrito de San Sebastián, Cusco: personas halladas tiradas en la vía pública, en aparente estado de ebriedad y, según primeras versiones, posibles víctimas de asalto. Lo más alarmante es que estos casos no son hechos aislados ni limitados a una sola zona, sino que se vienen registrando en diferentes sectores del distrito, como parte de una preocupante tendencia de inseguridad urbana.

La pregunta es inevitable: ¿nos estamos acostumbrando a vivir rodeados de cantinas informales, delincuentes que merodean impunemente, y autoridades que prefieren mirar hacia otro lado? ¿San Sebastián se está convirtiendo en una tierra de nadie?


La noche se vuelve peligrosa: cantinas, descontrol y delincuencia

San Sebastián enfrenta un deterioro sostenido de su seguridad ciudadana, alimentado por el crecimiento de establecimientos que expenden alcohol sin regulación. Muchas cantinas y bares informales operan al margen de la ley, a veces con horarios extendidos o sin las condiciones mínimas de seguridad, convirtiéndose en puntos críticos donde proliferan los robos, peleas y agresiones.

Distintos sectores del distrito —urbanizaciones nuevas, zonas cercanas a mercados o avenidas principales— han sido escenarios de hallazgos de personas inconscientes, a menudo sin pertenencias y con signos de haber sido víctimas de actos delictivos. Estos hechos, lejos de ser excepcionales, comienzan a formar parte del paisaje nocturno habitual.


¿Y las autoridades? Presencia mínima, líneas sin respuesta y reacción solo ante la prensa

Frente a esta realidad, la respuesta del Estado local ha sido, como mínimo, tibia. El patrullaje del serenazgo es escaso y, lo que es más grave, las líneas telefónicas de emergencia no responden a los llamados de la población. En muchos casos, solo cuando un medio de comunicación interviene o expone públicamente una denuncia, se obtiene alguna reacción de las autoridades. Esta dinámica no solo es inaceptable, sino peligrosa: la vida y seguridad de los vecinos no pueden depender de la presión mediática para ser atendidas.

A pesar de las reiteradas denuncias, no hay una estrategia clara ni sostenida para enfrentar la inseguridad creciente. La Municipalidad Distrital de San Sebastián guarda un silencio preocupante, mientras cantinas clandestinas siguen funcionando sin sanción y el espacio público sigue siendo tomado por la delincuencia.


Un llamado urgente a la acción conjunta

Es cierto que la responsabilidad no recae únicamente en las autoridades. También se necesita mayor conciencia social sobre los riesgos del consumo excesivo de alcohol y una cultura de autocuidado. Sin embargo, eso no exime al Estado de su deber fundamental: garantizar la seguridad y el orden público.

La comunidad tiene derecho a exigir condiciones dignas, calles seguras y espacios libres de violencia. La inacción no puede seguir siendo la norma.


Conclusión: normalizar el abandono sería el peor error

Los recientes hallazgos de personas en estado vulnerable en diversas zonas de San Sebastián, posiblemente víctimas de delitos, deben encender todas las alarmas. No se trata solo de un tema de orden público, sino de un reflejo del deterioro institucional que amenaza la convivencia en este distrito.

No podemos permitir que San Sebastián se convierta en un distrito sin ley. La seguridad ciudadana no es un lujo, es un derecho. Y hoy, más que nunca, es momento de exigirlo con firmeza y Sin Mordaza.

Solo priorizando la vida y la responsabilidad esta tragedia dejará de repetirse.

Una tragedia vial estremeció a la región hace solo unos días, pero ya comienza a disolverse en el olvido mediático. Tres adolescentes muertos tras un choque frontal ocurrido en la vía Cusco–Urcos. Viajaban solos, de noche, sin licencia de conducir. Uno de ellos de solo 17 años manejaba el vehículo que terminó chocando con una camioneta que transportaba al alcalde provincial de Chumbivilcas, José Alberto Flores Cruz.

