El oro ilegal trae consigo violencia y enfrentamientos a vista y paciencia de las autoridades, el saldo: un policía gravemente herido
Un nuevo capítulo de violencia y desgobierno se escribió este fin de semana en Callacancha, Paucartambo, donde una banda de delincuentes fuertemente armados asaltó a compradores de oro, provocando un enfrentamiento a balazos con la Policía Nacional. El resultado fue devastador: un efectivo, de apellido Quispe, quedó gravemente herido tras recibir un disparo en la columna vertebral. Su pronóstico es reservado.
Los atacantes no solo despojaron a las víctimas de una camioneta, sino que también lograron huir en motos hacia la agreste zona de Ccarhuayo, donde hasta ahora permanecen escondidos, protegidos por la geografía y por la falta de presencia estatal. El alcalde de Ccarhuayo, Alejo Vitorino, ha pedido refuerzos, helicópteros y presencia militar, en un acto desesperado para recuperar el control territorial.
Pero este caso no es aislado. La minería ilegal, especialmente en la región surandina, ha creado redes paralelas de poder, comercio y violencia, alimentadas por una economía informal que mueve millones sin pagar impuestos ni respetar ley alguna. Hoy, la extracción de oro en zonas rurales está militarizada por bandas organizadas, mientras el Estado apenas reacciona.



