Los partidos saben que el país los rechazará en las urnas. Por eso arman listas paralelas llenas de figuras populares sin trayectoria, destinadas a servir de escudo y señuelo para que las mismas cúpulas sigan mandando desde la sombra. Una maniobra tan descarada como predecible.
El Perú ya no vive una campaña electoral: vive una maniobra de supervivencia. El Congreso ese que hoy compite en impopularidad con la inflación, la inseguridad y el dengue ha encontrado la fórmula para intentar reencarnarse sin que el electorado lo note. Y el truco es viejo, pero cada vez más grotesco: sustituir la política con celebridades, reemplazar programas con coreografías, y disfrazar la reelección con rostros prestados que jamás han sostenido una idea pública más allá de un post de Instagram.
Los partidos tradicionales, conscientes de que su aprobación bordea el 6 % en algunas encuestas y que más del 85 % de la población afirma que “no votaría por ningún congresista actual”, han decidido no renovarse: han decidido camuflarse. Y lo hacen escondiendo a sus viejos cuadros detrás de una corte de influencers, futbolistas retirados, cantantes en declive y estrellas del espectáculo recicladas en aspirantes a legisladores.
La estrategia es transparente hasta el ridículo:
si la gente detesta a los congresistas, entonces que voten por sus mascotas.
Figuras conocidas, cerebros vacíos, propuestas inexistentes. Lo que importa no es que legislen; lo que importa es que sumen votos y distraigan. Mientras tanto, los verdaderos operadores políticos los mismos que hundieron al país en esta podredumbre institucional ocupan las posiciones estratégicas en la lista o esperan pacientemente tras bambalinas para controlar a los recién llegados como marionetas dóciles.
Lo que se nos quiere vender como “renovación” es, en realidad, una reelección por delegación, una continuidad maquillada. Una segunda lista para cuando la primera (los congresistas actuales) sea barrida por el rechazo popular. Y funciona porque apela al cansancio, a la apatía y a la ilusión de que “alguien conocido” hará un mejor trabajo. Basta recordar que en las últimas elecciones generales, más del 30 % del electorado peruano eligió candidato legislativo guiado por su fama mediática antes que por su hoja de vida. Las cifras no mienten: la superficialidad gana elecciones.
Los partidos lo saben. Y por eso ya no buscan profesionales, investigadores, defensores de causas públicas o representantes territoriales. Buscan seguidores, likes, engagement, presencia viral. Buscan votos fáciles, no políticos capaces. El Congreso del 2026, si nos descuidamos, será una mezcla grotesca entre reality show y directorio de agencias de publicidad.
Y mientras el espectáculo avanza, las cúpulas celebran. Porque nada garantiza mejor su permanencia en el poder que rodearse de personajes sin brújula, sin formación y sin criterio. Gente incapaz de fiscalizar, legislar o resistir presiones. Gente útil, maleable, intercambiable.
Esta no es solo una campaña electoral. Es un asalto preventivo. La reacción desesperada de una clase política que sabe que el pueblo está listo para castigarla. Como ya no pueden pedir la reelección directa porque sería un suicidio electoral, buscan la reelección encubierta, disfrazada, tercerizada.
El país merece algo más que esta burla. Pero el país también debe aprender a reconocerla. Porque detrás de cada rostro famoso con cerebro vacío que se nos presenta como candidato, hay un operador político con apetito viejo y poder intacto. Y si no entendemos esa ecuación, ellos no solo volverán. Volverán con nuestros votos.