Cinco jóvenes subieron a ese automóvil. Tres no volvieron. Y, como ocurre tantas veces en nuestro país, el Estado llegó tarde. O no llegó en absoluto.

Un alcalde en silencio, un Estado ausente

Hasta hoy, nadie ha aclarado públicamente qué hacía el alcalde viajando a esas horas, acompañado por su esposa, su chofer y un tercer funcionario. ¿Era un viaje de trabajo? ¿Un traslado privado? ¿Se usó una camioneta municipal o de propiedad personal? Las autoridades locales han optado por el silencio. Ni una conferencia de prensa, ni una declaración institucional. Nada.

El silencio del alcalde no es solo una omisión, es una falta de respeto. No solo a las víctimas, sino también a los ciudadanos que merecen transparencia de quienes gobiernan.

¿Quién dejó que esto pasara?

Al otro lado de esta tragedia están los cinco adolescentes. Todos menores de edad. Sin supervisión adulta. Uno de ellos conduciendo sin licencia, en plena noche. ¿Dónde estaban sus padres? ¿Qué sabían las autoridades locales sobre estos menores? ¿Por qué el vehículo estaba a su disposición? Este no fue un accidente inevitable: fue el resultado directo de múltiples negligencias familiares, sociales e institucionales.

No basta con lamentar. Lo que se necesita es una acción estructural y sostenida para evitar que esto se repita. Porque si bien los entierros ya se hicieron, las preguntas las verdaderas siguen sin enterrarse.

Lecciones que no pueden ignorarse

  1. El acceso a un volante no puede ser tratado como un juego.
    Un menor de edad no debería tener, bajo ninguna circunstancia, las llaves de un vehículo sin licencia ni preparación.
  2. Las autoridades deben rendir cuentas, incluso en la noche.
    Un alcalde que viaja fuera de horario laboral tiene la obligación de explicar públicamente por qué, con quién, y en qué vehículo. El cargo no descansa cuando cae el sol.
  3. La educación vial debe ser prioridad real, no discurso.
    Los programas actuales no están previniendo tragedias como esta. En especial en regiones rurales, donde los controles son casi simbólicos.

No se puede morir a los 15 por culpa del desinterés

Los tres adolescentes fallecidos no eran delincuentes, ni rebeldes sin causa. Eran chicos comprometidos con su cultura, miembros activos del grupo de danza Terala de Oropesa. Jóvenes con sueños, con comunidad. Hoy, son una estadística más. Y si no cambiamos nada, mañana habrá más.

Que esta no sea otra muerte sin eco

Desde Sin Mordaza, exigimos:

  • Que el alcalde de Chumbivilcas dé una explicación pública inmediata sobre el viaje y el vehículo.
  • Que el Ministerio de Transportes, Educación y los gobiernos locales implementen programas reales de control y prevención, más allá del papel.
  • Que las familias y comunidades asuman un rol más firme frente al uso irresponsable de vehículos por menores.

Porque tres ataúdes pequeños deben pesar como toneladas sobre la conciencia del país.

Y si no actuamos ahora, volveremos a publicar otro editorial igual. Solo cambiarán los nombres.

En un país donde la política se ha convertido en el arte de sobrevivir a la justicia, no sorprende que el Congreso de la República haya elegido como presidente a un parlamentario investigado por violación sexual. Lo que sí debería alarmarnos es la rapidez con la que esta elección ha sido normalizada, celebrada por algunos, ignorada por otros y relativizada por muchos.

El nuevo presidente del Congreso, José Jerí Oré, no solo llega al cargo sin un liderazgo reconocido, sin agenda legislativa clara ni respaldo popular. Llega, además, con un expediente judicial abierto y una mochila de cuestionamientos éticos que lo dejan expuesto, debilitado, y lo hacen funcional a quienes no quieren un presidente del Congreso, sino un operador confiable. Alguien que se pueda manejar.

Poder sin autonomía: la fórmula del chantaje

En cualquier democracia funcional, un presidente del Congreso debe ser autónomo, fuerte, capaz de mediar entre intereses diversos y sostener la dignidad institucional. Pero aquí, la debilidad no es un defecto, sino una cualidad estratégica. Alguien que pueda ser chantajeado es también alguien que puede ser controlado.

Este no es un caso aislado. Es una estrategia repetida. Una y otra vez vemos cómo sectores del Congreso desde diversas bancadas colocan en cargos clave a personas vulnerables, sabiendo que sus propios procesos judiciales, investigaciones fiscales o escándalos personales los convertirán en piezas obedientes.

El mensaje de fondo es claro: quien debe favores, quien tiene miedo, obedece. Y en ese juego, las mayorías congresales no buscan estadistas, buscan peones.

La coalición del silencio

La elección de Jerí fue posible gracias a una coalición amplia y silenciosa que une a partidos que en campaña se proclamaban opuestos: conservadores, populistas, oportunistas de centro, y hasta algunos que se vendieron como «renovadores». Lo único que comparten es el interés de blindarse, copar espacios de poder y garantizar que ninguna reforma ni judicial, ni política les incomode.

Esta alianza, oportunista y pragmática, no responde a ideologías, sino a necesidades. Necesidades legales, económicas, o de control político. En ese contexto, Jerí no presidirá el Congreso: será presidido por quienes lo pusieron ahí.

Repetición de la decadencia

No es la primera vez que el Congreso escoge como líder a una figura débil, cuestionada o dócil. Es una práctica que se ha convertido en regla. Los presidentes que llegan con autoridad moral terminan siendo obstáculos para los intereses de fondo. Los que llegan con prontuarios o deudas políticas, en cambio, se vuelven aliados perfectos del statu quo.

Esta práctica erosiona no solo la institucionalidad del Congreso, sino la ya frágil confianza ciudadana en la política. ¿Qué mensaje se le da al país cuando la segunda autoridad del Estado es alguien que podría ser citado por la justicia en cualquier momento? ¿Qué ejemplo se le da a la sociedad cuando se premia el silencio, la sumisión y el cálculo político sobre la integridad?

¿Un Congreso rehén?

No sería exagerado afirmar que hoy el Parlamento está secuestrado. No por una ideología, ni por una figura autoritaria, sino por una lógica corrupta que convierte al Congreso en un refugio para intereses personales. La elección de José Jerí es solo el síntoma más reciente de un mal profundo: el uso del poder político como escudo frente a la rendición de cuentas.

¿Hasta cuándo seguirá el país tolerando este deterioro? ¿Hasta cuándo veremos a los cargos más altos del Estado ocupados por personas cuya mayor virtud es tener miedo?

El Perú necesita líderes que respondan a principios, no a extorsiones. Pero para eso, también necesita una ciudadanía que deje de normalizar la indignidad.

Y es que porque cuando el poder está en manos de los chantajeables, quienes realmente gobiernan son los que jalan los hilos desde la sombra, las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

Mayoría congresal que apoya al Gobierno elige a José Jerí como presidente  del Congreso | WEB OJO PRINT | POLITICA | OJO

La presidenta que no sabe leer, pero se atreve a dictar cátedra: Boluarte se perdió en su propio monólogo, en un mensaje narcisista de mas de cuatro horas donde el vacío fue el único contenido.

En un país agotado por la inestabilidad, el mensaje a la Nación de la presidenta Dina Boluarte del 28 de julio fue, una vez más, un ejercicio de forma sin fondo, una performance prolongada que sólo sirvió para confirmar lo que ya sabíamos: el poder puede ser sordo, ciego y, en este caso, también torpe al leer.

Boluarte se dirigió a un Congreso semivacío con un discurso de 97 páginas que, paradójicamente, terminó reduciendo aún más su ya deteriorada legitimidad. No por su extensión —aunque leer durante más de cuatro horas sin decir nada esencial es un logro en sí mismo—, sino por lo que ese acto reveló: una presidenta que no logra articular una visión coherente, que omite partes clave de su propio libreto y que insiste en una narrativa de autosalvación que raya en el narcisismo.

Narcisismo de Estado

Dina Boluarte no sólo leyó mal, omitió páginas enteras de su mensaje —incluyendo la promesa explícita de dejar el poder el 28 de julio de 2026—, sino que se dedicó a exaltar sus supuestos logros sin la más mínima capacidad de autocrítica. Presentó cifras económicas infladas, proclamó avances sin sustento y pintó una imagen del Perú que sólo existe en su cabeza o en los informes decorados de sus asesores.

Lo más grave no fue lo que dijo, sino lo que no dijo. Ni una palabra sobre los muertos en las protestas. Ni un gesto de empatía con las víctimas. Ninguna reflexión sobre su rol directo en la crisis política e institucional del país. Boluarte no habló como una líder de la República, sino como una gerente obsesionada con limpiar su imagen ante la historia.

La desconexión total

Quedó claro que el objetivo del discurso no era rendir cuentas, sino blindarse. En vez de abrir canales de diálogo, prefirió el tono desafiante, el gesto de la que cree que su única tarea es resistir, no gobernar. Parecía no dirigirse a los ciudadanos, sino a un espejo.

Este desdén por la escucha y por el mínimo sentido republicano del cargo es especialmente insultante cuando recordamos que su gobierno enfrenta investigaciones por enriquecimiento ilícito y por ocultamiento de bienes de lujo. Que su figura esté envuelta en escándalos como el del Rolexgate y aun así se presente como “la garante de la democracia” no es sólo una ironía: es una provocación.

¿A quién le habla la presidenta?

Con una aprobación que bordea el 3 %, Boluarte habla a una ciudadanía que ya no la escucha, mientras se aferra a un relato de heroísmo personal que nadie le ha comprado. Su discurso fue un símbolo: un documento desordenado, omitido, mal leído y larguísimo, que refleja exactamente cómo ha sido su presidencia.

Ni siquiera la forma le salva. Una lectura monótona, plagada de errores de entonación y sin hilo narrativo, solo acentúa la percepción de que está en un rol que la supera, en un cargo para el que no estaba preparada, y del que, sin embargo, no piensa salir sin arrastrar al país por completo.

El vacío como estrategia

El mensaje de Boluarte no es vacío por error, sino por diseño. Es un discurso concebido para no comprometerse, para no responder, para esquivar toda rendición de cuentas. En ese sentido, fue coherente: una arquitectura del silencio disfrazada de palabra.

Y ahí reside el peligro. Un gobierno sin narrativa ni autocrítica, pero con poder fáctico y una red de protección política, es un gobierno que no gobierna, pero que puede durar. Que no dice nada, pero que actúa por omisión. Que no responde al país, pero se blinda desde el Estado.

Boluarte no gobernará con la verdad, ni con legitimidad. Pero, si algo dejó claro su mensaje, es que piensa resistir con lo único que le queda: su propio ego.

Que no nos callen

Cómo dueles, Perú. Duele la indiferencia del poder, la impunidad, el olvido. Hoy no hay nada que celebrar, pero sí demasiado que reflexionar.
No podemos seguir normalizando el cinismo ni aceptar que la mentira se imponga como discurso oficial.

Hagamos las cosas bien: con memoria, con coraje, sin callar. Y, sobre todo, diciendo siempre la verdad, aunque incomode, aunque duela, aunque moleste a quienes gobiernan.

Desde estas líneas, nos comprometemos a seguir hablando claro, sin tapujos ni ambages. Porque el periodismo no está para aplaudir gobiernos a cambio de dádivas, sino para decir la verdad, incluso cuando esa verdad incomoda.

Debe ser libre, frontal y sin miedo.

Las cosas por su nombre y Sin Mordaza.

  • Mientras la inseguridad azota las calles y muchas comisarías carecen de vehículos para patrullar, la Policía, el Ejército y la FAP destinan millonarios recursos a la compra de autos de lujo para sus oficiales de alto rango.

En un país donde el crimen organizado se infiltra en barrios, mercados y hasta en instituciones, el rol de las fuerzas del orden debería enfocarse en recuperar la confianza ciudadana y en garantizar una respuesta rápida y efectiva ante la violencia. Sin embargo, las prioridades parecen estar claramente mal ubicadas.

Según cifras del Observatorio Nacional de Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior, más de 8,000 vehículos policiales se encuentran inoperativos en todo el país. La consecuencia de esta alarmante cifra es evidente: comisarías sin patrulleros, rondas policiales suspendidas o reducidas y una población cada vez más expuesta a la delincuencia sin un Estado que la proteja adecuadamente.

Pese a esta crítica situación, la Policía Nacional del Perú ha decidido desembolsar una millonaria suma para la adquisición de ocho vehículos de alta gama destinados exclusivamente al uso de sus altos mandos. Se trata de modernos Audi Q5, Honda Pilot y Volkswagen Jetta, todos vehículos considerados de lujo, más comunes en zonas exclusivas que en misiones de seguridad pública. El Ejército del Perú y la Fuerza Aérea han seguido el mismo camino.

Privilegios que hieren

Resulta indignante que, mientras muchas comisarías del país deben operar con motos viejas, autos sin mantenimiento o, simplemente, sin vehículos, quienes ocupan los cargos más altos dentro de las instituciones armadas y policiales disfruten de autos último modelo con aire acondicionado, tapizado de cuero y sistemas digitales de navegación.

La pregunta es inevitable: ¿qué combate contra el crimen se libra desde el asiento trasero de un Audi Q5?

Estas compras millonarias reflejan una realidad preocupante: los privilegios de las altas esferas están por encima de las necesidades urgentes del país. No se trata de desconocer la importancia de dotar de recursos a las instituciones de seguridad, sino de señalar que esos recursos deberían destinarse, primero, a quienes están en las calles enfrentando a diario la violencia y el crimen organizado.

El Estado de espaldas al ciudadano

Mientras los delincuentes se reorganizan, los ciudadanos viven con miedo y los policías de base carecen del equipamiento mínimo, las decisiones de los altos mandos parecen responder más al confort personal que a un verdadero compromiso con la seguridad pública. Esta desconexión entre la cúpula institucional y la realidad en las calles solo mina aún más la credibilidad de nuestras fuerzas del orden.

Resulta urgente que la Contraloría General de la República y el Congreso investiguen a fondo estas adquisiciones y que se exija una rendición de cuentas real. En tiempos donde cada sol del Estado debería ser cuidadosamente invertido, gastar millones en autos de lujo no solo es un error, es una afrenta a la población que exige y merece seguridad.

Mientras el fluoruro de estaño genera reacciones adversas en la boca de miles de usuarios, las entidades de control en el Perú siguen actuando tarde, sin firmeza ni vigilancia efectiva.

Cada mañana y cada noche, millones de personas se cepillan los dientes con la confianza de que están cuidando su salud. Pero ¿Qué ocurre cuando el producto que promete protegerte es el que comienza a hacerte daño? Ese es el caso del fluoruro de estaño, un ingrediente presente en pastas dentales como Colgate Total Clean Mint, hoy vinculado a reacciones adversas como aftas, ardor, inflamación de labios, encías y lengua.

Mientras Brasil ya retiró el producto del mercado por precaución, en el Perú las autoridades reaccionaron tarde y con tibieza. La Dirección General de Medicamentos, Insumos y Drogas (Digemid) apenas emitió una alerta sanitaria, sin sanciones, sin exigencias claras y sin un verdadero control. Una vez más, las autoridades sanitarias llegan después del daño.


⚗️ ¿Un compuesto útil o peligroso?

El fluoruro de estaño ha sido ampliamente usado por sus propiedades anticaries y antibacterianas. Sin embargo, su potencial irritante ha sido documentado por años: puede provocar llagas, ardor, sensibilidad extrema e incluso reacciones alérgicas severas en personas con hipersensibilidad oral.

Pese a estas evidencias, productos que lo contienen siguen vendiéndose sin advertencias claras ni vigilancia activa, poniendo en riesgo a miles de usuarios que lo utilizan a diario sin imaginar el daño que podría causar.


🚨 Una alerta que llega tarde y mal

En Brasil, el producto fue retirado. En Perú, se emitió una alerta discreta y casi invisible. La Digemid reaccionó como tantas veces lo ha hecho: sin control real, sin exigir retiros inmediatos y sin un plan para monitorear los efectos adversos que podrían estar afectando a cientos de personas.

No hay campañas de advertencia. No hay estudios locales. No hay sanciones. Solo un comunicado, cuando el daño ya estaba hecho.


🏛️ Las autoridades, ausentes y silentes

Este caso no es aislado. Es parte de un patrón: el mercado de cosméticos, fármacos y productos de cuidado personal en Perú opera con escasa fiscalización. No existen mecanismos efectivos de vigilancia posterior a la venta, ni se obliga a las empresas a rendir cuentas por los efectos que sus productos generan.

El resultado es el de siempre: autoridades pasivas frente a grandes marcas, y un consumidor que queda solo ante productos potencialmente dañinos.


🧼 ¿Qué nos queda como ciudadanos?

Mientras no cambie el enfoque de las entidades de control, los consumidores deben convertirse —lamentablemente— en sus propios vigilantes.

  • Revisar etiquetas cuidadosamente.
  • Suspender el uso ante cualquier síntoma de irritación.
  • Reportar efectos adversos a Digemid (aunque el sistema es deficiente).
  • Optar por productos más seguros, sin fluoruro de estaño o con fórmulas certificadas por especialistas independientes.

❗ La salud no puede depender de tu suerte

Cuando un producto tan cotidiano como la pasta dental comienza a enfermarte, y las autoridades se limitan a mirar de lejos, algo está profundamente mal en el sistema de protección sanitaria.
Porque el problema no es solo el químico.
El problema es quién lo permite … Las cosas claras por su nombre y Sin Mordaza.

En el Perú, pocas figuras han concentrado tanto rechazo popular como Dina Boluarte. Con una desaprobación que roza el 96 % según CPI (mayo 2025), la presidenta no solo ha superado los niveles históricos de impopularidad de Keiko Fujimori, sino que se ha consolidado como un símbolo del colapso ético y político de la representación femenina en el poder.

La trayectoria de Boluarte expone una paradoja brutal: llegó al gobierno prometiendo dignidad, inclusión y justicia social… y terminó encabezando una administración marcada por la represión, el cinismo y el lujo ostentoso. Su caso no es aislado. Se suma a una larga lista de mujeres que, lejos de renovar la política, repitieron o incluso perfeccionaron sus peores vicios:

  • Keiko Fujimori, tres veces candidata, aún enfrenta cargos por lavado de activos.
  • Nadine Heredia y Eliane Karp, protagonistas de la corrupción institucional desde la sombra.
  • Susana Villarán, de símbolo progresista a confesión directa de financiamiento ilegal.
  • Verónika Mendoza, que prometió cambio y terminó apoyando gobiernos que traicionaron al mismo pueblo que decían representar.

No se trata de juzgar por género, sino de señalar que la traición política duele más cuando proviene de quienes juraron representar a los olvidados. Y en esa traición, Dina Boluarte se ha ganado, con creces, el título de la figura más repudiada del Perú contemporáneo.

Síguenos

Facebook

Ultimas Noticias